dimecres, 22 d’abril de 2009

El tiempo, como el sentido, huye.




Rosa Roca Romalde
rosaroca@franciscocaja.jazztel.es

Conferencia presentada en Gijón, 2003.

Abstrac:

El tiempo del análisis no solo es el tiempo que necesita el sujeto para relatarse, sino el tiempo que espacializándose abre un lugar en el que el sujeto se pueda asumir en su diferencia.
La gestión del tiempo por el discurso actual que tiende a la inmediatez y por lo tanto al borramiento de la diferencia, es contraria a la finalidad del análisis, pues no es lo mismo el intento de anulación del sujeto por la ciencia que la destitución subjetiva del final del análisis que muestra el engaño del sujeto supuesto al saber y tiene como resultado la identificación del sujeto a su diferencia, o, lo que es lo mismo, a su síntoma.
El término “differance” de Derridá, nos ayudará a entender el tiempo del análisis anudado a la diferencia
.



Cuando el sujeto se relata en el análisis, emerge una temporalidad específica que no está definida por la linealidad de un pasado puesto al día por la historización.

El tiempo del análisis es aquel que abre el espacio necesario para que allí pueda aparecer un decir, un decir que escapa al desciframiento, o, lo que es lo mismo, el decir olvidado en los dichos.

¿Qué temporalidad se juega en la cura para que allí pueda tener lugar un decir opuesto a un olvido?
Freud nos advierte de que en sentido cronológico no hay tiempo en el inconsciente, ya que el inconsciente es pura actualidad del deseo. Si el análisis es pensado por Freud para llegar a los cimientos del sujeto y estos cimientos consisten en un olvido de la diferencia fundamental, del corte en el que consiste el sujeto, preguntarnos por esa diferencia, esclarecerá la temporalidad que se juega en la cura.

Para responder a esta pregunta, en primer lugar introduciré del término de differance (con a) acuñado por Derrida. Se trata de un término polisémico que compensa la pérdida de significación sufrida por el significante diferencia en su devenir histórico. Dicha significación es la significación ligada al tiempo, ya que el diferir implícito en la palabra diferencia, no solo alude a la diferencia como desacuerdo o espaciamiento sino también al tiempo que supone el diferir. Esto lleva a Derrida a plantear la posibilidad de un tiempo que se espacializa y de un espacio que se temporiza.

En la lengua no hay más que diferencias. Estas diferencias actúan en la lengua, el habla y en los intercambios entre ambas. Pero hay que tener en cuenta que estas diferencias ya son efectos, productos del movimiento que las produce, dicho movimiento sería la differance, lo que no quiere decir que la differance sea su causa. Se trata de una relación en la que los dos términos son constituyentes (relación transductiva, según Simondon).

Derrida designa como differance el movimiento según el cual la lengua se constituye tanto estructural como históricamente como entramado de diferencias.

Otra vertiente de la differance, a la que propone llamar archiescritura, archirastro, rastro originario que sería a la vez espacializacion y temporización , nos permite establecer un paralelismo con el trazo unario freudiano transformado por Lacan en marca de goce, memorial de goce.

¿Por qué ese rastro originario no es solo diferencia como en un principio apuntaba Freud? Porque además de marcar la diferencia tiene una significación económica de rodeo, de demora temporalizadora del diferir como desarrolla Lacan en el seminario XVII a partir del mito freudiano de la experiencia de satisfacción, experiencia solo pensable a partir de su pérdida, es decir, pensable en una temporalidad a destiempo. El elemento esencial de esta experiencia es la asociación por parte del niño de la imagen mnémica de la percepción del alimento (por ejemplo) con la huella mnémica de la excitación provocada por la necesidad. En cuanto resurja el hambre se cargará la imagen mnémica de la percepción del alimento y provocará la percepción del mismo. Es decir, tenderá a reconstruir la situación de la primera satisfacción. La carga psíquica de la percepción que provoca la aparición de la misma es el camino más corto para la realización de deseo. Pero este camino se hace por vía regresiva en el interior del aparato por lo que no tiene consecuencias en el exterior. Detener la regresión significa coerción y diferimiento de la excitación. Bajo la influencia del instinto de conservación, el principio del placer cede el lugar al principio de realidad, que hace que sin renunciar al fin último, se consienta en diferir la realización por la vía de la regresión, desestimando la posibilidad que ésta ofrece de apresurarse en ello e incluso soportar, a favor de este rodeo, cierto displacer.
El rodeo para obtener la satisfacción abre un espacio por el que el sujeto se separa del objeto. Es decir, se constituye como diferenciado. Es preciso que le separe un intervalo de lo que no es él, para que sea él, para que se pueda contar como uno. Este intervalo es el espaciamiento, el tiempo que se torna espacio para dar un lugar al sujeto. En la experiencia de satisfacción hay inmediatez del objeto, no hay separación ni tiempo. Es un acontecimiento el que hace que esa inmediatez se demore, acontecimiento traumático porque supone la pérdida de la supuesta totalidad del goce.

La experiencia de satisfacción se instituye en un segundo tiempo, pero solo como la marca de su pérdida, la pérdida de un pasado que nunca ha sido presente, marca necesaria porque posibilita el anudamiento de un elemento pasado con uno futuro.

El mito freudiano ilustra un real (imposible): el nacimiento del deseo en tres tiempos. El inconsciente se mueve por un deseo cuya finalidad es reencontrar la satisfacción original supuesta, pero la repetición muestra el fracaso de ese encuentro.

En el seminario XVII Lacan precipita el viraje de la repetición hacia el goce. Al comienzo de su enseñanza hacía hincapié en que el motor de la repetición era la insistencia de lo no realizado para llegar a ser símbolo. Ahora dice que es el goce lo que necesita la repetición. La novedad reside en la articulación del goce al rasgo unario. Este concepto ya no designará solamente la identificación del sujeto como un uno diferenciado, sino también la repetición presente en el inconsciente como medio para alcanzar un goce. El rasgo unario se tornará un trazo de goce en su nueva afectación conceptual. El rasgo unario afecta de una pérdida a aquel que sufre su marca, una pérdida de goce a recuperar. Lacan radicaliza la causa de la pérdida haciéndola consecuencia de la inscripción del trazo unario que introduce en el sujeto y su cuerpo un goce que falta. Efecto inverso que hace existir el goce bajo la forma de una pérdida de goce pues solo se funda por su falta, lo que lo convierte en una instancia negativa.

La repetición no se confunde con el retorno de los signos, el automatón al que se refieren los filósofos con “el eterno retorno”. La repetición es la repetición de un encuentro fallido con lo real. Es la insistencia del trauma en no dejarse olvidar.
La repetición apunta a lo imposible pero ella misma se apoya en la categoría de lo necesario que redefine Lacan como “aquello que no cesa de escribirse”. No cesa de escribirse la escritura de una falta, de una pérdida que nunca tuvo lugar, pero necesaria para dar un lugar al sujeto. Pero no se escribe aquello que la repetición siempre yerra. No se escribe la diferencia que el objeto perdido tapona. La invención del objeto (a) es fundamental porque pone de manifiesto que el objeto no esta perdido sino que el objeto es la propia falta y que es con esta falta con lo que el sujeto obtura la diferencia. El objeto es la falta misma y el tiempo del análisis es el que conduce al sujeto a enfrentar el fantasma que la cubre.

El tiempo del análisis es el rodeo, el diferimiento necesario para que se instale un tiempo para comprender, se dice. Pero el sujeto ya está siempre en ese tiempo para comprender, por lo tanto se trata de un comprender diferente, de un comprender que no obedece a la lógica del discurso corriente, lógica sometida al principio de contradicción, sino a la lógica del inconsciente tal como propone la regla fundamental: la plasmación de un pensamiento en red que deja de lado el tiempo y el sentido. De esta manera Freud construye un tiempo particular para el análisis: el tiempo que necesita el sujeto para decirse de otra manera. Pero eso sólo no sería suficiente, si no contara con la presencia del analista que al ocupar el lugar de semblante de objeto en la transferencia, está en posición de abrir el corte, la distancia necesaria entre el sujeto y el objeto para que ahí se pueda manifestar lo único que no engaña del inconsciente. Un tiempo, entonces, que abre una distancia que pone de manifiesto la diferencia, lo contrario de la identificación. Se trata de un tiempo que se espacializa.

Así el discurso analítico se opone cada vez más al discurso corriente, discurso que tiende a borrar las diferencias y que está sometido a la economía del tiempo. El discurso analítico toma su lugar en el espacio abierto entre el sujeto y su objeto mientras que la actualidad se empeña en la reducción de ese espacio. La tecnología avanza reduciendo el espacio del sujeto, de la diferencia, tratando de hacer realidad aquello que en otro tiempo solo pudo ser alucinado. Es decir, trata de suprimir el tiempo del sujeto, el espacio que lo separa del objeto, reduciéndolo al instante de la mirada o al tiempo de apretar un botón: “apriete un botón y listo”.

Cuenta Virilio en su libro “Vítese et politique” que en 1972 se reúnen Nixon y Breznev para firmar en Moscú un primer acuerdo de limitación de los armamentos estratégicos, pero de hecho el objetivo de este acuerdo es menos la limitación numérica de las armas que la conservación de un poder político propiamente humano. En ese momento el plazo de alerta es de diez minutos para los misiles balísticos y sólo dos para las armas vía satélite, pero los progresos constantes de la rapidez amenazaban con situar un día u otro el plazo de preaviso de guerra nuclear por debajo de minuto fatídico que suprime todo el poder de reflexión y de decisión del jefe de Estado en beneficio de una automatización pura y simple de los sistemas de defensa. Es decir, que se elimina el tiempo humano de comprensión dejándolo en manos de un automatismo de la defensa, de tal manera que la máquina de guerra se convierte en la decisión misma de la guerra.

¿Qué sucede? Que anulado el tiempo para comprender, para pensar la solución, el tiempo propiamente humano, entramos en un tiempo inhumano, el de la decisión tomada por un automatismo, o mejor dicho, en la elisión del tiempo porque el tiempo si no es humano, no lo es. De la misma manera que no hay sentido sin sujeto tampoco hay tiempo sin sujeto, por lo que el ahorro de tiempo finalmente aspira a la desaparición del sujeto.

La tecnología en la actualidad, ayudada por el avance científico que es el que le da el gran impulso (porque no hay que olvidar que la techné acompaña al sujeto desde siempre trabajando para el olvido, como nos dice Platón en el Fedro en relación a la escritura que ya es técnica) apunta a la desaparición del tiempo del sujeto, o, lo que es lo mismo, del espacio para el sujeto.

El filósofo francés Bernard Stiegler en su obra “La técnica y el tiempo”, dice que el tiempo no es más que la lectura del relato del acontecimiento. Un acontecimiento histórico es aquel que queda escrito y que puede ser leído. Es decir, el acontecimiento está separado del sujeto por la escritura que a la vez que lo distancia de él le permite volver a él por la lectura.

Un acontecimiento, en la actualidad, solo existe si está “cubierto”. La industria de la información se encarga de registrar lo que acontece, ahora bien, lo que acontece solo acontece no siendo todo. La industria es la que construye el acontecimiento con lo que ocurre. Muchos acontecimientos tienen lugar sin ocurrir y otros ocurren sin tener lugar. Lo mismo pasa con el registro inconsciente, véase la experiencia de satisfacción que tiene lugar sin ocurrir y, sin embargo, el acontecimiento traumático ocurre sin tener lugar. No deja escritura que permita su lectura. Pero sí deja marca, marca de goce y a esa marca es a la que el sujeto puede acceder en el tiempo de la cura.


El tiempo del sujeto es un tiempo que tiende a olvidarse, a reducirse cada vez más en favor de un tiempo para consumir. El imperativo económico de la rentabilidad, hace que la velocidad sea una palabra clave pues ahorra tiempo y acorta espacio. Eso hace que se alteren las condiciones de la anticipación, y que ésta se convierta en urgencia, ese modo de ser del tiempo que introduce con violencia el futuro inmediato en el presente y que reconocemos en un dicho tan común como “lo quiero para ayer”. En “El malestar en la cultura” Freud ya advertía que el ahorro de tiempo derivado del uso de las máquinas modernas no se traducía en bienestar para el sujeto dado que eso lo obliga a consumirlo de otra manera y a veces a no saber qué hacer con él.

La técnica contemporánea se caracteriza en su conjunto como un dispositivo de producción de velocidad y de gestión de ese producto. Dicha técnica conforma la temporalidad en general. No podemos decir que el psicoanálisis no haya sido afectado por este hecho de discurso en su modalidad de psicoanálisis rápidos y por qué no, de sesiones breves generalizadas que instalan la urgencia en su seno. Pero no se puede justificar un estilo por una función. La prisa es una función y como tal ha de ser utilizada, si la prisa se convierte en estilo, no hace más que secundar el discurso corriente pero no el psicoanalítico.

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