diumenge, 22 de novembre de 2009

La Transferencia


Núria Rivera Nogales


El texto que se presenta es una revisión del concepto de Transferencia en Freud y en Lacan. Para poder realizar un mejor acercamiento desde la enseñanza de Lacan se hace una breve reseña de El Banquete de Paltón. El Seminario que Lacan dedica a La Transferencia introduce el concepto de deseo del analista con el fin de explicar el amor de transferencia. Basándose en El Banquete Lacan demuestra, a través de las interpretaciones de Sócrates, que lo que se juega en la transferencia está en dirigirse de forma inconsciente a un objeto reflejado en otro.


Freud utilizó el término TRANSFERENCIA (Übertragung) por primera vez en 1895 en Escritos sobre la histeria. Se refiere a este concepto como “un falso enlace” y lo hace coincidir con el amor. Lo explica con un ejemplo de una paciente que sintió el deseo irrefrenable de darle un beso al finalizar la sesión, eso le causa espanto a la mujer y su trabajo se dificulta en la siguiente sesión. En el pasado esa enferma había apartado de si el anhelo de besar al hombre prohibido y -dice Freud- “en virtud de la compulsión a asociar, dominante en la conciencia, el deseo ahora presente fue enlazado con mi persona, a raíz de esa mésalliance -yo le llamo falso enlace- despierta el mismo afecto que en su momento esforzó a la enferma a proscribir ese deseo prohibido”

En este tiempo el concepto de Transferencia es más restringido que en escritos posteriores, llegando incluso a no considerarla parte de la relación terapéutica. En La Interpretación de los sueños es tomada como desplazamiento y en el análisis de Dora, más exactamente cuando revisa el caso, ya que fracasó con Dora pues ella abandonó el análisis, es cuando se da cuenta de la importancia del concepto. Así para Freud la transferencia tiene que ver con el amor. No se asustó, como hiciera su amigo Breuer quien interpreto de manera más personal lo ocurrido con Anna O. No pensó que la paciente lo podría amar por su persona y siguió trabajando en ese camino. Toma de la mano al amor, para servirse de él (como dirá Lacan) Descubre que la transferencia es el motor de la cura. Y el amor de transferencia un agente provocador que viene a colocarse en el lugar de la resistencia y colabora con la represión desde el inconsciente. Señala Freud que no hay que creer en este amor. No hay que acceder a la demanda amorosa del paciente.

En 1912, en Dinámica de la transferencia Freud habla de dos tipos de Transferencia: transferencia positiva que hace referencia a los sentimientos tiernos, pueden ser sentimientos amistosos o sentimientos eróticos. Aquí es donde se daría el amor de transferencia; y la transferencia negativa que serían los sentimientos hostiles, pero aquí no se instala nada.

Desde el punto de vista de la función de la transferencia en la cura, Freud señala que puede ser un obstáculo frente al recuerdo del material reprimido, no obstante señala el hecho de que es frecuente su aparición en todos los análisis relativamente serios. Dirá: “la transferencia, tanto en su forma positiva como negativa se pone al servicio de la resistencia, pero en manos del médico se convierte en el más potente de los instrumentos terapéuticos”

La interpretación se hace en el terreno de la transferencia, pero no se puede interpretar en cualquier momento, el analista debe tener claro qué sujeto del inconsciente es en ese momento para el paciente. La transferencia no se interpreta, el analista ha de salir del lugar, aguantar…pero no interpretar.


Lacan por su parte, al hablar de transferencia lo hace desde una relación con el saber (la suposición de saber del analista). En distintos momentos temporales hablará de este concepto, cito algunos:

- En 1951, pronuncia una conferencia Intervención sobre la transferencia (los Escritos) en el que hace un análisis de la transferencia en el caso Dora
- En 1958 en Dirección de la cura el punto III lo dedica a saber ¿Cuál es la situación actual de la transferencia? Y hace una crítica a otros analistas de la época finalizando con una referencia a un caso de Ruth Lebovici
- En 1960-61 dicta su Seminario VIII La Transferencia, donde para introducir el concepto nos habla del Amor (de Eros) y se remite a El Banquete de Platón donde toma como modelo del amor de transferencia el amor de Alcibíades por Sócrates.
- En 1964 La transferencia será uno de Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (Seminario XI)

Para situar el trabajo que me propongo exponer me centraré en el Seminario La Transferencia, octavo seminario de su enseñanza que dictará tras El deseo y su interpretación (1958-59) y La ética del psicoanálisis (1959-60) y previo a La identificación (1961-62) En este seminario, Lacan introduce el concepto de transferencia por un lado distinto al del automatismo de repetición. Lo hará por las vías del amor. Respondiendo a algunas cuestiones acerca del amor. No es por casualidad que empieza sus lecciones con un comentario a El Banquete de Platón, texto insigne del Amor. Lacan se remite a él para abordar este concepto y trata el texto como si fuese el “acta de sesiones analíticas” donde Sócrates encarna el lugar del analista y termina el seminario con consideraciones acerca de lo que debe ser el deseo del analista.

Breve reseña al texto de Platón.

El Banquete.

El Banquete es una obra del periodo de madurez (o periodo dogmático) de Platón. Se sitúa en el tiempo de la fundación de su Academia en Atenas y está escrito antes que La República. El pensamiento que se expresa en los diálogos, sobre todo el de Sócrates, corresponde básicamente al pensamiento platónico. El Amor se presenta como el deseo mortal de perpetuarse en la generación, en el espíritu o el alma. El amor sexual es lo que nos llevará a la consecución de ese objetivo, pero solamente el amor entre hombre y mujer, siendo el amor homosexual, el amor entre hombres, superior a cualquier otro.

Consiste en un diálogo de estilo indirecto, ya que quién lo cuenta refiere una historia que le han narrado a él. Apolodoro es interrogado por otros personajes (que no aparecen en el texto) acerca de un banquete celebrado hace algunos años en casa del poeta Agatón con motivo de la celebración de un premio recibido por su primera tragedia. Apolodoro no asistió a ese encuentro, pero sabe de él pues Aristodemo, que sí asistió, se lo ha contado y él mismo ha verificado los detalles con el mismo Sócrates.

Los invitados son: Fedro, Pausanías, el médico Erixímaco, el poeta cómico Aristófanes, Aristodemo (que viene acompañado de Sócrates) ya están en la casa, pero Sócrates se ha quedado rezagado, lo ven detenerse pensativo largo rato en el umbral de la casa. Cuando hace su entrada, los demás comensales, están casi finalizando la cena.

La velada esta amenizada con música. Erixímaco plantea entonces despedir a la flautista y entablar una conversación. Para ello acuerdan los comensales beber con moderación, dando así relevancia a los discursos que cada uno haga sobre el tema convenido. Deciden hacer un discurso de elogio al amor. Cada uno de los invitados expondrá sus ideas por turno de izquierda a derecha e intervendrán, aportando su carácter y profesión, sobre lo que cada uno concibe del amor. Fedro habla como un joven cuyas pasiones se han purificado por el estudio de la filosofía. Pausanías como hombre maduro al que la edad y el estudio de la filosofía ha enseñado lo que aún no saben los jóvenes, Erixímaco habla como médico, Aristófanes como poeta cómico cuyas palabras esconden profundos pensamientos, Agatón se expresa como poeta, por último Sócrates con lenguaje de sabio. Cuando parece que ya se ha dicho todo lo que podía decirse acerca del amor, Platón introduce otro personaje, Alcibíades, quien llega medio borracho y da otro aire a la reunión, declarando su amor por Sócrates, a quien dedica su elogio.

Discursos.

Fedro es el primero en tomar la palabra. Dice que el Amor es un dios muy antiguo que no tiene madre ni padre. Es el dios que más favorece a los hombres. Nada inspira más al hombre que el amor para llevar una vida con honor, esto es la vergüenza de lo malo y la emulación del bien. Sólo el que ama sabe dar su vida por el amado. El amor procura la felicidad a los hombres durante su vida y después de su muerte.

Pausanías corrige a Fedro en su elogio, dice que estaría bien si sólo hubiese un amor, pero afirma que hay dos: el amor celestial y el amor popular. El amor va de la mano de la belleza, no se entiende sin Afrodita. El amor en general no es ni bello ni digno, sólo aquel que nos empuja a amar honradamente.
Distingue dos amores: el amor popular, es aquel amor de los que aman el cuerpo más que el alma y el amor celestial, aquel que nació sólo de varón, tiene lugar entre varones, ya que el sexo masculino es de naturaleza más fuerte e inteligente. Este amor se dirige a la inteligencia. Aquellos que se unen con este amor lo hacen con la idea de no separarse y pasan la vida uno junto al otro.

El amor no es bello ni feo, es bello si se ama con honorabilidad y feo si se hace faltando a ella. El amante popular ama al cuerpo en detrimento del alma y así este amor no será duradero, pues ama algo que no dura.

Aquel que ama un alma bella lo hará siempre, porque ama lo que sí es duradero.
Según Pausanías debería existir una ley que prohibiese el amor con muchachos jóvenes ya que no se sabe en qué pueden convertirse después.

Llega el turno de Aristófanes, pero este no puede hacer su discurso porque le ha entrado un ataque de hipo y cede la palabra a Erixímaco.

Erixímaco dice que completará el discurso de Pausanías, afirma que el Amor no reside sólo en el alma de los hombres, donde tiene por objeto la belleza sino que tiene también otros objetos que están en otros seres.

Para él la medicina es la ciencia del amor en los cuerpos; la música es ciencia del amor en cuanto al ritmo y la armonía; la astronomía en lo relativo al movimiento de los astros y las estaciones del año.

El amor es poderoso y universal, pero cuando se aplica al bien y se rige por la justicia y la templanza. Para él el concepto de Eros tiene poder universal y hace de él una fuerza cósmica, interviene en las estaciones del año, al amor celeste trae armonía y prosperidad, salud a los hombres, el amor incontinente destruye y causa dolor.

Aristófanes recurre a un mito para hablar del amor y por tanto a las diferentes modalidades de sexualidad. Existen tres tipos de seres dobles, hombres, mujeres y hombre-mujer (andróginos). Zeus para debilitarlos los separó. Así el amor es el deseo de encontrar esa mitad perdida, volver a la “primitiva unidad, recobrar el antiguo estado y fundirse en ella” El amor es la unión de los semejantes, siendo el amor de hombre-mujer el más inferior y el más noble el de los hombres por ser verdadero y perdurable.

Agatón dirá que el amor es de todos los dioses el más feliz, mejor y más bello; escapa a la vejez y acompaña a la juventud. Es el más joven de los dioses, su juventud es eterna. La violencia y el amor son incompatibles “es pródigo en benevolencia y avaro en odio” Al amor se le someten los hombres voluntariamente y es un poeta hábil, pues inspira a quien mejor le parece y hace de él un poeta “no se enseña lo que se ignora, cómo no se da lo que no se tiene” (p.247) El amor transmite a los hombres y a los dioses sus cualidades, “es el principio y el lazo de toda sociedad”

Sócrates dirá que el amor es amor de alguna cosa que falta -cito- “lo que no se posee todavía, el desear tenerlo…quien quiera que desee, desea lo que no está seguro de poseer en aquel momento, lo que no posee, lo que no tiene y lo que le falta. Esto es lo que es desear y amar” (p. 250-251) Sócrates pretende no saber nada salvo del amor, y cuando le toca hacer su discurso hace hablar a otro, una mujer. Su discurso se centra en una conversación que tuvo con una mujer, Diotima. Da la impresión que se sitúa más como discípulo que como maestro ya que lo que sabe del amor lo aprendió de esta mujer. Repite así, la conversación que tuvo con ella.

Para Diotima el amor no es bello ni bueno, tampoco feo o malo. Concibe a Eros como un “ser intermedio”. Los dioses y los hombres no tenían contacto directo, sino a través de seres intermedios. Al preguntarle Sócrates ¿qué es el amor? Diotima contesta que es algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal, un demonio, ya que ocupa el medio entre los dioses y los hombres.

El mito del nacimiento del amor sirve para enumerar sus cualidades, por su naturaleza no es mortal ni inmortal, puede nacer, morir y revivir en un mismo día y subraya su condición, es hijo de Penía y Poros. Hereda de su madre la pobreza, es miserable y sin abrigo; de su padre le viene ser fuerte, emprendedor, perseverante, ansioso de saber. Es apasionado por la sabiduría que es bella y buena, pero nada entre ésta y la ignorancia.
“El amor es lo que es amado y no lo que ama” (p. 254), “el amor es el deseo de lo que es bueno y nos hace felices; es el gran amor seductor innato de todos los corazones” (p.255). Amar no consiste en buscar la otra mitad si ésta no es buena ya que consentimos que nos corten un brazo si éste está afectado de algo incurable.

El deseo de inmortalidad es objetivo del amor, está en asegurar la perpetuación de la especie, en que lo bueno nos pertenezca siempre. El Amor garantiza, así, la perpetuación de los seres vivos. “todos aman lo que es inmortal” (p.258) algunos se aseguran esta inmortalidad con su descendencia, y la perpetuidad de su nombre, pero sobre todo a través de la sabiduría y producción de obras bellas y admirables.

En palabras de Diotima finaliza Sócrates su elogio. El camino recto del amor empieza por la belleza elevándose hasta alcanzar la belleza suprema porque si alguna cosa da valor a la vida es la contemplación de la belleza suprema.

Al acabar el discurso de Sócrates se oyen voces y ruido en el exterior de la casa. Hace su entrada Alcibíades medio borracho y con un grupo de amigos. Trae una guirnalda de cintas, violetas y hiedra para coronar a Agatón. No ve a Sócrates y cuando lo hace se sorprende pues está sentado junto a Agatón, el más bello de todos. Sócrates le replica por sus celos y asegura tener “miedo por su amor y por sus furores celosos” (p.262)
Eríximaco le explica que están elogiando al amor. Alcibíades quiere participar, pero lo hará elogiando a Sócrates.


Alcibíades se ayuda de comparaciones y recurre a una imagen para expresar su verdad. Para él Sócrates se asemeja a esos silenos que los escultores exponen en sus talleres y que separados en dos mitades, se encuentra en su interior la imagen de alguna divinidad; especialmente se parece al Sátiro Marcias, quien hacía agitarse a todo aquel que lo escuchaba tocar. Ese mismo efecto producen las palabras del Maestro en aquel que las escucha. Su estilo de vida provoca en el mismo Alcibíades sentimientos de vergüenza por preocuparse por otros asuntos más mundanos, como la política, que no la filosofía.

La imagen de Sócrates que dibuja Alcibíades es la del prototipo de filósofo, pero además la del propio Eros. Valiente, fuerte, irresistible al efecto del vino, impasible al frío y al cansancio, capaz de ocupar las horas de un día y su noche absorto en sus pensamientos.

Alcibíades cuenta cómo se declaró a Sócrates y cómo se sintió rechazado por este “levantándose de su lecho como si fuese el de su padre o el de su hermano mayor”, pero a la vez de sentirse menospreciado, sintió admiración por su sabiduría, su fortaleza y dominio sobre sí mismo. Dice de Sócrates que representa el papel del “bien amado” y advierte a Agatón no dejarse engañar. Concluye su discurso, en el que ha unido un elogio y el relato del ultraje que le infirió Sócrates, dejando ver que aún está enamorado de él.


Nueva gente entra en la casa de Agatón obligando a los invitados a beber, hay ruido, alboroto y desorden. Algunos comensales (Fedro, Eriximaco) deciden marchar. Aristodemo cae dormido y al despertar ve que Aristófanes, Agatón y Sócrates son los únicos despiertos. Vaciaban por turnos una gran copa y habían iniciado una nueva conversación. Después fueron cayendo en el sueño y al verlos dormidos Sócrates se levantó y salió de la casa, acompañado por Aristodemo, consagrando el día en sus ocupaciones habituales.

Con la imagen de Sócrates alejándose de la casa termina El Banquete. En cierto modo, podríamos decir, se cumple la imagen que Alcibíades había dibujado de Sócrates en su elogio. La combinación del prototipo de filósofo y del valiente, indomable e inquebrantable Eros.


Volviendo al Seminario La Transferencia vemos que Lacan hace algunos rodeos para dirigirnos al punto donde quiere llegar, pero deja muchas cosas en suspenso.

En su Introducción juega con el equívoco “Al principio era el amor” que nos remite al conocido “Al principio era el verbo” para extrapolarlo a la situación analítica. Nos recuerda que al principio de la experiencia analítica también fue el amor. Y subraya el momento histórico de la talking-cure de Anna O. y el abandono de Breuer ante la evidencia de una historia de amor.

Pero ¿qué se puede destacar de esta Introducción? Nos dice Colette Soler en Lacan y el Banquete (1992) que este seminario es de aquellos del retorno a Freud ya que Lacan lo inicia interrogándose sobre el concepto freudiano de transferencia y al hacerlo introduce cuestiones acerca del deseo: el deseo de Freud, el deseo de Sócrates (al aludir a El Banquete) incluso se pregunta por el deseo del analista. Para Soler es en este seminario sobre La transferencia que Lacan se pregunta de una forma nueva cuál debe ser el Ser del analista.

Lacan utiliza el texto de Platón para poder situar la relación entre analista y analizante. Converge en que tanto Sócrates como Freud “sirven al amor para servirse de él”. Los dos, cada uno a su manera, llegan al mismo punto, a la referencia de la muerte. Uno, Sócrates, a la muerte real, en un momento decidido y determinado socialmente, a la pena de muerte a través de la ingestión de cicuta; otro a través de su investigación descubrió la pulsión de muerte.

Dando un salto al comentario que hace Lacan de El Banquete (capitulo II y siguientes), podemos decir que no se remite a este texto por casualidad, hay en él aspectos que le sirven para ilustrar su teoría. El tema del amor le interesa en la medida que permite comprender qué pasa en la transferencia. Además la alusión a El Banquete le permite, también, hacer aparecer el deseo del analista como resorte y eje de la transferencia.

Antes de terminar con este escrito, quisiera hacer referencia al concepto de ágalma. El ágalma no es sólo un objeto precioso, sino un objeto oculto en el interior. Lacan rechazó la traducción de “ornamento”, “ofrenda” “adorno” para, de una manera más abstracta, referirlo como un valor, una especie de fetiche. Aquello que el sujeto busca incesantemente en el Otro, aquello que brilla. Este concepto representa un punto pivote en la conceptualización lacaniana del objeto causa de deseo, el «objeto a» Al introducir este término reformula la cuestión de la relación del sujeto con el objeto de su deseo. Dirá en la lección 10, “Si este objeto los apasiona es porque allí dentro, oculto en él, está el objeto del deseo, ágalma (el peso, la cosa por la cual es interesante saber dónde está ese famoso objeto, saber su función y saber dónde opera, tanto en la intersubjetividad como en la intrasubjetividad), y en tanto que este objeto privilegiado del deseo es algo que, para cada uno, culmina en esta frontera, en ese punto límite que les he enseñado a considerar como la metonimia del discurso inconsciente, donde juega un rol que he tratado de formalizar [ ... ] en el fantasma”

Dice Safouan (2003) que “el elogio de Alcibíades, que da la impresión, a primera vista, de no agregar nada a los discursos precedentes, a saber, que lo que cada uno busca en el amor es lo que el Otro contiene de erómenon, de deseable, está centrado en la célebre comparación de Sócrates con un objeto que tiene aspecto de sileno, pero donde se esconde la divina ágalma que Alcibíades fue el único en vislumbrar.” Lo que desea Alcibíades de Sócrates es justamente esa cosa, ese objeto único, ese algo que él ha visto y del cual Sócrates lo aparta porque sabe que no lo tiene.

Alcibíades cambia las reglas del juego, él no hace un elogio al amor, hace una confesión desbocada, pretende que Sócrates le responda, pero éste no le responde y lo que hace, en palabras de Lacan, es hacer una interpretación analítica. ¿Qué quiere decir una interpretación analítica? pues que Sócrates no se lía con las cosas del amor, y no se lía porque sabe, sabe lo que está en juego y porque sabe no ama. Además, viene a decirle a Alcibíades que el objeto de su deseo no es él mismo sino Agatón.

Según Safouan “Sócrates se niega a ser el deseable, lo que es digno de ser amado. Además la sustitución del amante por el amado no tiene lugar en él. No se manifiesta como erastés en el lugar del erómenos. Se podría decir que se acepta inconscientemente como amado (p. 156-157)”

“Si el mensaje socrático -explica Lacan- se refiere al amor no parte en sí mismo de un centro de amor. Sócrates nos es representado como un erastés, un deseante, pero nada está más alejado de su imagen que la irradiación del amor que parte del mensaje crístico (p.157)”

En la cura psicoanalítica, el analizante por amor al ágalma que percibe en el psicoanalista, le otorga todo poder y toda sabiduría, lo coloca en el lugar del sujeto supuesto saber. La transferencia inviste al analista con la posición del Gran Otro, y lo coloca en el lugar de aquel que contiene el ágalma.

“El analista no posee ni esgrime el ágalma -señala Lacan- hará de él un fetiche; se coloca del lado de Sócrates, que dice que no lo tiene, pero que, sin embargo, esa función del objeto del deseo, en su brillo, indica, si no otro poseedor, por lo menos la búsqueda renovada de un deseo vivo, es decir fundamentalmente insatisfecho, porque nunca se alcanza al otro sino a un objeto, parcial por ser objeto del deseo del Otro, parcial por estar tomado en una dialéctica.”



BIBLIOGRAFIA.

Freud, S. (1893-95) Escritos sobre la histeria. AE vol II, pag. 306 y sgtes.
Freud, S. (1912) Dinámica de la Transferencia. AE vol. XII

Lacan, J. (1951) Intervención sobre la Transferencia. Escritos 1. México: Siglo veintiuno
Lacan, J. (1958) Dirección de la cura y los principios de su poder. Escritos 2. México: Siglo veintiuno
Lacan, J. (1960-61) El Seminario VIII, La Transferencia. Argentina: Paidós
Lacan, J. (1964) El Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales. Argentina: Paidós

Platón (1988) Diálogos. El Banquete. Madrid: Espasa Calpe. pag. 212-272

Safouan, M. (2003). Lacaniana. Los seminarios de Jacques Lacan 1953-1963.Argentina. Paidós

Soler, C. (1992). Lacan y el Banquete. Buenos Aires: Manantial.

Diccionario de psicoanálisis. En www.tuanalista.com

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