dimecres, 17 de febrer de 2010

FOLISOFIA

Vanessa Núñez
http://www.objet-a.blogspot.com/

Si la condición sine qua non para el análisis es la transferencia, no es de extrañar que el analista en formación pueda sentirse desorientado o incluso desalentado en lo que concierne al tratamiento en la psicosis. En el contexto de estas interrogaciones me interesé por el trabajo de dos analistas franceses y su abordaje poco convencional del manejo de la transferencia en la psicosis. Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière parten de la hipótesis de que hay algo de los momentos suprimidos de la historia del sujeto, algo de su falta de inscripción, que regresa y se reactualiza en el presente del trabajo analítico. El analista deberá entonces funcionar “como una plancha de grabado o cera blanda para las palabras salidas del lenguaje, y no como eco que refleja el lenguaje del inconsciente” (1). Fragmentos de la historia del sujeto que no han sido inscritos ni reprimidos, sino expulsados, o recortados fuera de todo discurso, hacen que el manejo de la transferencia, no sólo sea diferente al de la neurosis, sino que además represente un desafío para el psicoanálisis. Según Davoine el analista no puede contentarse con registrar las impresiones, recuerdos o fantasías del analizante, sino que ha de encontrar el modo lenguajero de dar cuenta de ello durante las sesiones, bajo forma de juegos de lenguaje, en el sentido wittgenstiano. En su enfoque los autores no se refieren a la psicosis en tanto estructura de un individuo, sino como discurso o forma de lazo social que adviene en situaciones extremas. Hablan deliberadamente de locura y no de psicosis, El psicoanálisis es para ellos una de las vías privilegiadas que ha encontrado el discurso de la locura en este siglo para hacerse oír, a condición de que como analistas estemos dispuestos a analizarnos continuamente en el encuentro con el paciente. El rigor, ritmo y regularidad de nuestro dispositivo permiten al analista empezar a existir en las zonas de no-existencia del paciente(2). Su concepción de la locura comparte numerosas similitudes con la de la experiencia traumática, y toman como referencia teórico-práctica, no sólo casos de su práctica en consulta privada e instituciones públicas, sino también la psiquiatría y psicoterapia de psicosis de guerras en Europa y en especial en los EEUU. Durante más de diez años viajan y realizan estancias en centros de asistencia pública especializada en psicoterapia de veteranos de guerra. Toman como referencia autores como Otto Will, Thomas Salmon, Martin Cooperman, Harry Stack Sullivan o Frieda Fromm Riechmann. Además, acuden a otras referencias textuales variadas, eclécticas y poco usuales para nosotros: desde el pensamiento de L. Wittgenstein, R. Descartes, a A. Artaud o un maestro chan (zen en japonés) del siglo IX, llamado Lin Tsi (o Lin Ji, en transcripción moderna) También aparecen referencias al trabajo del psiquiatra-psicoanalista Gaetano Benedetti (en sus libros La mort dans l'âme y Le Sujet emprunté) y el neurólogo Antonio Damasio (El error de Descartes). En Histoire et Trauma, Folie des Guerres, utilizan 4 principios básicos, establecidos por aquel autor citado por Lacan en La Psiquiatría inglesa y la guerra (1945), T. Salmon, para la dirección de la cura: proximidad, inmediatez, expectación (Davoine mantiene la palabra inglesa expentancy) y simplicidad.

Por proximidad se refieren a la construcción de un espacio de trabajo donde la palabra y el relato de una realidad no subjetivada pueda surgir de un lugar sin sujeto. No es imaginaria ni corporal, sino lenguajera y apunta al inconsciente del analista. De su trabajo con pacientes esquizofrénicos G. Benedetti extrae la noción de “sujeto transicional” para referirse a la peculiar función del analista que hace de cuerpo lenguajero, mediador entre ese yo ominoso, extrañamente familiar, y el sujeto. Siguiendo a Wittgenstein y su definición ostensiva, al famoso, “lo que no se puede decir, es mejor callarlo” Davoine responde “lo que no se puede decir sólo puede ser mostrado” Cuando las herramientas de los hombres se han roto, a veces no hay lenguaje para decirse algo a sí mismo ni al otro. Para expresar la catástrofe subjetiva ominipresente, al sujeto no le queda otra manera que mostrarla, materializarla en la transferencia, con la esperanza de liberarse de ella, enunciarla, olvidarla y finalmente reprimirla.

El analista deviene el “otro horrorizado” (3) de Hannah Arendt capaz de escuchar lo inaudible. El objetivo es hacer pasar lo incomunicable, perteneciente a un lenguaje privado a otro público, también en el sentido que le da Wittgenstein, a un espacio entre-dos. En el seminario XI Lacan se refiere al inconsciente como “lo que está en el interior del sujeto pero que sólo puede realizarse en el exterior” (4) Wittgenstein habla a su vez de un tipo de exterioridad del dolor: el hombre que grita de dolor no elige la boca con la que nos lo dice. El sitio del dolor puede encontrarse en el cuerpo de otra persona. A veces, sólo se encuentran palabras a través de algún otro, por la vía de una respuesta. (5)



No se necesita estar loco para estar familiarizado con la locura. Algunos niños sacan de unas experiencias límites algo parecido a una certeza: la de ser un superviviente. Davoine habla entonces de un saber de lo Real, no memorizable como pasado, fuera de cualquier perspectiva cronológica, en un espacio-tiempo que, como el de la antigua tragedia, no cesa de no inscribirse. Partiendo de la idea que algo no ha podido ser inscrito de nada sirve acudir al pasado. Todo parece indicar que la psicosis no tiene prehistoria, dirá Lacan. (6) Analista y paciente se encuentran ligados a la urgencia de un presente que no se acaba nunca, fuera de la relación causa-efecto, y cuya progresión es discontinua. Se parece mucho a la experiencia del trauma: lo que ocurrió entonces sigue sucediendo ahora, regresando a cada edad. Y si el tiempo no avanza, nada puede cambiar.

Se trata pues de hacer entrar algo de aquello expulsado en un nuevo pacto. Para describir esta relación Davoine acude a la relación entre el maestro zen y su discípulo, que también sirvió a Lacan como referencia. Lin Tsi (S.IX, creador de la escuela zen Rinzai, en japonés) (7) prefiere utilizar la expresión de anfitrión y visitante, de consultor y consultante, donde los papeles son intercambiables dentro de esos juegos de lenguaje. El analista deviene pues un “hombre sin rango ni atributos”, “hombre verdadero sin situación”, que responde a través de pequeños kôan o preguntas imposibles y falsas, que apelan directamente al inconsciente. La verdadera comprensión no se distingue de su contrario- dice el maestro. Mientras no aparezca la claridad, es la oscuridad la que resulta clara. Para el zen, efectivamente, la distinción entre interior y exterior es un pseudo-problema, el saber aparece en forma de satori, o de corte del pensamiento.



Lo particular de la locura, dice Davoine, es que no hay otro que responda. No es que no exista Otro, sino que es un otro que no responde, o que sólo habla desde lo Real; invocante, invasivo, totalitario e implacable, que regresa a través de alucinaciones, órdenes y amenazas. A ese tipo de alteridad lo llama “el otro real” El saber de lo Real, añade, es un saber sin sujeto. ¿Cómo y desde dónde puede responder pues el analista? Sabemos que no puede ser desde un lugar de saber, ni de otro especular imaginario, desde la neutralidad tampoco, añade ella. Ser el secretario del alienado, en ocasiones resulta insuficiente. Acude entonces a A. Artaud y a la figura de un doble, gracias al cual surge un agôn o acción casi teatral, donde el analista podría ser el antagonista. El teatro artaudiano renueva el sentido de la vida y le permite al hombre adueñarse “de lo que aún no existe y lo hace nacer” (…) Y todo cuanto no ha nacido puede nacer aún si no nos contentamos como hasta ahora con ser meros instrumentos de registro.” (8) Artaud insiste en la dimensión de experiencia colectiva, que afecta y transforma el lazo social, otorgando nuevos derechos a los ciudadanos…

Las últimas páginas sirven para esbozar algunas conclusiones de este ejercicio folisófico y la dirección a la que apunta. Volviendo a la cuestión inicial del discurso, dejan abierta la cuestión del recurso a la letra, ese deshecho en lo real, continente silencioso, litoral y abarrancamiento del significado, según Lacan, en el que quizá podamos aglutinar algunos de los logros del trabajo de análisis.





Notas:



1. Davoine, F. (1992) La locura Wittgenstein, Argentina, Ed. Edepl, pg 11.

2. Davoine, F. y Gandillière, J-M. (2006), Histoire et Trauma, La folie des guerres, Paris, Éditions Stock.

3. Arendt, H. (2002) Les Origines du totalitarisme. Paris, Gallimard. Pg. 787.

4. Lacan, J. (1973) Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, 1964) Paris, Éditions du Seuil, pg.165

5. Wittgenstein, L.(1958), ed. Crítica, Barcelona 1988

6. Lacan, J. (1955-1956), El seminario, libro III, Las Psicosis, Buenos Aires, Paidós, 1984, pg 126

7. Démieville, P. (1972) Entretiens de Lin Tsi. Traduction et commentaire, Paris, Fayard, 1972.

8. Artaud, A. El Teatro y su doble, Barcelona Edhasa, 1978, cuarta ed. pg 14



* F. Davoine y J-M. Gandillière utilizan un neologismo en francés uniendo la palabra folie, que significa locura, y filosofía, folisophie, que en su traducción española se pierde, y que nosotros mantenemos utilizando una forma antigua castellana de la palabra locura, folia.

Vanessa Núñez
www.objet-a.blogspot.com
Octubre 2009

3 comentaris:

  1. Mira, Vanessa, te voy a comentar el artículo en lo referente a lo invasivo de la psicosis, mi psicoanalista me ha dado una frase que dice:
    "La pulsión es el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir".
    Siempre hay un límite y este es la locura.
    Decirte que me pasaré pronto por tu blog y felicito a los creadores de esta maravillosa página, chao y hasta pronto.

    ResponElimina
  2. gracias Vicent, como siempre por tus atentas lecturas. No había relacionado nunca la pulsión con el decir... gracias, y pensaré en ello!

    ResponElimina