dimecres, 29 de setembre de 2010

Al inventor de la fregona.

Sabino Cabeza
Zaragoza a 4 de abril de 2006.


A los veintidós años era yo un estudiante de Psicología semi-imberbe al que aún le faltaban un par de vueltas de horno para poder ser considerado un asado en el punto justo. Es decir, estaba bastante atontado. Como en los culebrones venezolanos o en los seriales de manga japonés, en los que cinco minutos de historia se desenvuelven a lo largo de cincuenta capítulos, ese par de vueltas se demoró unos, digamos, dieciocho años más. Ahora que tengo cuarenta(1) y creo que ya he salido, por fin, del horno, me percato de que antes que semejar un lechoncillo tostadito, crujiente y apetitoso, más bien me parezco al cisne churrascado que se lamenta tristemente de su condición en la memorable Carmina Burana: “miser, miser, modo niger et ustus fortiter”, es decir, “ay, mísero de mí, todo negro y chamuscado” Ya no hay remedio.

Pues apuremos esta condición, cielos, si es que me tratáis así.

A los veintidós años tropecé con Sigmund Freud. Tyché venturosa, afirmo hoy rotundo. Venturosa porque fue en la Facultad de Psicología de Valencia, que, como todos sabemos, es de sobras conocida por su marcado sesgo psicoanalítico. En fin, que en la asignatura intitulada “Psicología General I” había un apartado dedicado al Psicoanálisis.

Aún hoy no sé qué fue lo que me resultó fascinante entonces. Bueno, en realidad sí lo sé. Lo que me resultó fascinante fue la evidente y palpable reticencia de mis profesores cada vez que el Psicoanálisis hacía acto de presencia en cualquiera de las asignaturas académicas. Fuera el tema que fuera, siempre se desglosaba igual: enfoque cognitivo-conductual, enfoque psicodinámico, enfoque humanista… Dentro de ese palabro ambiguo, lo psicodinámico, se encajaba al Psicoanálisis que, por cierto, ya entonces todos los sesudos decían que estaba desfasado, obsoleto, superado… vamos, que desde que me muevo en los ambientes psico, el Psicoanálisis siempre ha sido poco cool. Pero, sorprendente, no termina de pasar de moda. No sé por qué será, si ningún famoso de Salsa Rosa (2) se psicoanaliza.

Decía de la reticencia de mis maestros, de sus recelos y sus críticas sesudas. Aportaban tal cantidad de argumentos científicos, acreditados e irrefutables en contra de Freud que, mira tú por dónde, el viejo me cayó simpático. Como es una constante en mi vida, qué le voy a hacer, inmediatamente me interesé por aquello que las autoridades me mostraban como poco recomendable. Porque siempre he escogido el lado difícil de las cosas, maldita sea. Se da la circunstancia de que, con veintidós años, acababa de dejar atrás la Academia militar en la que me gradué como Sargento del Ejército del Aire. Y tras cuatro años de soportar las órdenes de los profesores con galones, de ninguna de las maneras iba a permitir que profesores sin galones de la Universidad me dijeran qué narices tenía yo que considerar lo que es correcto, epistemológicamente hablando. Así que si el Psicoanálisis era personaje non grato en la Facu, allá que iría yo a meter esas mismas narices.

Pero no entendía nada. No sabía por qué era tan poco recomendable esa posición teórica inventada por un tal Freud, médico vienés que no me era desconocido porque en mis tiempos de Instituto algo de él tuve que aprender en Filosofía. Al leer sobre Psicoanálisis no hallaba yo nada extraño. No me parecía un lenguaje menos científico, ni menos tostón, que el de los demás psicoinvestigadores, pero, y todo esto sin haber leído aún ni una palabra del propio Freud, sí se me antojó inquietante.

Sin rubor confesaré que la literatura fantástica me ha interesado siempre. Esa y la ciencia ficción. Pero hoy ya sé que es justo el tipo de literatura que permite que la fantasía y la imaginación se expresen con mayor libertad, las mías al menos, pues como en los sueños, uno puede crear un personaje que vuela cual águila señorial, y creer en él. Y eso atisbaba en las lecturas sobre teoría psicoanalítica que, allá por mis tiernos años de la atontada veintena, la Facu ponía en mis manos carentes todavía de arrugas.

Estoy afirmando algo que, lo sé, es uno de los argumentos de los psicoinvestigadores científicos en contra del Psicoanálisis: su apariencia de historieta de fantasía. Pues la existencia de niveles de conciencia por debajo de la conciencia, de entidades psíquicas profundas y ajenas al control voluntario, de raíces hondas como las de una montaña, eran todo cosas que me recordaban intensamente al modo poético de ver el mundo de un Tolkien, o un Lewis Carroll, e incluso, y aún más, un H.P. Lovecraft. Yo sabía, y nunca me lo negué, que bajo mis pies había raíces profundas. Las raíces de la familia, de tu historia propia, de lo que nos antecede. Y sentía que mis profesores, que todos aquellos que se empeñan con tanto énfasis en utilizar la parafernalia científica y psiquiátrica para explicar el aquí y el ahora, ignorando a propósito los cimientos de cualquier humano, están haciendo trampas. Escamoteando algo esencial: el pasado.

Me puse del lado del Psicoanálisis incluso a mi pesar. Pues otro de mis rasgos es el, hoy muy matizado, amor por la Ciencia. Me encanta la Astronomía especialmente, como muchos de mis amigos saben, y he utilizado muchas veces símiles y metáforas de la Ciencia cuando he tenido que explicar algo de Psicoanálisis. Así que, a pesar de mi natural científico, me puse del lado del Psicoanálisis. No tuve elección. Pues no soporto ciertas trampas, y usar excusas científicas para negar el misterio, para matarlo, me parece un verdadero crimen.

El Psicoanálisis, pues, aventaba perfumes de misterio. Concitaba mi fantasía. Excitaba mi imaginación. Me permitía colocarme en el lado rebelde, en contra del Imperio Galáctico. Me convertía en una suerte de proscrito. Perfecto.

Y entonces comencé a leer a Freud. Vaya por Dios, si resulta que escribe exactamente igual que mi adorado Julio Verne. Lo que no es nada extraño, son casi contemporáneos. Y mi adolescencia, con su acné, su atontamiento hormonal, el estúpido e inoportuno cambio de la voz, el desparrame descontrolado de miembros y el no saber cómo encajar mi cuerpo en el mundo, la soporté en parte gracias a Julio Verne, quien me hacía viajar con el pensamiento hacia lugares fantásticos y profundos. En parte a Tolkien, en parte a Asimov, en parte a tantos otros a los que debo mucho y no están para agradecerles nada. Como tampoco está Freud para agradecerle lo mucho que le debo.

Sin duda hubiera tropezado con el Psicoanálisis incluso desconociendo a Freud. Incluso sin haber estudiado Psicología, sin haber pisado la Facultad de Valencia. Para mi suerte, gente de mi entorno más íntimo se analizó con lacanianos. Así que sospecho que, dado mi fastidioso natural inquisitivo, feroz, debo decirlo, que me hacía interrogarme por todo cuanto me acontecía, y recuerdo bien la marea hormonal adolescente, cuando, víctima del acné juvenil me decía a mí mismo “si supiera por qué pasa esto, seguro que se me quitaría”, pues creo que igualmente hubiera acabado en decúbito supino sobre un diván de diseño en alguna consulta psicoanalítica.

En fin. El mismo afán de saber me llevó a las aulas de la Universidad, donde pronto me afilié al sector perdedor: nosotros. No lo sabía entonces, pero justamente de eso se trata, de perder. Con lo que perdemos en los largos, lentos años de un análisis podemos hacer un hermoso rosario. Pero sé que no acabará como el de la aurora.

Además de la negación de facto del estamento académico, me encontré con una visita de psicoanalistas lacanianos, ¿qué narices serán?, me decía, cuando andaba por tercero de carrera, y que a lo largo de tres días nos conferenciaron para sumirnos en el desconcierto más absoluto. En el Salón de Actos de la Facu de Valencia, lleno por completo, parpadeé. Fue lo único que acerté a hacer en el estupor muscular en que me sumió la escucha atenta de una charla sobre la psicosis tal y como la concebía Jacques Lacan. Yo no entendí ni jota. Sólo quería rascarme la cabeza como un póngido ante un reto con un plátano inalcanzable. Nuevamente, la mala baba con que algunos elementos del público arremetieron contra los ponentes me inspiró, y ese verano empecé a estudiar teoría psicoanalítica. Faltaría más.

Y justo al mismo tiempo que empezaba a estudiar la teoría, empecé mi análisis.

Han pasado catorce años (3).

Hace unos días un conocido mío decía que hay cosas muy sencillas que de tan sencillas pasan desapercibidas hasta que alguien las inventa. Puso por ejemplo el caso de la fregona, sí, ese artilugio doméstico que todo el mundo tiene por casa, humilde ella con sus flecos despeinados, en todas sus variantes modernas, pero que empezó siendo sencillamente un trapo atado a un palo. Invento maño, debo decir, para situar las cosas en su justo lugar. Las señoras de antaño se deslomaban, y seguro que los acá presentes tienen esa imagen en la retina, cuando arrodilladas sobre una especie de esponja con forma de ocho, ergonómicamente adaptada a las rodillas, frotaban enérgicamente un trapo para dejar prístinos los suelos. Por entonces, ellas eran las fregonas. Luego un señor maño de apellido Bellvis Montesano, fundador de la empresa Rodex, tuvo la feliz idea de acoplar el trapo a un palo largo, con lo que la buena fregatriz no necesitaba deslomarse y dejarse las rodillas hechas un ecce homo. Pues vaya tontería de invento, pensarán algunos seres sesudos, no es como descubrir la vacuna contra el sida. Pues no, no lo será, pero no por sencillo tiene menor mérito. Alguien tenía que inventarlo.

¿Comparar el Psicoanálisis con una fregona? ¿A Freud con Rodex? ¿Por qué no? Se trata de limpiar y pulir, arremangándose y metiendo las manos en la porquería.

Freud hizo algo aparentemente simple: escuchar a sus pacientes. Una fruslería, una tontada. Pero para cualquiera que deba lidiar con los médicos de la Sanidad Pública y privada no es tal. Cielos, ¿un médico que te escuche? Porque oír, oyen. Pero que te escuchen, eso es otro cantar. Vete tú, ingenuo, a decirles qué te pasa, eso sólo lo saben ellos, qué sabrás tú que no has estudiado. Luego Freud complicó las cosas, era científico, qué se le va a hacer, y comenzó a escribir, a teorizar, a contrastar sus hipótesis con la práctica, a fundar sociedades, a crear escuela, a molestar a la buena burguesía, a los que pensaban bien, con sus salidas de tono estilo marqués de Sade. Por supuesto que no le iban a dar el premio Nobel, con lo pelmazo que se puso con eso del sexo de los niños, las bobadas sobre los sueños y las ordinarieces sobre los asuntos de alcoba. Pues anda que no hay chistes sobre las interpretaciones freudianas de los sueños. En cualquier caso, el punto capital, el punto de capitoné parafraseando a Lacan, otro pelma que se las trae con su manía de meter el dedo en el ojo ajeno, es eso que aparentemente es una tontería. Pues vaya, si eso lo sabe hacer mucha gente.

Escuchar. Pero escuchar de un modo muy especial. Escuchar borrándose como sujeto. Ser pura oreja, castrarse del todo cada vez que un ansioso vomitador de palabras te escoge para vomitarte encima. Dejarse vomitar, dejarse pulsionar, barbarismo éste que me permito en este lugar, para que el otro construya un presente que tenga un futuro posible. No perfecto, pero sí posible. Los buenos escuchadores, camareros pacientes en barras nocturnas, prostitutas amables en noches de soledad, incluso curas inteligentes, los hay, sí, y hasta echadoras de cartas intuitivas, saben borrarse al menos un poquito para que el otro haga el despliegue de sus tontadas, esas que la Ciencia, sacrosanta, todopoderosa, omnisapiente, descartó como elementos inservibles de su interés: sueños, olvidos, chistes. Y he aquí que la piedra que descartó el constructor se hizo piedra angular.

Pero el mérito de Freud fue borrarse. Callarse ipso facto cuando la histérica inventora del Psicoanálisis le espetó a bocajarro “oiga, cállese usted que soy yo la que tiene que hablar, que para eso le pago” Sorpresa, seguro que Freud, médico él, se quedó boquiabierto ante tamaño descaro. Y él fue y se calló. No quiero imaginar qué respondería un psiquiatra o un psicólogo, o un psicoloquesea, a un/una paciente que se insubordine de semejante modo ante quien según el Estado sabe, y tiene un título en la pared que demuestra que estuvo no sé cuántos años yendo de fiestas universitarias y cantando vestido de tuno, además de supuestamente adquirir un saber.

Pues esa simpleza fue el quid de la cuestión. Y alguien tuvo que darse cuenta. Alguien tuvo que inventarlo. Bien es cierto que las condiciones mentales del señor vienés alcanzaban a hacerle entender que no bastaba con escuchar. Que había mucho que hacer, y la historia ya la conocemos todos. Tantas cosas podían haber salido mal, tantas veces pudo haber renunciado, tantas fueron las contingencias en el asunto, que sin duda debemos estarle muy agradecidos. Porque a diferencia del inventor de la fregona, al que no le quito el mérito, vive Dios, sin Freud no hubiera habido Psicoanálisis. A lo largo de la Historia, muchos han sido los descubrimientos e inventos que se han hecho simultáneamente en lugares diversos, o en épocas distintas. A veces se inventó algo que cayó en el olvido hasta que, siglos después, otro se hizo con la gloria. Ahora sabemos que no fue Colón quien descubrió América, sino los chinos, y antes que ellos los vikingos. Sin el señor Bellvis, tal vez otro habría atado cabos y pegado un trapo a un palo. Pero sin Freud, sin su particular modo de ver, entender, pensar y sufrir, sin su fantasma y sin su superyó, sin su historia y sin sus cimientos, no existiría hoy el Psicoanálisis. Y Jacques Lacan hubiera sido un psiquiatra, seguro que no del montón, pero no el que a la postre fue. Como George Lucas, como John Tolkien, como Frank Herbert, sin ellos sus mundos gigantescos abiertos a la fantasía no hubieran sido jamás. Mas sin Einstein, sin Bill Gates, sin Pasteur, quizá otros sí hubieran podido hacer lo que ellos hicieron. Bueno, en el caso de Bill Gates seguro que sí, seguro que cualquier otro lo hubiera hecho mejor. Pero Freud unía a su acerada visión científica una mirada poética que, eso es el arte, le permitió hacer de tripas corazón, y con las sustancias básicas del goce humano, el excremento, la voz, la mirada… dejar marcada para siempre la faz de la Historia.
Me pregunto hoy qué hubiera sido de mí si ese individuo de clase burguesa, atildado y culto, con sus gafitas redondas y su leontina en el chaleco de lanilla gris, con sus miserias, con sus complejos y sus miedos, pero también con sus luces, con su genio y su tesón, con su honradez y su búsqueda irrenunciable del deseo que lo animaba no hubiera vivido. Es una pregunta tonta, en realidad. Mucho más importante para mi vida hubiera sido la muerte prematura de, pongamos por caso, mi tatarabuelo materno durante su infancia, contemporáneo de Freud por cierto, porque sin duda yo no hubiera existido. Pero, no obstante, ese crío que nació hoy hace ciento cincuenta años, cambió mi posición actual en el universo, el pequeño, diminuto y limitado universo de mi existencia. Ni siquiera se trata de darle las gracias, él hizo lo que quiso, y podría argumentar que no le debo nada. Pero ese argumento, que yo he empleado a base de bien para zurrar a mis padres con la matraca del “yo no te pedí nacer”, no vale. Es de bien nacido ser agradecido. El caso es que nací, y sí debo agradecerlo. Les agradezco a mis padres el don de la vida, el don de querer saber, eso lo heredé de ellos, y así nos va a mi familia y a mí. Y continuando la línea de la metáfora que acabo de esbozar, en la que pongo a Freud y a mis papás en la misma estantería, a Freud le debo agradecer, aunque no esté, que perseverara hasta el fin en la senda de su deseo. A él y a los que le siguieron, claro, incluida mi analista, que no debe de estar muy lejos. Hoy día el Padre decae, pierde potencia. Ya veremos en qué acaba esto, cómo se contrabalancea el tejido social. Sin duda ocurrirá, el mundo sabe cuidarse solo. Pero, y ojalá pueda cumplirlo, jamás renegaré de mi Padre, simbólicamente hablando, como hicieron hace unos días unos hijos ingratos en la edición dominical de El País del 26 de marzo. Concluiré con la misma frase de la carta que envié al diario, que no me publicaron, por cierto: superar al padre no implica arrastrar su nombre por el barro. Por eso hoy he venido acá. Porque me educaron para saber dar las gracias. Así pues: gracias, padre.

Notas:

1 Este texto fue escrito con ocasión del ciento cincuenta aniversario del nacimiento de   Freud, y leído en Valencia, hace ya por tanto casi cinco años.

2 Hoy, varios años después, citaría a Sálvame o alguno similar.

3 Bueno, hoy ya son diecinueve.

2 comentaris:

  1. Yo opino que el individuo se identifica contra el otro y en este caso, en el caso de Occidente, por el Edipo contra el padre, pero no es un destrozar al padre sino un intentar en todos los niveles oponerse a él, ofreciéndole la vida simbólicamente en un último término para volver a reencontrarlo.

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  2. Ostres m'he sentit moolt identificada pel recorregut, rebeldia, etc! Tot i que jo no sóc psicoanalista.

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