dijous, 4 de novembre de 2010

El fenómeno de la inhibición en la clínica infantil

Fuensanta Morales Moya, Psicóloga y Psicomotricista. CDIAP Mollet del Vallès.

Resumen

El presente trabajo se propone realizar una aproximación teórica al concepto de inhibición desde la orientación psicoanalítica, con el fin de dar soporte teórico a la práctica en la clínica de la primera infancia tal como se lleva a cabo en los centros de desarrollo infantil y atención precoz (CDIAP).

A tal efecto se aborda en primer lugar la concepción teórica de S. Freud sobre el concepto de inhibición, con una recensión de su texto fundamental sobre el tema: “Inhibición, síntoma y angustia” (1925). Posteriormente se recoge en líneas generales las aportaciones de autores como J. Lacan, M. Klein y F. Doltó, que permiten ampliar la concepción de la inhibición desde diferentes corrientes del psicoanálisis, así como abordar otros aspectos que aparecen asociados a la misma en la clínica infantil.

Finalmente la exposición de un caso clínico donde se pone de manifiesto el fenómeno de la inhibición permite articular los conceptos teóricos y la práctica en el desarrollo de la clínica infantil.

1. Introducción


El presente estudio se enmarca en el ámbito de la clínica de la primera infancia, concretamente en el “Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz” (CDIAP) Mollet.

En el centro se reciben múltiples demandas donde la inhibición se presenta como síntoma en diferentes áreas: lenguaje; relación con los adultos y con los iguales (generalmente al inicio del proceso de socialización); motricidad (estereotipias motoras, pasividad,...); aprendizajes y procesos psicológicos asociados (falta de atención, dispersión, dificultades de comprensión,...).

Con frecuencia se observa cómo el fenómeno de la inhibición se presenta acompañado de una cierta carga de angustia. Este trabajo tiene como objetivo hacer una primera aproximación respecto a cómo se articulan los conceptos de inhibición y angustia en la teoría psicoanalítica para a su vez orientar el desarrollo de la práctica clínica.

2. Desarrollo: referentes teóricos del concepto de inhibición.

2.1 S. Freud, Inhibición, Síntoma y Angustia

Freud define la inhibición como una restricción en las funciones del yo, que se manifiesta en una discordancia entre la función y los órganos implicados en la misma.

Algunas inhibiciones son renuncias a la función como medida de precaución, ya que durante la realización de la misma podría surgir angustia.

Otras inhibiciones más generales del yo se producen cuando éste se encuentra absorbido por una labor psíquica de especial gravedad, como puede ser el caso de un duelo. En esta situación se empobrece tanto la energía de que puede disponer, que se ve obligado a restringir su gasto en otros procesos.

El síntoma es un signo y un sustitutivo de una expectativa de satisfacción de un instinto como resultado del proceso de la represión. Así se aparta de la conciencia el contenido de una representación, de un deseo que no es tolerable para el yo, mientras que el impulso instintivo retorna en forma de síntoma, encontrando así, a pesar de la represión, un sustitutivo, si bien tan disminuido y desplazado, que resulta imposible reconocerlo como una satisfacción del instinto objeto de la represión. Por su parte el yo intenta suprimir el extrañamiento y el aislamiento del síntoma, incorporándolo a su organización y fortaleciendo así su fijación.

La angustia es un afecto de carácter displacentero, caracterizado por sensaciones de temor e intranquilidad, que va ligado a una serie de sensaciones corporales como son, entre otras, el aumento de la tensión muscular y del ritmo cardíaco y respiratorio.

Encontramos dos teorías de la angustia en Freud. En la primera, la represión es causa de la angustia, y así la energía libre resultante del proceso de la represión se transforma en angustia, mientras que en la segunda teoría la angustia es causa de la represión y se concibe como una señal de peligro en el yo, que en consecuencia moviliza las defensas, entre ellas la represión.

Freud constata que las situaciones que despiertan angustia tanto en el recién nacido como en el lactante, como son la soledad, la oscuridad y la presencia de un extraño tienen en común el ser situaciones que implican la separación de la madre.

La explicación de este hecho vendría determinada por el hecho de que la madre, que ha cubierto primero todas las necesidades del feto a través de su organismo, continúa realizando esta función después del nacimiento satisfaciendo sus necesidades. Así pues la relación objetal psíquica con la madre sustituye para el niño la situación fetal biológica.

En el momento del nacimiento el bebé no puede valerse por sí mismo, encontrándose por tanto en una situación de extrema dependencia. Con ello queda intensificada la influencia del mundo exterior e impulsada muy tempranamente la diferenciación del yo y del ello. Además, aparece elevada la significación de los peligros del mundo exterior.

La situación que considera como un peligro es la de insatisfacción, la del crecimiento de la tensión de la necesidad, contra la cual es impotente y así resulta enormemente incrementado el valor del objeto que puede servir por sí solo de protección contra tales peligros. No se trata entonces únicamente del sentimiento de necesidad, de la ausencia o la pérdida real del objeto, sino de la pérdida de su amor. La angustia surgiría así como reacción al hecho de advertir la falta del objeto, encarnado éste por la madre.

Conforme el yo se va desarrollando las situaciones de peligro se van desplazando, por lo que podemos decir que a cada una de las edades del desarrollo le corresponde cierta condición de angustia. Asimismo el yo tendrá que enfrentarse a pérdidas de objeto regularmente repetidas (pérdida del pecho materno en el destete, de las heces en la época del control de esfínteres,...). Esto implica una nueva concepción de la angustia, si hasta este momento la veníamos considerando como una señal afectiva del peligro, se nos muestra ahora como una reacción a una pérdida o una separación.

Manifestaciones de la angustia y formación de síntomas en los diferentes tipos de neurosis.

Los síntomas fóbicos condensan o concentran la angustia sobre ellos, de modo que necesitan de conductas complementarias para evitar la angustia: objetos contrafóbicos, inhibiciones o conductas de evitación.

Freud ejemplifica una fobia infantil a partir del caso Hans, un niño de cinco años cuyo síntoma es el temor a que un caballo le muerda y ante el cual manifiesta el fenómeno de inhibición con una incapacidad para salir a la calle, que constituye la restricción que el yo se impone para no despertar el síntoma de angustia.

Nos encontramos ante el conflicto de ambivalencia propio de la etapa edípica, los sentimientos de amor y odio con respecto al padre, donde el miedo angustioso de la zoofobia es el miedo real a la castración.

La angustia causaría aquí la represión. En cuanto el yo reconoce el peligro de castración da la señal de angustia e inhibe el amenazador proceso de carga en el ello, esto es, la carga libidinosa del complejo de Edipo y simultáneamente tiene efecto la formación de la fobia. El miedo a la castración se dirige a un objeto distinto y toma una expresión disfrazada, la de ser mordido por un caballo en lugar de ser castrado por el padre.

Así concluye que la angustia de las zoofobias es una reacción afectiva del yo al peligro, y el peligro en ellas señalado es el de la castración.

Por otra parte encontramos los síntomas de la histeria de conversión: parálisis motoras, contracturas, dolores y actos o descargas involuntarias, y ciertos síntomas de los obsesivos: ideas obsesivas, rituales y dudas, donde en ambas neurosis se consigue, gracias a determinados síntomas, eliminar casi totalmente la presencia de angustia. Toda formación de síntomas es emprendida, pues, con el fin de eludir la angustia y la situación peligrosa señalada por ella.

Los síntomas ligan la energía psíquica, que de otro modo sería descargada en forma de angustia. Si la formación de síntomas es impedida es cuando surge realmente el peligro, el yo se encuentra desamparado ante las exigencias instintivas constantemente crecientes y aparece la angustia. La angustia resulta ser, por tanto, el fenómeno fundamental de la neurosis y en este sentido pueden calificarse de síntomas todas las inhibiciones que el yo se impone.

2.2 M. Klein, Inhibición, Ansiedad y Simbolización

La teoría de M. Klein parte de la base de la existencia de una relación de objeto muy precoz. Desde el momento del nacimiento el yo no comienza a existir como una entidad perfectamente establecida, sino que se desarrolla gradualmente por repetición de experiencias y desde la base de los procesos generales de todo organismo vivo: la incorporación y la expulsión, que constituyen la base de los mecanismos de introyección y proyección.

El yo está expuesto a la angustia provocada por la dualidad de impulsos de vida y de muerte, por lo que debe enfrentarse a situaciones conflictivas antes de que su desarrollo esté muy avanzado y de que esté formada la facultad de integrar el proceso psíquico.

M. Klein explica la angustia como la percepción por parte del yo, ya sea del bebé, del niño o del adulto, de la amenaza de aniquilación o de desintegración del yo, es decir, de la pulsión de muerte. Estas situaciones de angustia de las primeras fases del desarrollo mental son muy abrumadoras y el bebé se defiende de ellas mediante el mecanismo psicológico de la proyección. Al proyectar su agresividad y destructividad, el niño puede sentir a su madre como no complaciente, como perseguidora y de ahí surgirá la ansiedad paranoide.

Más adelante, con el desarrollo psicológico del bebé, éste comienza a interpretar la desaparición de la madre como consecuencia del daño que él mismo le ha causado, como una reacción ante sus rabietas y exigencias infantiles y de ahí surge la ansiedad depresiva, basada en la ambivalencia, la culpa y la percepción del objeto total, es decir, bueno en unas ocasiones y malo y persecutorio en otras.

Klein no habla de estadio sino de posición, mezcla de angustia y defensa que, con unos inicios precoces, aparecen y reaparecen en los primeros años infantiles y en determinadas circunstancias de la vida adulta. La teoría kleiniana supone que estas ansiedades empiezan con el nacimiento y se van modificando a lo largo de la vida a través de crecientes contactos con la realidad y elaboraciones sucesivas, si bien son susceptibles de reactivarse en momentos críticos frente a diferentes pérdidas (destete, nacimiento de hermanos,...).

La primera realidad del niño es totalmente fantástica. Está rodeado de objetos que le causan angustia, y en este sentido los excrementos, órganos, objetos, cosas animadas e inanimadas son en principio equivalentes entre sí. A medida que el yo va evolucionando lo va haciendo también su relación con la realidad, y esta evolución dependerá del grado de capacidad del yo para tolerar la presión de las primeras situaciones de angustia.

Para Klein la ansiedad es motor del desarrollo, promueve la creación de defensas y un progresivo contacto con la realidad, a la vez que constituye la base necesaria para la formación de símbolos y fantasías. Pero para que la angustia pueda ser satisfactoriamente elaborada es esencial que el yo tenga capacidad para tolerarla, ya que si la angustia es muy intensa esta elaboración no se produce, provocando detenciones en el desarrollo o regresiones, como sería el caso de la inhibición.

Para Klein no se trata de menos ansiedad, sino de una creciente capacidad para tolerarla, elaborarla y enfrentar mejor así las situaciones conflictivas. El trabajo analítico estaría centrado entonces en hacer surgir estas ansiedades de las que el niño se está defendiendo, analizar las fantasías inconscientes relacionadas con ellas, e irlas elaborando, es decir, pasando de posiciones psicóticas primitivas a ansiedades más neuróticas.

Klein atribuyó gran importancia al papel que el simbolismo desempeña en el desarrollo del yo, considerándolo como el fundamento de toda fantasía y sublimación, ya que a través de la ecuación simbólica las cosas, actividades e intereses se convierten en temas de fantasías libidinales. Sobre él se construye también la relación del sujeto con la realidad y el mundo exterior. En este sentido Klein establece una equivalencia entre las inhibiciones intelectuales y la inhibición de la función simbólica.

A través del juego el niño proyecta sus ansiedades más primarias y su interpretación le permite entender el origen de las mismas y con ello mitigarlas y elaborarlas, lo que deriva en un enriquecimiento del mundo de la fantasía y una creciente capacidad de contacto con la realidad.

Klein sitúa la simbolización en relación con el fenómeno depresivo, que es básico en el proceso de diferenciación y reconocimiento del objeto. En este proceso el niño descubre a la madre como una entidad independiente que no es de su propiedad, lo que produce sentimientos de frustración que intensifican el sadismo existente en esta época, primero oral y muscular y posteriormente uretral y anal, que cuando se da en exceso despierta angustia y moviliza los mecanismos de defensa más primitivos del yo.

El niño buscaría así sustitutos del objeto originario hacia los cuales poder dirigir su agresividad preservando a su vez al mencionado objeto. Estos serán los símbolos que el niño utilizará y con los cuales podrá elaborar más abiertamente sus fantasías y utilizarlas en el juego y de forma más elaborada en el lenguaje.

Para M. Klein una cierta ansiedad en la relación con el objeto estimulará la formación de símbolos, pero una ansiedad excesiva la inhibirá. El yo del niño será tanto más rico cuanto más pueda desarrollar este proceso, e inversamente el proceso de simbolización podrá progresar más cuanto más desarrollado esté el yo.

2.3 F. Dolto, Castración Simbólica.

El concepto de castración simbólica es central en la obra de Dolto, quien la define como la privación de la satisfacción de las pulsiones en el plano en el que emergen, a saber, en un circuito corto en relación con el objeto al que se orientan, para ser recobradas en un circuito largo, en relación con un objeto de transición, y luego con objetos sucesivos que, por transferencias en cadena se conectan al primer objeto.

Para que una castración pueda ser simbólica es necesario que intervenga en un momento en que las pulsiones han encontrado, por derecho, su satisfacción en el cuerpo del niño. Si ese placer necesario al narcisismo fundamental no ha tenido lugar primeramente, entonces una castración se convierte en una frustración y no es ya simbólica.

Es necesario ante todo que el niño haya experimentado el placer de la satisfacción de la pulsión, pero que al mismo tiempo el objeto parcial (seno, alimento, heces, pipi, etc.), al procurarle la satisfacción en su cuerpo, esté asociado a una relación con un objeto total, la persona que se ocupa de él, que él ama y que, por su parte, admite el placer que obtiene de su pulsión satisfecha.

A partir del momento en que esa persona adquiere para el niño por lo menos tanta importancia como la satisfacción de su pulsión, puede ayudarlo a alcanzar un nivel superior de comunicación, al superar la satisfacción en bruto de la pulsión. Para esto se necesita que exista una situación triangular, es decir, que no sea solo para agradar a la madre que el niño se frustre, en cuyo caso nos encontraríamos en una situación perversa.

La castración simbólica requiere, pues, la mediación de una persona que asuma ser a la vez un modelo permisivo, pero también un obstáculo progresivo para la satisfacción del niño, provocando así un desplazamiento de la pulsión a otro objeto. Gracias a lo cual el niño entrará en comunicación con esa persona y luego ampliará su relación de intercambio con los demás, acrecentando de esa manera el campo de satisfacción de esa pulsión.

La angustia que se nota en el niño con cada nueva experiencia da paso a una seguridad recobrada cuando el intercambio con el soporte materno ha permitido el acceso a una simbolización con éxito. La castración, ya sea que concierna a las pulsiones orales, anales o genitales, consiste en dar a un niño los medios de establecer, en cada una de estas etapas, la diferencia entre lo imaginario y la realidad autorizada por la ley.

Castración umbilical: tiene lugar con el nacimiento y constituye la primera separación entre el cuerpo del niño y el de su madre. Definirá también su relación respecto del deseo de los otros, en función de las modalidades de alegría o angustia manifestadas ante su nacimiento. El niño, que hasta entonces era imaginado por los padres, pasa a ser una realidad. En este sentido será el lenguaje de los otros el que simbolice esta primera castración.

Castración oral: el destete implica una ruptura, una distancia en la relación cuerpo a cuerpo que ha de ser aceptada tanto por el niño como por la madre. Por parte de ésta implica el descubrimiento de nuevos medios de comunicación, es decir, la capacidad para comunicarse con su hijo, además de dándole de comer, con gestos y con palabras.

Esta castración promueve posibilidades de relación simbólica y culmina en el deseo y la posibilidad de hablar.

Castración anal: se origina en el control de esfínteres e implica la separación entre el niño y la asistencia de la madre en lo que respecta a la adquisición de su autonomía. Permite la obtención de un dominio humanizado de la motricidad que lleva inherente el control de las pulsiones motoras dañinas a través de la prohibición de dañar su propio cuerpo y el de los demás, así como lo que le rodea. Supone la iniciación al placer de la comunicación basada en el lenguaje y el control de la motricidad.

Castración edípica: la prohibición del incesto introduce al niño en el orden de la humanización genital. Es el momento de confluencia de las pulsiones parciales anteriores. Es una castración que se da en el dominio del deseo, prohibiendo la realización del deseo sexual en familia, lo que libera la energía libidinal y al deseo para su realización fuera del medio familiar.

2.4 J. Lacan, Angustia y Simbolización.

Lacan parte del texto freudiano Inhibición, síntoma y angustia, donde la angustia es definida en relación a la pérdida de objeto, para postular, en contraposición, que la angustia no es la señal de una falta sino de la carencia de la misma, introduciendo así una innovación respecto de la teoría freudiana.

Desde esta perspectiva la angustia estaría ligada a una presencia excesiva del objeto, a la presencia constante de la madre, quien de esta manera amenazaría con aplastar al sujeto tomándolo como objeto de su goce.

Hay angustia entonces cuando fracasa la operación de corte, de separación, con ese otro que se presenta como pleno. En este sentido Lacan elabora un nuevo estatuto de la angustia de castración, que no se refiere a la pérdida del órgano, y que introduce el término separación en lugar del de castración.

Cuanto más colma el hijo a la madre a su vez más la angustia, en tanto lo que angustia es la falta de la falta. A su vez, la madre angustiada es la que no desea o desea poco fuera del hijo, como mujer. Así es preciso que para la madre el hijo no colme la falta sobre la que se sostiene su deseo, porque entonces no hay posibilidad de separación.

La introducción de un tercero en esa relación dual tiene por objetivo ordenar y estructurar el deseo y con él las pérdidas, en tanto unas cosas están permitidas y otras no, e instaurar la gran ley que es la prohibición del incesto. Para que esto se pueda dar es imprescindible la separación del objeto primordial, la madre.

La entrada en el simbolismo viene dada por la alternancia presencia y ausencia, que es la que permite al niño simbolizar la ausencia de la madre. El niño anticipa que ésta puede desaparecer y entonces queda la palabra, que la representa. El concepto hace existir así a la cosa sin necesidad de que ésta esté presente.

Para Lacan la angustia es también consecuencia de cierto fracaso sintomático, en tanto apunta a algo que no se puede simbolizar. Al no encontrar un sentido a lo que sucede, al no poder poner palabras, aparece el miedo y con él la angustia. La inhibición siempre hace referencia a una función, es decir, a lo corporal. Cuando aparece la angustia lo que se da es un exceso del cuerpo como lugar del pánico en tanto el miedo del miedo.

De esta manera cuando el cuerpo produce angustia es vivido como extraño, como algo exterior para el propio sujeto. En este sentido la angustia es un afecto que lo invade, una expresión de goce con una función de alarma, de señal, que a diferencia del síntoma, no constituye un mensaje entre el sujeto y el otro.

Lacan ubica los términos de inhibición, síntoma y angustia en relación a los tres registros imaginario, simbólico y real. En la inhibición primaría el registro de lo imaginario, donde el sujeto se sitúa a nivel de lo especular.

3. Caso clínico

Luis tiene 3 años cuando sus padres consultan al centro de atención precoz derivados por el psicólogo de la escuela, porque presenta muchas dificultades de adaptación y una importante inhibición tanto a nivel de lenguaje como de relación. No participa en las diferentes actividades y manifiesta una pasividad tal que hace difícil valorar su nivel de comprensión en las diferentes áreas.

En la primera entrevista los padres presentan a Luis como un niño tranquilo y afable, que no ha madurado a un ritmo normal porque está muy “enmadrado”. La madre refiere que siempre ha sido muy dependiente de ella y ahora le está costando mucho adaptarse a la escuela, situación ésta que preocupa mucho a los padres.

Refieren que en el ambiente familiar Luis se muestra tranquilo y estable, también muy ordenado y ritualista. Utiliza el lenguaje para comunicarse con sus padres, si bien dice pocas palabras y con notables dificultades de articulación. Cuando no lo entienden se muestra muy nervioso y exigente.

Luis es el hijo único de una pareja que se define en relación a él como muy complacientes y que hablan de su dificultad para negar a Luis las cosas que él pide y que ellos le pueden conceder. Ponen como ejemplo el hecho de que la madre le dio el pecho hasta los dos años y medio “porque no encontraba ninguna razón para retirárselo”.

En lo que respecta a sus hábitos de autonomía Luis exige a su madre que le de comer, lo vista y se encargue de todas sus cosas, a lo cual ella accede, refiriendo que tanto su marido como ella siempre han estado muy pendientes de él, lo que asocia con el hecho de que su propia madre siempre estuvo muy entregada a los hijos y que ella ha hecho lo mismo.

A lo largo de esta primera entrevista Luis se muestra muy angustiado y se mantiene aferrado a su madre. Los padres refieren que es su forma habitual de reaccionar ante la presencia de extraños. En sesiones posteriores y debido a la importante angustia de separación se inician las sesiones de tratamiento conjuntamente con el niño y la madre.

Luis no responde a las propuestas de juego, por lo que se abordan diferentes temas con la madre, momento en que se mantiene muy atento a lo que se dice. La madre aprecia que el hecho de hablar delante de él le está influyendo y lo relaciona con el hecho de que en casa va tomando pequeñas iniciativas respecto de su autonomía, como ponerse el pijama, empezar a comer solo, afirmando satisfecho que él es mayor.

La madre refiere por su parte que el poder hablar de estas cuestiones le ayuda a tomar conciencia de su propia implicación en las mismas, se da cuenta de que debe modificar cosas en lo que respecta a la relación con su hijo y dice necesitar tiempo para poder hacerlo, añadiendo “yo antes no era así, ahora me he vuelto más blanda”.

Poco a poco Luis es capaz de separarse corporalmente de la madre, se muestra más tranquilo y empieza a hablar, mostrándose así la particularidad de la relación entre madre e hijo en lo que se refiere al lenguaje. Cuando Luis habla hace repetir a su madre lo que él ha dicho, para asegurarse de que lo ha entendido y la madre lo hace. Realiza esta traducción también cuando le pregunto algo a Luis, de manera que a ella misma se le hace evidente que no deja demasiado espacio para que él se pueda expresar.

Dice que tanto ella como su marido se sienten culpables cuando tienen que decirle que no a su hijo. Al preguntarle por qué cree que le ocurre esto la madre explica angustiada que un año antes de nacer Luis su madre murió y a ella le dolió mucho su pérdida, tras la cual sufrió una depresión de la que no fue tratada. A partir de este momento sintió que lo más importante en la vida era la familia, decidió dejar de trabajar y cuando nació Luis “se volcó en el”. Por otra parte se siente muy culpable de lo que le pasa a su hijo y sufre al pensar que en la escuela lo está pasando mal.

En las sesiones siguientes Luis inicia un juego con dos coches que chocan con su barriga y la de su madre y que en sesiones posteriores chocaran entre ellos cayendo al suelo, para después pasar a circular por el parking y la carretera, introduciendo la figura del mecánico que los arregla cuando chocan.

Reproduce diferentes luchas contra animales voraces como el lobo, el cocodrilo o un dragón, con el cual reproduce la leyenda de Sant Jordi, a cuya representación ha asistido con la escuela sintiendo mucho miedo. En estos juegos vence y mata a los diferentes animales identificándose con personajes fuertes y valientes.

Luis acepta quedarse sólo en sesión pudiendo despedirse de su madre. Repite los juegos anteriores y va explorando nuevos objetos. Paralelamente se observa un proceso de desinhibición motriz, con mayor implicación corporal en los juegos. Los objetos chocan entre ellos, caen, y vive todo ello de forma muy lúdica.

Su representación gráfica evoluciona desde el garabato inicial hasta la reproducción de diferentes elementos, de la figura humana, en cuyas primeras representaciones las diferentes partes del cuerpo están bien ubicadas pero no se tocan entre ellas, y la escritura de su nombre.

En este proceso su lenguaje deviene progresivamente más claro e inteligible. Emite frases bien estructuradas, sin apenas dificultades de articulación y con una clara intención comunicativa.

En la escuela observan una importante evolución en su actitud. Se muestra más relajado y contento. Se comunica verbalmente con la maestra y compañeros y empieza a compartir ciertos juegos, inicialmente con las niñas, hacia quienes adopta una actitud pasiva, para ir incorporándose progresivamente a juegos de competición con los niños.

Ha aumentado notablemente su nivel de motivación hacia las diferentes actividades, aunque todavía necesita de cierta atención individual para iniciar las actividades de carácter más escolar, donde todavía se muestra inseguro y con dificultades para enfrentarse solo a las tareas.

Siguiendo las referencias teóricas podríamos decir que Luis manifiesta angustia en tanto la operación de corte, de separación respecto de la madre, no se ha producido. La presencia constante de ésta no ha dejado lugar para la simbolización.

Esta dificultad de separación se manifiesta en la madre en el no poder decir que no al niño, inicialmente en la regulación de las funciones corporales. La demanda del niño es interpretada como una necesidad, lo que acaba generando angustia tanto en el niño como en la madre. En este sentido podríamos situar la intervención del terapeuta como figura de corte, el tercero que incide en la relación dual actuando como regulador del deseo.

La madre no ha podido hacer el duelo de la muerte de su propia madre y lo tapa con el hijo. Como el duelo no se acaba de resolver, tampoco puede encontrar la manera de separarse de su hijo, así como de renunciar también ella a la relación cuerpo a cuerpo con él y a la ayuda constante que quiere proporcionarle en los aspectos relativos a su autonomía.

En el tratamiento algo empieza a pasar por lo simbólico, primero a través del lenguaje, después por el juego, para producir así la separación. Vemos así como los fenómenos de inhibición y angustia iniciales van cediendo a favor de la formación de síntomas obsesivos y fóbicos.

4. Conclusiones

Para Freud la inhibición constituye una forma de defenderse de la angustia o de la situación de peligro que ésta señala, a saber, la separación o la pérdida de objeto. Cada momento del desarrollo tendría adscrita así una condición de angustia.

La concepción teórica de los autores seguidores de Freud reseñados en este trabajo tiene como aspecto común, el relacionar la aparición de fenómenos de inhibición y angustia con la situación de separación, así como con alguna dificultad en el proceso de simbolización, profundizando en la relación entre separación y simbolización.

Para Dolto la detención del desarrollo y con ella la aparición de angustia se da cuando la separación y la pérdida que tienen lugar en el paso de una etapa a otra, no han podido ser simbolizadas. Podríamos establecer la siguiente correspondencia con los estadios del desarrollo definidos por Freud y las diferentes castraciones simbólicas de Dolto:

Peligro de desamparo psíquico---yo inmaduro---castración umbilical

Peligro de la pérdida de objeto---dependencia primeros años---castración oral y anal

Peligro de castración---fase fálica---castración fálica

Otros autores aportan nuevas maneras de concebir la angustia, y así para Klein ésta es producto de la amenaza de la pulsión de muerte, pero a la vez la considera motor del desarrollo y la base para el establecimiento del simbolismo. Solo cuando la angustia es muy intensa, se produce una detención del desarrollo y con ella la aparición del fenómeno de la inhibición. Por tanto para Klein lo importante no sería buscar una situación libre de angustia, sino lograr que ésta se mantenga dentro de determinados límites que puedan favorecer el desarrollo y la estructuración del sujeto.

Para Lacan la angustia aparecería cuando no se ha producido la operación de separación con el otro, no permitiendo así la entrada en el registro simbólico. Para Lacan se trata de afrontar la angustia, pasar por ella para obtener un saber sobre la manera en que el sujeto se encuentra implicado en su sufrimiento. Se trata por tanto de sintomatizar la angustia para luego poder desplegar el síntoma en la relación transferencial.

Para Klein el juego pone al sujeto en contacto con la realidad y constituye para el niño un apoyo contra las imágenes fantasmáticas en su proceso de adaptación a la misma. El juego se definiría así por su dialéctica entre lo fantasmático y lo real.

Cuando el niño se integra al sistema simbólico y se ejercita en el, puede hacer jugar lo imaginario y lo real, y conquistar así su desarrollo. El niño se precipita así en una serie de equivalencias simbólicas, en un sistema donde los objetos se sustituyen unos a otros, recorriendo así una serie de ecuaciones que le hacen pasar a objetos más elaborados y acceder a contenidos cada vez más ricos.

En la clínica de la primera infancia promovemos el proceso de simbolización a través de la representación mediante la palabra, el dibujo y el juego. En este sentido el juego deviene una herramienta de gran importancia para este proceso, fundamentalmente cuando la inhibición se manifiesta en el lenguaje y la representación gráfica, como es el caso de los niños de corta edad, está poco desarrollada. Al facilitar el acceso a la simbolización, el juego se convierte en un medio muy importante para superar la angustia y con ella la inhibición.

5. Bibliografía

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ASSOCIACIÓ CATALANA PER A LA CLÍNICA I L’ENSENYAMENT DE LA PSICOANÀLISI (ACCEP). Curso “Psicoanálisis con niños”. Barcelona, 2006-2008.

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FERRARI, M. Seminario “La dirección de la cura en el análisis con niños. La pulsión y el objeto” (3ª clase). Visualizado en www.Psicomundo.org.

2 comentaris:

  1. El juego en los niños puede pasar a la cultura en las personas adultas, no como forma de jugar sino como elemento ordenador y buscador de la coherencia, para llenar la falta de la falta o dirigir la angustia de la pérdida hacia buenos fines.
    Hace un momento comentaba a un amigo sobre la importancia de la poesía, que algunos, los más ingenuos la creen en peligro.

    Bien, un saludo afectuoso de Vicent.

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  2. magistral, aunque con tijera necesaria para el falto de tiempo

    saludos

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