diumenge, 2 gener de 2011

DE LA COBARDIA MORAL AL DOLOR DE EXISTIR

Autor: Sabino Cabeza

            En el recorrido de ese pequeño lapso temporal que toma la vida de un humano, pequeño si tomamos como escala la magnitud de lo astronómico, algunos han tenido tiempo para preguntarse por el sentido que puede tener el tránsito. Muchos simplemente han confiado en poderes superiores de los que ni tan sólo era preciso esperar respuesta. Otros han construido explicaciones elaboradas desde el mito a las filosofías más enrevesadas, gestadas desde toneles de barro, áticos atestados y algunas, incluso, en tocadores.
            La verdad no es ajena al ser humano. Está  allí en su mismo núcleo. El inconsciente es esa verdad, y su afán diario, brotar intentando eludir las trampas de una realidad casi siempre hostil. Hostil a la verdad, quiero decir. Como ninguna realidad carece de fisuras, existe alguna posibilidad de que la verdad aflore a la luz, y eche hojitas. Pero hay un precio.
            Esa verdad es inexpresable. Sólo a través del discurso es medianamente capaz un humano de dar cuenta de ella. Pero ya al hablar gran parte de la verdad se transforma  en... aire. Lo que queda apenas basta para ponernos colorados, justo cuando metemos la pata.
            El lenguaje no puede soportar todo el peso de la verdad. Queda siempre un poso imposible de decirse, de hacerse decir. Precisamente ahí, donde el andamiaje endeble del lenguaje no soporta más, apunta el deseo, hacia un límite colocado en el infinito, inalcanzable, pero no por ello menos deseable. Punto de fuga en el que convergen todas las miradas, magnético lugar que otorga perspectiva al cuadro que se pinta. 
            Y sin embargo, hay quien aparta la mirada, y prefiriendo la planitud tranquilizante de un paisaje sin profundidad, decide dar marcha atrás.
            No está a salvo de dar marcha atrás aquel que, en los vericuetos de un análisis, cree que puede convertir toda su verdad en un saber acerca de ella. Si se decide retroceder es porque se llega a un punto en el que una elección se plantea, toma forma bajo el peso de una Ley. Y, otra vez, esto no sólo para los analizantes. La elección está ahí delante de todos los humanos. De todos los que son sujetos, al menos. Una elección que tiene toda la estructura de un dilema ético: qué se debe hacer, conformarse con el síntoma en el que vivimos, o perseguir a esa esquiva criatura que llamamos deseo. Una encrucijada ética si admitimos que ética es la relación de la acción humana con el deseo que la habita.
            Lo cierto es que sólo dentro de un análisis es dable transformar lo posible de la verdad en el saber del sujeto, pero el dilema se presenta independientemente de esto. La cobardía moral a la que Lacan se refirió en "Televisión" no es tan sólo el rechazo del deber del bien decir, es un rechazo aún más hondo: es la renuncia a mirar justo allí donde el deseo pudiera cobrar una forma accesible, es la renuncia a re-conocer eso que da justificación al deseo y que precisamente nos deja mudos ante su magnitud: lo imposible de decir tiene que ver con la falta en ser. No hay significante que dé cuenta de esa falta. Una brecha abierta a la nada. Ser o no ser, he aquí el dilema.
            Freud hizo de la melancolía la bandera de una pérdida. Cuando escribió que el melancólico sabe de su pérdida, dejó bien claro que esa pérdida no es tanto la del objeto perdido, aquel a quien se ha perdido, como aquello que con él, con el objeto, el melancólico, ha perdido. El melancólico pierde la seguridad de que el Otro es garante de su deseo, el Otro le ha engañado, nada, la nada, se muestra en su lugar. Nunca hubo nada, nadie estuvo allá  realmente para sostenerlo. Y la defensa será abrumadora, pues algo del orden de lo real hizo su aparición: el vacío. La pérdida del melancólico es precisamente la de un decorado, un entramado ficticio que ocultó por un tiempo el punto de fuga y que le permitía vivir en un paisaje plano. La certeza de lo inescapable golpea sin remisión: hay profundidad bajo sus pies.
            ¿Por qué hablamos de una cuestión ética?  No es tan sólo por la acción respecto del deseo. También porque el Psicoanálisis se fundamenta sobre una ética muy concreta, la del bien-decir, una ética que no grita con voz tonante. Una ética que enfrenta al sujeto con una elección que nadie salvo él podrá tomar: ahí radica la responsabilidad del analizante sobre su propio deseo. Pero ciertamente el Psicoanálisis es la tierra de nadie donde un pacto puede concluirse: el sujeto, en su búsqueda de la palabra que dé cuenta de su verdad, sabiendo que no toda podrá ser dicha, ha de efectuar cierta renuncia: hacerse cargo del propio deseo supone aceptar ese punto de imposibilidad que puede llevarle más allá de su falta en ser. Si la cobardía moral consiste en negar el dolor de existir envolviéndose en una burbuja narcisista, hundiéndose el sujeto en las ciénagas de la depresión, refocilándose gozoso en el barro del síntoma, ese que hace la felicidad, podríamos decir por el contrario que hacerse responsable del deseo a pesar de la falta en ser, es todo un alarde de valentía. De valentía moral, pues elegir el deseo es renunciar a la felicidad.
      Nacer supone ya una pérdida. Vivir es vivir sobre algo faltante, sobre una ilusión que intenta hacer olvidar que hay un lugar íntimo del que brota un lamento sin palabras: hablamos tan sólo para no oír la voz que clama, que grita, por estar en este mundo. No hay respuesta a la pregunta por el ser. Ninguna filosofía, ninguna mística, ninguna ética puede otorgar la gracia de una solución, de una justificación al menos. El deseo tiende a lo fatal, a no cerrar nunca la herida de nuestro ser. Aceptarlo es aceptar la vacuidad de nuestra relación, como sujetos, con nuestro objeto. Es aceptar la transparencia, la  tenuidad del velo que oculta el bostezante agujero por el que nuestro ser se derrama, se desangra. El bien-decir, que no el decir rutilante y hermoso, sino ese que da cuenta de un buen porcentaje de verdad, disipa los velos.
            El Psicoanálisis, que a través del bien-decir allana el camino hacia el deseo, no puede más que oponerse desde su peculiar posición ética al rechazo que el cobarde moral construye en torno a una impotencia: no puedo hacerme cargo de mi deseo, no puedo, no quiero hacerme cargo de mi dolor de existir, y si el Otro no desea por mí, yo sufriré por el Otro. Si el Otro no es garante de mi deseo, que al menos lo sea de mi sufrir. El Otro, así, seguirá existiendo. Mírame, Otro, mírame sufrir y dime que vivo sin vivir en mí, que muero porque no muero. Garantízame que esta es la verdad.
            Esa no es la verdad. La verdad, como tal, es inalcanzable, está fuera del registro de lo accesible. Pero una aproximación valiosa se realiza a través del reconocimiento de la pérdida, de lo que perdura de ella. La elección, hecha  como si de una apuesta se tratara, albur que se corre poniendo en juego lo que nos hace sujetos, es entre deseo o goce. De la cobardía moral al dolor de existir media un paso: una pérdida de ser. El cobarde, antes de perder...nada, retrocede, se queda con el goce, y muere por que no muere. El valiente, apostando por su deseo, hará de su dolor de existir un motivo por el que vivir.

1 comentari:

  1. Yo diría que el valiente apostando por su deseo, hará de su dolor de existir un motivo por el que vivir, pero sin la intención de que así sea, sino sólo por un hacerse responsable ante su padre, ante él mismo.

    Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo atrasadamente pero a tiempo, siempre se está a tiempo.

    Vicent.

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