dimecres, 14 de juliol de 2010

LO REAL, LACAN

Francisco Estevez.
Lo real

Jacques LACAN (1901-1981)

La cuestión de lo real emerge vinculada con el surgimiento del discurso científico en el siglo XVII, a partir del momento histórico en que la física incorpora en su seno a la matemática. Hasta entonces la naturaleza se interpretaba por analogía y todo lo que sucedía en el cielo era entendido por el hombre como un canto para mayor gloria de Dios. Newton introduce el lenguaje matemático en la naturaleza y descubre que en ella se aloja el significante articulado en fórmulas. Esto produce una gran conmoción en el hombre.

El paso del mundo natural al mundo científico es proporcional a la distancia que hay entre la realidad y lo real. En la primera habita la analogía, en el segundo se inscribe el matema. La realidad se deriva de la emoción humana y depende del sentimiento que el hombre tenga de ella, constituyéndola en función de su propio deseo. Es aquello que se ve según el color del cristal con que se mira.

Lo real, en cambio, -de la ciencia, de la psicosis- no tiene nada que ver con lo concreto y no es aprehensible por si mismo. Lo real tiene una particularidad esencial, en tanto que «presenta lo imposible difícil de ser alcanzado» (1), incrustado en la cosa por intromisión del lenguaje y del cual el discurso científico trata de dar cuenta mediante la matematización de la escritura. Su captación por el sujeto admite varias posibilidades, de las que podemos destacar tres: el núcleo de la ciencia, el automatismo de la psicosis y el encuentro con el horror. No son hipotéticas, pues el hombre las ha hecho posibles en este siglo: la bomba de Hiroshima, el automatismo mental y el holocausto.

La forclusión

Lacan estableció una hipótesis para explicar la causalidad de la psicosis, concibiéndola como resultado de la forclusión del significante Nombre-del-Padre. Con dicha fórmula pretende dar cuenta de una carencia esencial que afecta al sujeto psicótico, por la cual permanece siempre ajeno al engarce con el universo simbólico del lenguaje, a pesar de que éste no cesa de rodearle.

Ese significante -que opera limitando el deseo materno- parte de un presupuesto: ser padre es distinto que ser madre; mientras que la relación con la madre viene determinada por la naturaleza, la relación con el padre es un efecto de la cultura. Y puede faltar si un sujeto no lo incorporó a su universo simbólico al comienzo de su vida. Sin embargo, no por ello deja de existir ya que pertenece al orden de la cultura humana. Por eso no es posible evitar el agujero real que deja para siempre la no inscripción del significante en el hombre, cuya falta dificultará para siempre su relación con el lenguaje.

El término forclusión pertenece al vocabulario jurídico francés. Fue introducido por Lacan en la última sesión de su seminario sobre las psicosis (2) como forma definitiva de la Verwerfung freudiana, que hasta entonces había traducido con diferentes vocablos: «supresión», «rechazo», «abolición simbólica». Para entenderla hay que tener en cuenta que el proceso que está en juego en la Verwerfung (o abolición simbólica) es exactamente el contrario que el introducido por la Bejahung (o afirmación simbólica), ya que este último permite la entrada en la simbolización en tanto que el primero la impide. El primer término sitúa al sujeto ante lo real; el segundo lo introduce en lo simbólico. Ésta es la tesis de Lacan

Toda la teorización lacaniana sobre la psicosis se apoya en esta disyunción. La Verwerfung corta de raíz cualquier manifestación del orden simbólico antes de su constitución. Porque una vez que lo simbólico se articula ya no se puede perder, quedando inscrito el sujeto en él. Es el campo de la neurosis. Con la Verwerfung el rechazo a lo simbólico es irreversible.

¿Qué efectos clínicos tiene esta heterogeneidad lógica? Al menos uno inequívoco: la alucinación. Pues lo que ha sido excluido de lo simbólico reaparece en lo real en forma alucinatoria. Por lo tanto: forclusión ↔ alucinación. Porque lo que está en juego en la fenomenología de la psicosis -por encima de los llamados fenómenos groseros- es el poder del significante en cuanto tal. Frente a él se encuentra el sujeto psicótico y ante él sucumbe por su imposibilidad de abordarlo, retornándole desde lo real, es decir desde fuera. Eso es la alucinación y la auditiva es su paradigma.

Establecida desde el comienzo de su constitución como sujeto, la forclusión es la evidencia de que el psicótico ha sufrido un accidente en el camino que le ha impedido la incorporación a su mundo subjetivo del significante fundamental. Eso provoca efectos en su vida. Desde de Clérambault reciben el nombre de fenómenos elementales, también llamados fenómenos de automatismo mental. Son apenas un puñado seleccionados por el maestro de la Enfermería Especial: anticipación del pensamiento, enunciación de actos, impulsiones verbales y tendencia a fenómenos psico-motores, sobre todo.

Dada su posición de heterogeneidad con respecto al sujeto de Clérambault los considera simples fenómenos mecánicos. Lacan, en cambio, entiende que «es más fecundo concebirl[los] en términos de estructura interna del lenguaje» (3) ya que el psicótico está habitado (poseído) por el lenguaje, es un rehén en sus manos. El lenguaje le lleva y le trae, habla por él y en él, le domina como una marioneta. En esto consiste la fase inaugural de la psicosis.

La emergencia de la psicosis

El desencadenamiento de la psicosis no es un accidente fortuito, sino un encuentro con un significante preciso, el Nombre-del-Padre, ante el que el sujeto se siente confrontado en un momento crucial de su vida sin capacidad de responder. En el momento de la apelación al Nombre-del-Padre el sujeto se encuentra que aquél no responde: no por una ausencia transitoria, sino por su inexistencia absoluta. En ese caso, no hay otro término para denominar ese vacío que Verwerfung o forclusión.

La Verwerfung será pues considerada por nosotros como forclusión del significante. En el punto donde (...) es apelado el Nombre-del-Padre, puede, pues, responder en el Otro un puro y simple agujero, el cual por la carencia del efecto metafórico provocará un agujero correspondiente en el lugar de la significación fálica . (4)

El núcleo de la psicosis se juega en la relación del sujeto con el significante, en su aspecto más formal y en su posición de máxima exterioridad con respecto a aquél. Todos los restantes fenómenos que se desencadenan alrededor no son más que reacciones a ese primer tropiezo.

(...) Es imposible desconocer, en la fenomenología de la psicosis, la originalidad del significante como tal. Lo que hay de tangible en el fenómeno de todo lo que se despliega en la psicosis es que se trata del acceso por el sujeto de un significante en cuanto tal, y de la imposibilidad de este acceso (5)

La falta del significante primordial en el lugar en que debería hallarse (y donde sólo aparece un agujero) inicia la cascada imaginaria del resto de los significantes, en un intento fallido por parte del sujeto de sustituir a través de ellos el ausente. La tentativa resulta inoperante porque al faltar el primero los demás no tienen donde anclarse. La cadena queda desligada y la deriva se vuelve imparable. Hasta que, tras un cierto trabajo del delirio, el sujeto consigue estabilizarlos en una metáfora delirante. Es decir, en un delirio no expansivo en el cual el psicótico encuentra una significación que limita su ser. Esa cristalización delirante -por ejemplo, «soy inventor»-fija el sinsentido del sujeto otorgándole uno nuevo a su vida, pudiendo articularse otra vez en el vínculo social común.

Lacan se pregunta cómo puede ser convocado el Nombre-del-Padre al único lugar en donde nunca ha estado. Y responde: «Por nada más que por un padre real, no necesariamente por el padre del sujeto, [sino] por Un-padre» (6). Es decir, que se dé de bruces con él, en una relación cara a cara, y que tenga que responder con su palabra. Esta «coyuntura dramática» (7) se puede encontrar en el comienzo de la psicosis. Lacan ofrece tres ejemplos:

• La figura del esposo, para la mujer que acaba de dar a luz

• La persona del confesor, para la penitente que confiesa su pecado

• El padre del novio, para la joven enamorada (8).

No sólo es posible detectar el instante del desencadenamiento, sino también distinguir el modo de incorporación del significante del Nombre-del-Padre (o su fracaso) a la vida del sujeto. Para ello es necesario observar dos cuestiones determinantes: 1. El caso que hace la madre de la palabra y autoridad paternas. 2. La relación, en sí misma, del propio padre con la ley.

En el primer caso lo que está en juego es el lugar que la madre «reserva al Nombre-del-Padre en la promoción de la ley» (9). En el segundo, la paradoja por la cual la incidencia devastadora de la figura paterna se produce con especial virulencia en los casos en que el padre tiene realmente (o se arroga) la función legisladora en el seno de la familia.

El fenómeno elemental

Hemos visto que hasta un cierto momento de su vida -denominado desencadenamiento- una persona puede mantener su equilibrio psíquico a pesar de carecer del significante del Nombre-del-Padre. ¿Cómo entenderlo?

Podemos observar a ciertos sujetos considerados un poco extraños por sus familiares. No son muy expresivos, tienen escasos contactos sociales y encuentran dificultades en la relación con el otro sexo. Al lado de estos rasgos de retraimiento aparecen otros en los que su posición es diferente: dominan el ajedrez y la informática, o son expertos en electrónica y en matemáticas, o tal vez especialistas en cine de terror. Los ejemplos pueden ser variados. Pues bien, cada uno de estos trazos, y no más de uno por sujeto, funciona como una aceptable suplencia del Nombre-del-Padre. Aunque el sujeto carece de ese significante que organiza el mundo simbólico, tiene en su lugar uno más humilde que lo remeda como una prótesis.

Ahora bien, en un momento inesperado puede verse confrontado ante el significante que falta, siendo ya insuficiente su zurcido. No sucede por un motivo cualquiera, sino por uno de esos encuentros cruciales de la existencia -el amor, la sexualidad, la autoridad, la muerte- en los que el sujeto tiene que sostener su sexuación desde un lugar de verdad. Ahí desfallece al fallarle el centro de apoyo. En el punto en que es llamado el Nombre-del-Padre, responde en el Otro un simple agujero.

El proceso

• Primer movimiento: suspensión de significación. El sujeto no tiene ninguna significación que ofrecer, nada con qué responder ante ese encuentro. Es el vacío, la detención del pensamiento, la perplejidad. El elemento dominante es la extrañeza.

• Segundo movimiento: anticipación de una significación nueva . Ante la angustia que le provoca el vacío anterior, el sujeto adelanta una significación cualquiera. Es la alucinación. Tiene siempre carácter de injuria sexual, bien explícita («¡puta!», «¡maricón!»), o bien alusiva («¡ahí va ése!», o «¡mírala!») porque está hecha sobre el material de la sexuación que falta. Es un retorno en lo real del significante excluido, que tiene como función colmar el vacío de significación y la perplejidad en que está sumido el sujeto. El elemento dominante es la certeza.

Es en este proceso donde se inscribe el matema de Lacan: «lo que no llegó a la luz en lo simbólico, aparece en lo real» (10)

(...) Nos encontramos aquí en presencia de esos fenómenos que se han llamado sin razón intuitivos, porque en ellos se anticipa el efecto de significación sobre el desarrollo de ésta. Se trata, de hecho, de un efecto del significante, en la medidad que su grado de certeza (segundo grado: significación de significación) toma un peso proporcional al vacío enigmático que se presenta de entrada en el lugar de la significación misma (11)

Vemos, pues, que fenómeno elemental y alucinación no son sinónimos, aunque guardan una gran proximidad. La alucinación es el segundo movimiento del fenómeno primordial. Sin el primer movimiento no se puede entender. Confiere certeza al sujeto.

El delirio constituye el tercer movimiento. No es tan secundario como decía de Clérambault, quien consideraba que no existía relación alguna entre automatismo mental y delirio, ya que mientras aquél se activa de un modo mecánico y ajeno a la subjetividad, éste guarda relación con la historia del sujeto y se construye con el material más sano de sus experiencias y recuerdos.

Lacan no lo plantea de ese modo, porque entiende que en el fenómeno elemental está ya la estructura del delirio. Naturalmente se precisa una elección del sujeto pues permanecer en la alucinación diaria es una elección abandónica. Llevar a cabo un trabajo con el delirio es una decisión valiente, ya que implica forzar (y no gozar) el fenómeno elemental para construir un producto. Hay, sin embargo, sujetos que sólo deliran pegados a la alucinación, mientras que otros lo hacen construyendo una metáfora delirante, es decir, un delirio estabilizador y limitado.

Notas.


1  MILLER, J (1988). La psicosis. En Elucidación de Lacan, EOL-Paidós, Buenos Aires, p. 80.

2  Cfr. LACAN, J.(1981) Le Séminaire. Livre III. Les Psychoses, Seuil, París, p. 361.

3  Idem, p. 284.

4  LACAN, J.(1966). D’une question préliminaire... En Écrits, Seuil, París, p. 558.

5  LACAN, J. (1981), p. 361.

6  LACAN, J. (1966), p. 577.

7  Idem, p. 578.

8  Ibidem.

9  Idem, p. 579.

10  LACAN, J. (1966). Réponse au commentaire de Jean Hyppolite... En Écrits, Seuil, París, p. 388.

11  LACAN, J. (1966). D’une question préliminaire... En Écrits, Seuil, París, p. 538.

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