divendres, 20 de maig de 2011

EL AMOR EN FREUD Y EL CUERPO, LUGAR DEL A/.

Palmira Dasí Asensio


Valencia, 13 de abril de 2011


Hay siempre en el discurso del amor, alguien a quien nos dirigimos. Nadie tiene deseos de hablar del amor, si no es por alguien. Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo.


Han sido necesarias muchas causalidades, muchas coincidencias sorprendentes, y tal vez muchas búsquedas, para que encuentre la Imagen que entre mil, conviene a mi deseo. ¿Por qué deseo a Tal?....¿Es todo él lo que deseo…. una silueta, una forma, un aire, el corte de una uña, un diente un poco rajado, un mechón, una manera de mover lo dedos al hablar, al fumar?

Al no conseguir nombrar la singularidad de su deseo por el amado, el sujeto amoroso desemboca en esta palabra un poco tonta: adorable! Adorable quiere decir: éste es mi deseo, en tanto que es único. Es exactamente eso lo que yo amo. Sin embargo, cuanto más experimento la especificidad de mi deseo, menos la puedo nombrar.

Encuentro en mi vida millones de cuerpos; de esos millones puedo desear centenares; pero de esos centenares, no amo sino uno. El otro del que estoy enamorado, me designa la especificidad de mi deseo.

Fragmentos de Fragmentos del discurso amoroso, de Roland Barthes, que he querido incluir, por la poesía con la que trata de cernir el amor.

Hoy le ha llegado el turno al amor. El amor en Freud y el cuerpo, lugar del Otro barrado. Primero que nada se me ocurren reflexiones con las que podríamos empezar a perfilarnos preguntas acerca del amor y los interrogantes que nos sigue planteando en tanto analistas, dado que en psicoanálisis, no hacemos otra cosa que operar, tratar y hablar del amor, en un claro continuum de lo que, por otra parte, nos hacemos ocupar en la vida.

El neurótico tiende a polarizarse en dos aristas, del lado del amor. Una, intentar tratar de procurárselo mientras se lamenta de no tenerlo. La otra, conseguir abortárselo, para mantenerse penitente a causa de la pérdida y justificar así su existencia neurótica. No es así en exacto, pero sí es así. Al menos, al nivel inconsciente.

El neurótico se hace existir, se siente ser, a partir del reconocimiento que el amor le instituye, o, dicho de otro modo, de los significantes con los que el Otro primigenio y sus subrogados, le inscribieron-le inscriben y dotan de corporeidad significante. Para sentirse amable por y para el otro, uno, previamente, ha de haber sido amado, aunque sea por una porción de tiempo x y en un instante preciso.

Hay una leyenda que circula por las venas urbanas, en el sentido de que la manejamos con frecuencia y que hoy tampoco quería dejar de constatar. Dice así: Uno no puede ser amado si no se ama a sí mismo.

Es un aserto que podemos conceder como real, fidedigno, aunque suene a lenguaje psy, pero que encierra su fracción de verdad, y también de interrogación en clínica, porque, por ejemplo, si existe un sujeto que abomina de sí y de su incapacidad electiva para no desprenderse de lo que perdió, de su objeto, ese es el sujeto melancólico, luego lo veremos más en amplio; sin embargo, la melancolía, puede hacer prender el amor en otros para quienes, justamente, esa su relación radical a la pérdida, resulte, en tanto rasgo objetal, eclipsante, hechizante.

Las condiciones del objeto, no están (y sí) en el objeto en sí mismo, sino en aquel que las elige y las reconoce, por entre medias de esos centenares de miles de personas que nos pueden cautivar por la vida como nos evocaba Barthes.

Desde esa introducción reflexiva, se me ocurre abrirnos al tema desde la más neta ignorancia pese al amparo textual. Y ello, como siempre, sin perder de perspectiva el horizonte de nuestra época:

¿Cómo pensar entonces el amor hoy?:

¿Poner en facebook que tienes una relación es signo de amor-amar?, ¿tener una relación sería equivalente a amar?, ¿a quién amamos cuando nos decimos amantes?, ¿el amor tendría que ver con el ser o con el tener?, ¿a quién se ama cuando amamos, al que nos reconoce o al que reconocemos?
A modo de comienzo, he querido parcelar cada uno de los conceptos que aparecen enunciados en el título, y es desde ese sesgo desde donde voy a plantear el recorrido teórico acerca del amor y acerca del cuerpo, como lugar del A/.

CUERPO.
El curso del año pasado, estuvo todo él centrado en el abordaje del cuerpo, sus enigmas, misterios, formas sintomáticas y, he considerado que sería conveniente retomar el texto que nos sirvió de referencia, se trata de L, en corps, de Colette Soler.

No podemos entender el cuerpo como lugar barrado del Otro, sin entender qué es el cuerpo y qué es el Otro barrado.

El cuerpo del psicoanálisis no es el de la ciencia, quien opera en un cuerpo sin sujeto, lo que no erradica la subjetividad, simplemente, la forcluye, en aras del interés tecnocienticista que esté en boga.

Hace poco leí un artículo sobre una nueva modalidad contemporánea de aberración materna. Una madre, cirujana y joven, que inyectaba botox a su hija para longevizarle la aparición de las arrugas. La niña tiene 8 años. Si tenemos presente que toda incidencia en la holografía corporal, tiene efectos en la subjetividad del sujeto que habita ese cuerpo, da calambres pensar en el destino, ya pautado como un fármaco, o sellado como la Solución Final de Wansee, para esa pequeña niña a la que le han violado, ya irreversible, su vida. Los niños del Ritalin, Concerta, Rubifen, son otro efecto de los tiempos actuales, en los que nada importa el individuo y su cuerpo. Una paciente me envió un link estremecedor al respecto. En 10 años, es seguro que tendremos nuevas taxonomías que incluyan como psicopatologismos de la modernidad, los efectos secundarios, extrapiramidales, psíquicos, de las pastillas del TDHA et al, consecuencia de la inoperancia y la irresponsabilidad adultas.

Regreso al texto y a una cita de Lacan precisa que he querido recoger:
Es en R,S,I, donde dirá que un cuerpo es lo que consiste antes de disolverse.

¿Y qué es un cuerpo?

El cuerpo no es el sujeto ni el ser.

¿Por qué?

Porque el sujeto surge de la relación con el Otro. El sujeto, entonces, es efecto del intercambio significante que allí se inscribe y establece. El sujeto, no es más que la escansión abreactada entre dos significantes. A partir de ahí, ni rastro del eco de un sujeto, en tanto su voz, la voz del sujeto, es, el significante que lo hace representar pero para otro significante. El sujeto, por su parte, no se confunde con la imagen que de su cuerpo presenta al mundo, tampoco con las imágenes a las que se identifica, los significantes que lo representan o su propio cuerpo. Un individuo tiene un cuerpo pero no es su cuerpo. Eso es lo que hemos de retener.
El ser, sigo con Colette, es lo más vagabundo, en tanto tiene una mayor extensibilidad que la que el perímetro del cuerpo que lo cerca. El ser se evanesce, en el sentido de trascenderla, la cadena discursiva, en tanto, lo que uno dice ser (el yo soy listo, mierda, trapatroles, drogadicto, creativo), nada dice de lo que ese uno que habla es. Porque el yo soy tatatata, es la identidad, la identificación inconsciente (como lo son todas) que ha devenido efecto del input alienante-alienador al Otro que nos instituyó. Otro que anida, se hace hueco, se siente oir, pernocta, en un cuerpo.

El cuerpo del psicoanálisis, entonces, es un efecto del lenguaje, en el sentido de que el lenguaje afecta al organismo, lo desnaturaliza, lo modifica, incluso lo rediseña. Colette dice que lo marca y lo cadaveriza. Nos curamos por lo mismo que enfermamos: de palabras. Una palabra, puede petrificarnos o flexibilizarnos el cuerpo, según quién la emita y según cómo se reciba.

El sujeto habla, sobre todo, lo que no puede decir en el más allá de su demanda, con su cuerpo. Y lo hace en la pulsión, eco en el cuerpo por el hecho de que hay un decir (recordemos la superficie del toro que inventó Lacan para situar lo repetitivo y al tiempo desigual, de la demanda). La pulsión, estoy con Miller, es lo que queda de la demanda cuando el Otro del amor desaparece. Pero también en el síntoma, en tanto el síntoma es un acontecimiento del cuerpo. El cuerpo, por su parte, siempre está localizado en el espacio y es el que hace presente al sujeto evanescente de la cadena. Es el marco que lo localiza y apresa.

Colette se interroga en su texto de las obligaciones y de los usos del cuerpo. Esto es, un cuerpo se tiene, pero no se es el cuerpo, como ya hemos dicho, pero, ¿para qué sirve?

Para cuidarlo, darle cobijo, alimentarlo, amarlo, dirigirle dedicación, llevarlo a los gimnasios y a los spas, pero también, si atendemos a la contemporaneidad, para agujerearlo, rediseñarlo, recortarlo, drogarlo, adelgazarlo. Y para amar. Porque no se puede amar, sin cuerpo. Es decir, tener un cuerpo implica hacer algo con él, qué sirva para algo. Tener un cuerpo, dice Colette, es conjuntar el goce y la función identitaria: servirse de él. El problema que ella misma circunscribe es que en la actualidad, ya no hay Otro, y mucho menos consistente, para decir a cada uno cómo hay que vivir, y ese es el drama de muchos sujetos: que todo está permitido y que se está obligado a vivir con ese todo vale.

Dice Lacan en sus textos de 1975, le cito, que el hombre tiene un cuerpo y solo uno y que solo es realmente serio lo que pone en juego al cuerpo. Es lícito preguntarnos qué papel, qué función cumple, del lado del amor, la presencia del cuerpo. Porque el amor, implica también, más allá del encuentro entre los cuerpos, jugársela del lado del cuerpo, que no es lo mismo, en tanto el cuerpo, es soporte, es la estructura en la que se sostiene el sujeto y el ser.

Hace unos días leí una entrevista a Zizek en la que apoyaba entusiasta la existencia de las redes sociales por internet y de los contactos y relaciones que en ellas se establecen. Precisamente, si algo está ausente en este mundo en el que mayores y no solo jóvenes, hemos caído, es, precisamente, la presencia del cuerpo del otro. Sin embargo, la demanda, demanda de amor, sigue intacta, si bien se ha transformado el modo de explicitarla. Ahora se cuelgan los videos favoritos, los links que nos interesan, los comentarios de orden privado, en un intento de creer que el otro, los recogerá, guardará, responderá, amará….. Creer que habrá otro que estará allí, al otro lado, aunque no esté a nuestro lado.

Entonces, resulta que tienes 120, 40, 800 amigos, pero en la interacción con ellos, incluidos los novios y novias, estás solo y conectado a una computadora que te aísla y protege de la castración, mientras ilusionas una compañía ilusoria y virtual. Porque pasar por la castración, también implícita que el cuerpo acompañe lo que uno hace y aquello en lo que uno se hace reconocer junto a los demás, junto al partenaire, junto a los suyos. Un cuerpo para ser tal, por otra parte, no es sin carne.

Hay cuerpo sin Otro pero no hay Otro sin cuerpo. El cuerpo forma el lecho del Otro, esto es, es el lugar del Otro por estar habitado por el Otro. Y es por el efecto del lenguaje en el cuerpo, que el cuerpo es un hecho.
¿Quién es entonces el Otro, en relación al cuerpo?

El cuerpo, lo venimos diciendo, se esculpe del sabor, el saber, el tono, el calor y el abrigo de las palabras, como escribió Susan Sontag. Y ese reino, fálico por otra parte, del todo-significante, se instituye, para cada sujeto, uno a otro, a partir de la construcción que ha hecho de su Otro primigenio. Creo que no es necesario comentar de nuevo que si un niño viene al mundo connotado con excelencias desde el punto de vista simbólico y vía significante, no es igual que si viene tras tres abortos decididos de una madre que buscaba varón y fecundaba hembras. No será igual el destino, el lugar y la vida en sí de ese niño.

Cito a Colette. El Otro es una exterioridad íntima con relación al cuerpo que ha incorporado lo simbólico. El Otro, funciona pero no existe y lo hace, habitando un cuerpo. Creo que así se entiende mejor.

Antes cité a Colette, participando de lo que dice, que el Otro actual es inconsistente. Esto tiene sus efectos en la subjetividad de la época.
¿Y esto qué quiere decir?

Para entender la acepción nos puede orientar, la labilidad, actual, de los mensajes que recibimos todos, desde todas las esferas, pero sobre todo, los más vulnerables a los mismos: niños y jóvenes orientados por autoridades imaginarias y frágiles, por ejemplo, el builling, los padres-coleguis, los padres del SAP-custodia-compartida.

Hay agresividad imaginaria pero inconsistencia simbólica. La mayoría de las patologías contemporáneas, son sensibles a esta infinitud de ausencia de palabra, gesto o acto efectivos. Al barrido de narrativas. Hoy los sujetos adolecen de las grandes historias a partir de las que hystorizarse.

El amor, no ha cambiado, ni cambia, ni cambiará, pero sí es subsidiario de los tiempos, por lo que, amamos igual sí, porque eso, en sí mismo, no se ha transformado, pero, amamos contagiados, cada vez más y de forma más asfixiante, de la inmediatez de la satisfacción de la demanda y del consumismo patrocinado por los gadgets del sistema: Consumimos relaciones, exprimimos encuentros, ahogamos el deseo en aras de satisfacciones que devienen insatisfacibles por la propia estructura de la demanda, que siempre es de amor, y que por tanto es incalmable e incolmable. Si pudiéramos, nos pasaríamos el día pidiendo ser amados, ¿no? ¿Y?

OTRO BARRADO.

Pero hoy, estamos convocados a entender el cuerpo como lugar del Otro barrado. El A solo se puede barrar en un análisis.

Un análisis no cambia a nadie, lo hemos oído mil veces. No modifica los modos de amar, las condiciones de amor, y tampoco necesariamente, el cuerpo de un sujeto que hizo su particular travesía por el desierto de lo indecible y de lo que duele en lo profundo, aquello para lo que cuesta encontrar la palabra que lo circunscriba.

Pero, cierto es, el propio cuerpo y el modo en cómo uno ame, sí va a estar sometido a una modificación apaciguante desde el sesgo de lo sintomático y desde el pathos. Un análisis, por tanto, tiene efectos en el amor y, pienso en el cuerpo, en un sentido, lo propondré así, libertador. Todo es igual, pero ya nada es lo mismo.

¿Por qué?

Porque el Otro aliena: pensemos en la niñita del botox o en los drogadictos forzados del Ritalin. Pensemos en nuestro diccionario privado. Y registremos que la alienación al Otro y sus mensajes y sus ideales petrifica dejando poco margen de maniobra al sujeto. A ello hay que mantener soldado, como hecho inefable, lo más inamovible que existe en la experiencia subjetiva, el fantasma y con él, el poco margen de maniobra que nos deja per se, también, a la hora de elegir a quién amar, empeño, siempre y por otra parte, que, cuando se certifica, es de orden inconsciente.

No se ama por decisión o por voluntad. No elegimos a quien querríamos, sino a quien nuestro fantasma nos dicta. Reproducimos, para siempre, los primeros amores (Binet, Freud, Lacan). Esto mismo, no siempre confluye en el tengo una relación, tan patrocinado hoy y que hasta la misma Colette, lo menciona. Lo cito porque el lenguaje que empleamos, confecciona la vida que vivimos, cómo nos tratamos a nosotros mismos, a los demás y nuestro modo o nuestra imposibilidad de amar.

Un análisis conducido a su fin, nos arriba a la orilla del Otro barrado.

¿Y qué es eso del Otro barrado?

Verificar que ese Otro que el sujeto vivió como consistente, no es que esté barrado desde hoy, por ejemplo, llegado el tiempo lógico en un análisis, sino que lo estuvo desde siempre, pese a que el neurótico basó su existencia en la supresión del saber acerca de esto mismo.

Que el Otro está agujereado por la falta. Está agujereado por ese cacho de uno mismo, adjuntado en él, en el Otro, y que conocemos por a, a de objeto a, único con consistencia lógica. El Otro siempre estuvo atravesado por lo que le faltó desde siempre, y esta operación solo la puede despejar un análisis. Es la constatación de que no hay Otro del Otro. De que no hay garantía con Denominación de Origen, finalmente. Que es uno, una, la que tiene la última palabra.

Barrar al Otro, deponerlo en su consistencia, percibir que nada ni nadie puede dar cuenta de aquello que uno dice, hace, inventa, elige por fin, en nada indica que el Otro desaparezca, no cesamos de repetirlo, pues, si bien no existe, no por ello sus efectos no dejan de percibirse en el día a día y en todos los órdenes de la vida común.

El Otro barrado, por otra parte, provoca una suerte de orfandad inducida, porque, no es lo mismo avalarse la existencia desde la ignorancia victimizante y comandada por el saber situado en el discurso del Otro a hacerlo desde la responsabilidad inefable que la destitución subjetiva impone.

Barrar al Otro, es una operación compleja, porque implica un vaivén, un baile del significante, en el que, como si fuera una noria, las palabras pueden rodar, girar, mantenerse, pero sin el anclaje que hizo que fuera decisivo su input en el ser. Las palabras, las palabras que enfermaron, ya no están en el mismo lugar ni producen el mismo efecto. Y esto, que parece sencillo, es difícil de asumir por parte del neurótico en análisis. Barrar al Otro, es sostenerse en uno mismo, en sus miserias, en sus éxitos. Es soltar amarras y vaciar goce. Y aceptar vivir con el vacío que ésta misma operación salda y poder hacer algo con él.

Amar desde el ideal, y el amor participa de un componente de idealización connatural al propio hecho de amar, asfixia los hechos del amor, porque el otro del amor, se vive sometido o conminado a cumplimentar el mandato que el ideal, propuso como referente inefable.

Ergo, si ese mismo cuerpo, que fue lecho del Otro, toda vez que ese Otro es depuesto, el cuerpo, el cuerpo que lo albergó, podemos pensarlo así, una vez quitados los grilletes del significante del Otro, sería, estaría más flexibilizado, menos atenazado a la devastación del imperativo que el ideal impuso. Por tanto, tendríamos el mismo margen de maniobra que siempre tuvimos, pero desde una elasticidad dada por la liquidación del aprisionamiento del Otro.
AMOR.

De lo descubierto por Freud sobre el amor, hasta la fecha, poco-ningún dato nuevo.
Amamos según nos amaron.
¿Según nos amaron quiénes?
La familia. Pero la familia no es la madre, el padre, hermanos, hermanas. No. Es la familia en tanto lugar del Otro de la lengua y lugar de la demanda. La familia formada por el NP, por el DM y por los objeto a.

En las condiciones de amor, se pide algo al Otro. Se pide siempre que el Otro tenga cierta esperanza.

Nuestras elecciones de objeto, lo dijo Freud, son, bien anaclíticas (de apoyo) o bien de orden narcisista. Se elige a un otro reconocible, pero exterior o una versión de uno mismo.

Freud documentó que la vida de un sujeto concluye sobre los 5-6 años, y que, desde entonces, lo que va a hacer ese sujeto, es repetir.
¿Repetir qué?

Sus condiciones de amor. Sus formas de demandar, de responder a la satisfacción o a la frustración de su demanda y también de responder a las demandas que los otros de su vida le plantean para con él mismo. Su estilo de vincularse con los otros importantes de su vida, y de amarles, discutirles, enajenarles, escucharles. Su estilo de filtrar la agresividad, el amparo, el desamparo, el estrago materno, la ley paterna, el ordenamiento simbólico transgeneracional, los estilos de vivir la pérdida, la incorporación de los otros importantes de su familia, su entorno, su vida y, por su supuesto, su elección de amor.

Lo primero que advirtió Sigmund, en base a su clínica, es que enfermamos cuando algo, enigmático, nos impide poder amar. Y amamos, cuando, por fin, dejamos de hacernos enfermar. De ahí que para él, el sujeto mal llamado normal, sería aquel, como recogieron en el spot de la ONCE, que puede amar y trabajar, más menos contento o satisfecho con su vida.

¿Y qué le enseñaron sus neuróticos en materia de amor?

La histérica le mostró la condición triangular que rige tanto su elección amorosa como el sostén y el destino de su amor, siempre inspirado, aupado o vehiculizado por la figura de la Otra mujer y lo que representa para ella.

La histérica hace el hombre. Eso es lo que Dora le contó a Freud.

La frase que inscribe y parcializa en el cuerpo cada uno de los síntomas de Dora, se reduce a la siguiente alocución en boca del Sr K, tras intentar meterle mano a Dora: Mi mujer no es nada para mí. Es a partir de ese instante que el amor de Dora por el Sr K cae, en tanto estaba sostenido por el amor real, venerado, cuasi mítico, de Dora, no a él sino a la Sra K. No amor en el sentido homsexual, sino amor en el sentido de que la histeria, en esto de hacer el hombre (disfrazada o vestida de las insignias propias de la mascarada femenina) interpela, a partir de su peculiar versión del estrago materno, a la Otra mujer, x, acerca de lo que para ella permanece incognoscible, esto es, el enigma de la feminidad. Para ello, eso sí, identificada al hombre quien, por el hecho de serlo, sabría, supuestamente.

Es decir, la histeria advierte, formulándolo vía significante y vía síntomas, que no hay significante en el inconsciente que nombre lo que no está, lo que no hay, el no-toda. De ahí que la niña no perdone a la madre el haberla configurado inconclusa, privada, carente del órgano y del significante, por ende, que lo simboliza, el falo. Por eso la histérica va a luchar por obtener el falo, siempre procurado y va a luchar por serlo, representado en ella misma, que sería la que lo simbolizaría, para el otro partenaire. La histeria necesita ser reconocida por el otro del amor, como que ella es quien tiene lo que le falta a ese otro del amor.

Por eso la histeria vive en una posición de reivindicación constante: que no la cambien, que la acepten en el objeto precioso que ella es, que la quieran por lo que es, que la amen en su agalma.

La histeria reclama ser amada en lo que ella es, por su objeto, mientras el obsesivo gusta de mostrar al mundo, la elección de orden narcisista que su objeto presentifica y en la que él sostiene su estatuto fálico. Porque el amor, es simbólico pero no es extranjero al espectro imaginario. Lo primero que nos atraviesa de alguien, es ese eso de su Imagen que recogía de Roland Barthes.

En la página 249 del Seminario III, Las Psicosis, Lacan nos lo cuenta: Dora es alguien capturado en un estado sintomático muy claro, con la salvedad de que Freud se equivoca respecto al objeto de deseo de Dora. Se pregunta qué desea Dora, en lugar de quién desea en Dora, en tanto que ella misma, está identificada con el Sr K.

Esto es, el yo de Dora, es el Sr K.

Más adelante, sigo, explica que su pregunta, la de la histérica, es ¿qué es ser una mujer?, es decir, todo lo que venimos diciendo en tanto no existe simbolización del sexo de la mujer en cuanto tal en el inconsciente.

¿Cómo ama entonces una histérica?

El sexo femenino, tiene un carácter de ausencia, de vacío, de agujero, que hace, sigo a Lacan, que se presente menos deseable que el sexo masculino en lo que éste tiene de provocador. De ahí que la identificación, edípica al padre, le permita a la histérica hacer un recorrido complejo que le permitiría aproximarse a tratar de entender qué es ser una mujer y qué es ser una mujer para un hombre, a partir de ser, ella mismo, el falo que se ofertaría como objeto precioso para el otro.

La histérica fantasea la ilusión de completud con el otro partenaire que consiguiera hacer de ella, otra para sí misma, al ser, ella, lo que falta, justamente al otro. Lacan dice que la pregunta histérica atañe a la posición femenina. Mientras el histérico reivindica una suerte de remiendo-restitución fálica, el sujeto en posición femenina, es aquel que no se censa en ese envite, en tanto se sabe, se asume dueño de su falta, sin esquivarla.

En relación al amor, y a diferencia del obsesivo, el histérico está bien vivo y coleando para mantener siempre en forma su estado connatural al hecho de existir: la insatisfacción.

La histérica reedita pedidos sucesivos al otro que en nada acallan su relación a la demanda.
La histérica supone que la mujer sabe lo que quiere, en el sentido de que ella lo desearía, por eso, solo logra identificarse con la mujer a partir de un deseo insatisfecho, mientras el deseo del obsesivo se presentifica al filo de lo imposible.

Volviendo al amor en Freud, en su texto de 1910, Sobre un tipo de elección de objeto en el hombre, va a situar las condiciones eróticas que rigen la selección amorosa, del lado hombre:
El perjuicio del tercero. Esto es, el sujeto nunca elige a una mujer que esté libre.

El amor a la prostituta, es decir, la necesidad, como condición inefable, de degradar al objeto para consentir o desear acceder a él.

Salvar a la mujer elegida. Una intención redentora que deriva, dirá Freud, de la constelación materna y de la fijación al modo de transmisión del amor, por parte de la madre.
Otro texto de lectura recomendada, es Sobre la sexualidad femenina (1931).

En él cierne algo de lo ya recogido, en relación al efecto de la madre para una mujer y de la importancia, en la secuencia lógica de la niña, de desprenderse del amor materno para poder acceder a los objetos y elegirlos. Con sus palabras: la vinculación a la madre debe por fuerza, perecer. Lacan puso nombre al resultado que queda impreso en una mujer, por el hecho de ser hija de su madre. Lo llamó estrago y lo hizo equivalente al efecto que puede suponer un hombre-partenaire para una mujer.

Dicho de otro modo. Cada mujer, una a una, reproduce con su hombre, la modalidad afectiva de vínculo con su propia madre, de ahí que él mismo, el hombre, devenga en estrago para esa mujer.

¿Y qué es el estrago materno?

En la página 118 del Seminario XVII, capítulo VII, Lacan lo sitúa, le cito: Cada vez los psicoanalistas se meten en algo que es, en efecto, demasiado importante, a saber, el papel de la madre. El papel de la madre, es el deseo de la madre, y el deseo de la madre, no es algo que pueda soportarse, en tanto él mismo, produce estragos. Es estar dentro de la boca del cocodrilo, eso es la madre.


El palo que puede impedir que esa boca no se cierre, y no te trague, a ti, que eres hija, ese palo es el falo. No es otra la explicación de la Metáfora Paterna, y su introducción de la Ley normativizadora del Deseo al efectuar el principio de separación. Sin palo, y sin eficacia efectiva de ese palo, no hay opción posible para el surgimiento del deseo, y sí deglución, masticación y borramiento del sujeto hija. El niño también estaría en diana para esa madre amenazante, que se realizara en, por y para su hijo, pero, sin embargo, Lacan utilizó el significante estrago para taxonomizarlo del lado de las mujeres.

¿Y cómo ama el sujeto melancólico?

Freud en Duelo y Melancolía, texto de 1915 condensa que el melancólico se singulariza por una desazón profundamente dolida, una cancelación del mundo exterior, una incapacidad para amar (de nuevo, porque amar, ya amó), una inhibición de toda productividad y una denostación de la relación hacia sí mismo, tal cual introduje al principio, y que se perfila en forma de autorreproches que buscarían el castigo, propio o procurado por una agente exterior.

¿Y de qué se duele el melancólico?

De existir tras la pérdida de su objeto de amor. De verificar su ausencia. La complicación, la traba es poder investir, de nuevo, a un objeto. Porque en la pérdida, el que se fue, se ha llevado algo del sujeto por el que era amado. El melancólico no se resigna a aceptar la pérdida y su condena es en forma de reproche hacia sí, porque no se perdona no consentir a asumir lo que ya no es, bien por muerte, bien por separación física.

En otras ocasiones, se duele no tanto por el objeto que perdió, sino por no saber lo que perdió de sí mismo, en él.

El ideario melancólico en Freud:
-La inhibición melancólica es enigmática por la dificultad de llegar a situar qué es en verdad lo que embarga por completo la vida del enfermo y que viene declinado a partir de un sentimiento de destrucción y de empobrecimiento dirigido al propio yo. En los casos agravados, puede cursar con delirios de insignificancia, insomnio, repulsa del alimento, desfallecimiento.

-El melancólico es lúcido. Un sujeto que captura al otro con mayor clarividencia que otros sujetos que no lo son.

-Se muestra con una franqueza lacerante que se complace en el desnudamiento de sí mismo.
-Todo lo rebajante que el melancólico dice de sí mismo, en realidad lo dice de otro. Sus quejas son realmente querellas. Se muestran siempre como afrentados o destinatarios de fuertes injurias por parte de otro.

-Hubo al principio una ligadura potente de orden libidinal a un objeto. Por un avatar, de la propia vida o electivo por parte del propio partenaire, tipo afrenta o desengaño, la cosa se resuelve con una partida, con una disolución forzada en definitiva, del vínculo con el objeto. Entonces la líbido no sigue el curso normal que la metonimía imprime al mundo objetal, sino que regresa al yo, quedando el yo identificado al objeto o a rasgos de él, que, certificarían que la pérdida no se ha verificado, en tanto el objeto o una parte de él, ha sido reintegrado en el yo.

-Entonces, la identificación narcisista con el objeto sustituye la investidura de amor, por lo que, haya o no conflicto con el objeto, éste no se desprende de la economía libidinal del melancólico. Porque además, ocurre, que la identificación, lo vimos el miércoles pasado, es un paso previo a la elección amorosa. Nos identificamos por amor. La identificación siempre es inconsciente y a un rasgo. El conjunto, forma el yo del sujeto.

-El automartirio de la melancolía es inequívocamente gozoso.
-La investidura de amor del melancólico se pliega a un doble destino. Por una parte, remite a una identificación de orden narcisista y por otra, puntúa un conflicto de ambivalencia afectiva y opuesta, solidario de una suerte de sadismo referido al objeto perdido.
-El complejo melancólico se comporta como una herida abierta que vacía al yo hasta su empobrecimiento total, al llenarlo, en la misma operación del objeto que tiene prendido.
-La experiencia del melancólico es de extravío de sí, junto con el objeto que perdió. La dificultad clínica reside en que, para poder efectuar un duelo, el sujeto, necesariamente, y tras la elaboración del mismo, debe poder consentir a condescender a soltarse de las amarras del pathos para poder volver a investir los objetos de la vida.

Por último, alguna pincelada en relación a la Psicosis.
En Psicoanálisis de la vida amorosa, de Bernard Nominé, dice el autor, que el amor, sobretodo si implica sexo, es un peligro para estas personas, porque, a menudo es lo que desencadena catástrofes, alimenta el delirio o faculta el pasaje al acto. Pero también hay sujetos a los que el amor estabiliza. Cita a Schreber, Nora y James Joyce, los Dalí…

Para amar es necesario ser tres en el Otro, para que el sujeto pueda identificarse y sostener simbólicamente su posición en el encuentro. Esta modalidad es así para la neurosis. En la psicosis, en cambio, la estructura es binaria, sin eje simbólico, por lo que la partida se juega a nivel del eje especular a-a´. Recordemos que el proceso de constitución del sujeto que conocemos por Lacan y su invención del estadío del espejo, en el psicótico, se detuvo en el yo y su imagen, sin engarce del Otro y su dimensión simbólica. El mecanismo que opera en la psicosis, lo recuerdo, es la forclusión del NP, es decir, un rechazo inequívoco a la introducción de la función que produciría la separación con respecto a la madre y su deseo omnidevorante.

El resultado es que el registro simbólico está desanudado del imaginario y del real. No hay mediación simbólica. No hay nadie, ni siquiera en forma de representación simbólica, para encargarse del agujero en la estructura.

¿Qué modo de amor entonces para él?

El psicótico, en vez de amar al objeto, se identifica con él: él es el objeto, confundiendo lo que procede de él mismo de lo que procede del otro. Toma al otro por su propia imagen en el espejo. La erotomanía implica un amor supuesto, imposible o rechazado. Es una respuesta delirante: el Otro me quiere, yo soy el objeto de su goce.

Pensémoslo en Joyce. Para él, la escritura devino en un sinthome, un parachoques al desencadenamiento de su delirio al hacer función de escabel y remendar, el agujero en la estructura. Dicho de otro modo, escribir le permitió construir un síntoma al que se consagró y con el que logró vivir compensado, estabilizado. En la página 49 de Aún, dice Lacan que el significante viene a rellenar, en Joyce, como picadillo, al significado.

Pero por otra parte, hizo función para él, su amor con Nora, del que conocemos por sus respectivas biografías y por la correspondencia que mantuvieron. En ella, se destila la relación a los cuerpos y a una sexualidad desproporcionadamente genitalizada e incluso grotesca. Se trata de una sexualidad absolutamente obscena, desinhibida, cuasi pornográfica en la que no escatimaban para pormenorizar cada una de las parcelaciones del cuerpo, evocadoras de placer. Nora contribuyó a equilibrarlo en su delirio, por entrar a formar parte del universo en el que solo cabían ellos dos. Esto fue afortunado para él y su obra, pero no para Lucía, su hija pequeña, psicótica que, pese a los esfuerzos del padre por ayudarla, terminó psiquiatrizada.

El amor funcionó para Joyce, pero, hay casos en los que la aparición de un padre en lo real, en forma de nacimiento de un hijo, encuentro con el amor, o pérdida del mismo, desemboca en un brote psicótico.

El perverso, hace, en el sentido del acto, la aspiración del neurótico: sostener al Otro como absoluto, sin falta. Reniega de la falta. Es un creyente contumaz del Otro. Por eso, el perverso es el único que no va sin pareja
¿Con qué nos quedamos de todo lo visto?

Que el amor hace signos, es inconsciente y siempre recíproco, si es amor en verdad.

Que el amor es lo único que permite condescender el goce al deseo.

Que nunca llegamos a saber en toda su dimensión, qué amó el otro en nosotros-qué amamos nosotros en el otro.
Que en el amor se trata de una palabra, una frase, articulada a toda la historia de un sujeto.

Que el amor no se pliega a cálculos ni estrategias.

Que un análisis te permite amar, tal cual siempre hiciste y harás, pero, de un modo más generoso y menos opresor. Más generoso porque constatas, en la piel, en el cuerpo lugar del A/, en el ser, que el otro, verdaderamente, es otro, radicalmente diferente. Que el otro, no es uno, ni tampoco una versión de uno mismo.
Que en el amor pedimos sin querer saber que lo que el otro nos ofrece no va a responder a nuestra demanda, casi siempre impronunciable y vinculada a la experiencia primordial con la pérdida originaria.

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