dimecres, 22 de febrer de 2012

SOBRE LA TRANSFERENCIA, EL DESEO Y EL AMOR

M. INÉS ROSALES




El siguiente texto corresponde a una clase impartida dentro del Seminario de Textos y Casos de ACCEP (Asociación Catalana par ala clínica y la enseñanza del psicoanálisis)
Clase N 4: EL DESEO Y LA PULSIÓN. Del Seminario 8 de Lacan, La Transferencia, 1959-60 (Dentro del título general: “El objeto del deseo y la dialéctica de la castración”) Capítulos XII: “La transferencia en presente”, XIII: “Crítica de la contratransferencia”, XIV: “Demanda y deseo en los estadios oral y anal” y XV: “Oral, anal, genital”
ACCEP- Seminario de Textos y casos


Estamos en la mitad, en el centro del Seminario de la Transferencia, y en unos capítulos también centrales por su temática: creo que en cada uno de ellos, lo que Lacan se esfuerza por capturar y por transmitir es ese objeto que es central en todos los hitos de la constitución del sujeto, y que en este momento llama objeto del deseo, objeto parcial, agalma, pero también “a minúscula” (De hecho el título general es “El objeto del deseo y…” La dialéctica de la castración se empieza a insinuar en el último capítulo que nos toca, pero se abordará recién en los capítulos de la próxima clase) Como este objeto es central en la construcción del Sujeto en su vínculo fundamental con el Otro, lo es también en la Transferencia, es decir en eso que ocurre entre un analista y un analizante, que es el tema elegido para su Seminario (Veremos también que al abordar el objeto del deseo, se va a ir imponiendo otra cuestión ligada íntimamente, solidaria de ese objeto, que en estos capítulos sólo se anticipará: la cuestión que ya nombra, del deseo del analista; que nosotros trataremos de destacar tantas veces como aparezca, por la importancia que eso tiene en nuestro campo teórico y clínico) . Lógicamente faltará tiempo para que ese objeto central adquiera el nivel máximo de formalización que tomó en los últimos años de la enseñanza de Lacan (desarrollo íntimamente solidario al del concepto de “deseo del analista”) Pero como se trató de un proceso tan riguroso y progresivo, es muy interesante ver en este momento de la enseñanza de Lacan, cómo y desde dónde va haciendo aparecer este objeto-núcleo (como precisamente también le llama en un capítulo anterior), que es lo que yo me he propuesto recortar y reseguir en estos cuatro capítulos. Es decir, voy a tomar en cada uno la cuestión del objeto y los avances que va haciendo en el tema de la Transferencia, vinculado a ese objeto.

Lacan no deja de hablarnos aquí de “nuestra topología”. Y aunque aún en esta época no ha comenzado a trabajar sistemáticamente con las superficies topológicas ni menos con los nudos, sin embargo tiene todo el tiempo presente y así lo dice, su Grafo del deseo, que había presentado 2 años antes en el Seminario 5 que trabajamos aquí, “Las formaciones del Inconsciente”, y que 2 meses antes del comienzo del Seminario de la Transferencia volverá a traer con fuerza en su escrito “La Subversión del Sujeto” (Septiembre de 1959, Casi contemporáneo de este Seminario) Por tanto nosotros vamos a tener presente esta “topología” del Grafo (que hace 2 años me tocó a mi desarrollar, ahora no….) para ir situando muchos de los conceptos que van a ir apareciendo.

Antes de pasar la búsqueda del objeto del deseo en nuestros 4 capítulos, voy a nombrar los 2 lugares para mí más esclarecedores donde Lacan lo ha hecho aparecer en lo que va del Seminario y a los que continuará refiriéndose muchas veces: 1 es la cuestión del objeto en la supuesta intersubjetividad y 2 la cuestión del objeto en la parte más esencial del Banquete de Platón, el texto escogido para ilustrar la Transferencia, que es la entrada de Alcibíades y eso que pasa y que se dice entre Sócrates y Alcibíades.

1- Cuando Lacan desmonta un concepto muy invocado, incluso por él mismo al principio de su enseñanza, que es el concepto de intersubjetividad. Nos viene a decir (P. 64 de “La psicología del rico”) que en el terreno del deseo entre un Sujeto y otro, hablar de intersubjetividad (entre-dos-sujetos) sería pensar que en ese otro debemos reconocer un sujeto como nosotros; y que eso sería esencial para que, a través de ese reconocimiento adviniera el verdadero ser del otro (el otro sería un sujeto, en tanto fuera reconocido como tal por mí, en el momento del deseo). Pero, nos hace ver que el deseo no funciona así; más bien lo que constatamos es que el ser del otro, cuando se trata de deseo- afirmación fuerte- “no es en absoluto un sujeto sino un objeto” Y agrega “El otro en tanto está en el punto de mira del deseo, lo está como objeto amado” Con lo cual está poniendo al amor decididamente ligado al deseo (más bien encubriendo al deseo), y está destacando la paradoja de que aquello que despierta el amor es un objeto…aunque sea un objeto amado. Y aquí, y también en un capítulo anterior Lacan se reprocha, nos reprocha que, por causa de algo así como una concepción cristiana de lo que serían nuestros semejantes (el prójimo) “dejamos escapar en el otro su cualidad de objeto”. Y hablando de esos otros que hemos perdido (amores o pacientes que ya no están, oscila entre la vida cotidiana y la situación analítica), dice de ellos en la pág. 48 algo que suena bastante descarnado y que os voy a leer algunos párrafos

Ojalá a todos esos otros les hubierais tratado como a objetos… Les habríais hecho justicia, rendido homenaje, dado amor. Los habríais amado al menos como a vosotros mismos, sólo que os amáis mal… [en cambio] Habéis hecho de ellos, sin duda, como se suele decir, sujetos- como si ese fuera el fin de lo que merecían, respeto, como se suele decir, de su dignidad, respeto debido a vuestros semejantes

Termina diciendo que ese respeto fue más bien indiferencia, y el resultado, ahora sí pensando en el analista respecto de su paciente, fue dejarlo con su resistencia.

Y aquí (pág. 64 y 65) nos da lo que Lacan llama su “imagen”, su “mito” del amor, que justificaría lo dicho anteriormente. Y efectivamente nos presenta la matriz más cofusional, engañosa y narcisística del amor, pero con la intervención de ese objeto que está tratando de cernir. Vuelvo a leer:

Lo que inicia el movimiento del acceso al otro que nos da amor es aquel deseo por el objeto amado que yo compararía, si quisiera ilustrarlo, con la mano que se adelanta para alcanzar el fruto cuando está maduro, para atraer hacia sí la rosa que se ha abierto, para atizar el leño que de pronto se enciende…………..Pero cuando en ese movimiento de alcanzar, de atraer, de atizar, la mano ha ido hacia el objeto lo bastante lejos, si del fruto, de la flor, del leño, surge entonces una mano que se acerca al encuentro de esa mano que es la tuya y que, en ese momento, es tu mano que queda fijada en la plenitud cerrada del fruto, abierta de la flor, en la explosión de una mano que se enciende- entonces, lo que ahí se produce es el amor

Enseguida nos aclara Lacan que lo que aquí se produce no es en absoluto una simetría, sino una metáfora, es decir, una sustitución: el erómenos (amado o deseado) se convierte erastés (amante o deseante). Porque el amante, que carga con la falta va al encuentro del objeto de su propio deseo: lo que le falta y cree encontrarlo en el amado. Pero, en tanto el deseo es deseo del otro, el amado al ver que el amante cree encontrar en él su objeto, también él lo desea, con lo que cambia su posición de erómenos, amado o deseado por una nueva posición, de deseante, la posición que tenía el otro. No se trata de una estructura simétrica porque lo que le falta al amante no es lo que tiene el amado, ni viceversa.

2- Y con esta temática, ya estamos en el otro punto de la primera parte del Seminario donde aparece, también de forma muy descarnada a pesar de sus brillos aparentes, la cuestión del objeto, que es en el Cap. XI, “Entre Sócrates y Alcibíades”, que no figura en el programa, y yo sólo voy a hacer una referencia, porque casi todas las cuestiones van a reaparecer en los capítulos que tocan.

Aquí se ha ido siguiendo la lectura que Lacan va haciendo del Banquete, y las consecuencias que de ella va extrayendo: cada uno de los eminentes va haciendo su elogio y comentario sobre el amor, incluido Sócrates en nombre de una mujer, Diotima.

Pero, la irrupción de Alcibíades, borracho, provoca un verdadero cambio de discurso. Esto me hizo recordar que Lacan en algún lugar (Encore?) dice que el amor es signo de que se cambia de discurso. Y efectivamente con la entrada de Alcibíades irrumpe en vivo la naturaleza del amor y por lo tanto algo que para Lacan tiene la estructura de la Transferencia. Brevemente, el relato:

Alcibíades se sienta entre Agatón y Sócrates, y se propone para hacer, no el elogio del amor sino el elogio de Sócrates. Hablará de lo incomparable y de lo insituable de este personaje (“La atopía de Sócrates” que llama Lacan), y sobre todo, como decíamos del objeto… del objeto maravilloso que Sócrates encierra: Es –dice- como el agalma, el tesoro que escondían dentro unas cajas muy feas de madera, con forma de sileno o de sátiro, donde, sobre todo los artistas guardaban sus más bellas esculturas y otros tesoros. Alcibíades cuenta que tiempo atrás él se sabía o se suponía amado por Sócrates, por sus muchas cualidades, principalmente por responder al ideal de joven muy bello. Pero al buscar la consumación de este amor, es decir, un signo del deseo de Sócrates por él, Sócrates lo rehuye. Alcibíades quería de Sócrates los tesoros que el guarda en su interior, jamás hallados en otro hombre, dice, para poder ser él mismo mejor. Y a cambio le ofrece al maestro feo su belleza. Sócrates se da cuenta de esa trampa y le responde que “si lo que dices de mí fuera verdad…[luego] tú te propones intercambiar “oro por bronce”. Y agrega Sócrates: Pero….examínalo mejor, no sea que te pase desapercibido que no soy nada

Y esa es para Lacan la posición del deseante: no tener, y quizá no ser nada. Pero aún más, en ese caso Sócrates no se deja engañar por Alcibíades, en el sentido del engaño que hay en el amor y se rehúsa a cambiar esa posición de deseante (que no es deseo de “la rosa”, ni mucho menos, ya se verá mejor) por la del amado o deseado, que es el que supuestamente tiene lo que el amante busca para completarse (Sócrates no entra para nada en la imagen de la mano y la rosa). Mientras que esa sustitución, esa metáfora de la que se hablaba allí, sí la habría querido hacer Alcibíades, el bello joven que había sido amado, erómenos, y que ahora devenía erastés, el deseante del agalma, ese objeto que creía oculto en Sócrates.

Esto es lo que Alcibíades recuerda y confiesa ante los sabios del Banquete, y muchas cosas más, algunas muy humillantes para él, sobre lo ocurrido tiempo atrás con Sócrates, y sobre su amor, pasado y actual por él. Finalmente le recomienda a Agatón que “no te dejes engañar por este hombre” Al finalizar ese testimonio, Sócrates responde a Alcibíades que hay algo más secreto aún que todo el descubrimiento que ha hecho públicamente: y es que su deseo, el deseo de Alcibíades, apunta a otro, más allá de Sócrates. Y que todo lo que le ha dicho a Sócrates, en realidad es por causa de Agatón. Le dice a Alcibíades que él ha dicho todo eso “para enemistarnos a mí y a Agatón, al pensar que yo debo amarte a ti y a ningún otro, y Agatón sea amado por ti y por nadie más”. Le dice también “ocúpate de tus cosas” .Sobre esta intervención de Sócrates, sólo apuntar dos cosas que entendemos desde Lacan: 1- Sócrates señala a Alcibíades algo semejante a la transferencia analítica: No es Sócrates (o el analista) el objeto del deseo Alcibíades (del Sujeto), sino que su deseo está en otra parte…en este caso es Agatón, pero es un poco lo de menos… aunque Agatón tiene alguna raíz común con Agalma… 2- El deseo de Sócrates (semejante al analista) es sólo conducir a su interlocutor a que se ocupe de sus cosas, es decir, de conducirlo a su propio deseo… sólo que el deseo de sujeto es deseo del otro. Pero las consecuencias de esta afirmación las vamos a ver mejor más adelante.

Ahora sí nos vamos a ocupar de buscar el objeto del deseo en nuestros capítulos XII al XV (que no quiere decir encontrar)

Capítulo XII, “La T en presente”, p. 197. Aquí se dice que cuando Alcibíades declara encontrar el agalma, objeto oculto en el interior de Sócrates, allí se rebela una estructura, la fundamental de la posición del deseo. Pero antes de proseguir con el análisis de lo que encuentra en el Banquete, L trata de situar el advenimiento o la construcción del objeto, y lo hace aquí a partir de la cadena significante. Para ello remite al grafo, al desdoblamiento en 2 cadenas, lo que da cuenta de la relación inicial del Sujeto con el significante [Recordemos: un vector de la intención, por donde discurren las necesidades del Sujeto, la vida… y 2 cadenas significantes que producen 4 entrecruzamientos: la 1ª es la del discurso efectivo o del enunciado, con el Otro o Código y con el s(A) o Mensaje que el Sujeto recibe del Otro de forma invertida, es decir que le da su significado. Y otra que se repite, la 2ª, de la enunciación o del Inconsciente, con el S(A/) y la Pulsión como S/ en relación a la D. De cada una de las cadenas emerge 1 línea. De la primera: la imaginaria, del estadio del espejo, con i(a), yo ideal y m, yo) De la segunda, la del deseo: S/losange a y d]





Lacan, J. Seminario 5, Las formaciones del inconsciente, GRAFO DEL DESEO (Pag. 521)


Lacan nos llama la atención aquí que en principio, cada uno de los elementos o significantes de la cadena (tomemos la primera) pueden ser tomados como equivalentes los unos a los otros, pero de pronto, un elemento circunstancial (cualquier palabra dicha por paciente en análisis, aunque ha de se una…), puede tomar “valor representativo”, valor de enunciación (situarse en la cadena superior), y por tanto “valor de objeto privilegiado” que tiene la fuerza de detener la metonimia, es decir, el deslizamiento indefinido de la cadena. “Un objeto puede adquirir así respecto del sujeto el valor esencial que constituye el fantasma fundamental” Y el Sujeto queda entonces también retenido, fijado en relación a ese objeto “que llamamos a”. El Sujeto se identificará con el fantasma fundamental [es decir, que va a percibir toda la realidad desde el marco de su fantasma]. Y en tanto el objeto a de su fantasma se ha desprendido de la cadena Significante, del Lenguaje, del Otro [lo que en el 64 Lacan desarrollará como la dialéctica de la alienación-separación], su deseo entonces adquiere consistencia como deseo del Otro, A mayúscula.

En este momento el A, que era el lugar de la palabra, ya no es ni el Otro absoluto, ni el A de la Demanda ni del amor; tampoco es “el otro respetado por el sujeto como su igual” (el semejante) Y si bien es necesario como lugar, ahora es un Otro permanentemente evanescente, “sometido a la pregunta de qué lo garantiza a él”, lo cual torna evanescente al propio Sujeto que queda ya con menos garantía…Yo entiendo que, en la medida que el Sujeto ha interrumpido la metonimia de la Cadena, del lenguaje que viene del Otro, y ha elevado un Significante a la dignidad de un objeto privilegiado de su deseo, ha derogado la Potencia Absoluta del Otro (Subversión del Sujeto), que se ha hecho evanescente, que ahora “representa una decadencia”… es decir, que es cada vez más “algo de la naturaleza del objeto”. Entonces, vuelve a decirnos aquí aquello que encontrábamos al principio del Seminario, pág. 64, que “de lo que se trata en el deseo es de un objeto”; no de un sujeto ni de un Gran Otro. Pero, vuelve a decirnos Lacan en la pág. 199 que “esta decadencia, esta depreciación [del Otro cuando deviene un objeto] somos nosotros los que cargamos con ella”. Mientras- por el contrario- ese objeto pasa a ser sobrevalorado, salvando por este sesgo (Oh, paradoja!) la dignidad del sujeto. Yo entiendo que el Sujeto, a través del deseo, como deseo del Otro, consigue zafarse del Otro de la Demanda, con su círculo infernal, que es equivalente al deslizamiento indefinido de los significantes, que apresa al Sujeto, que le ha desvirtuado la necesidad al ponerle nombres…(volveremos en otro lugar) Y, aunque queda más desprotegido, menos garantizado porque el Otro ha perdido su potencia, vuelve a cobrar dignidad a través del objeto que su deseo ha podido fabricar… aunque ese objeto venga del campo del Otro…pero no ya del Otro de la D de Amor, sino de un otro más decadente, porque es un otro que desea…y por tanto con falta (S (A/)

Entonces aquí, en el punto 2, L. retoma la cuestión de la Transferencia, por lo que veremos qué de lo dicho puede aplicarse allí. Dice que quiere mostrar cuáles son las consecuencias de la T en lo más íntimo de nuestra práctica. Antes, pág. 80 (“La armonía médica”) había dicho que “del psicoanalista se busca la ciencia de lo más íntimo que uno tiene”; y que eso engendra algo semejante al amor, que es la T. Pero- dice- lo que el Suj. va a buscar en el análisis tiene esta estructura: Si parte al encuentro de lo que tiene y no conoce, lo que va a encontrar es aquello que le falta… a saber: su deseo. Luego dirá que el deseo no es un bien, ni algo que se tenga [Creo que este “mínimo” vale para cualquier intervención que haga un analista: para un análisis en toda regla o para una terapia…]

Dice que abordar la T desde la perspectiva del amor, como él lo está haciendo, y no sólo desde el automatismo de repetición es poner el acento en la función del deseo, pero- da un paso más sobre lo que luego volverá- no sólo en el analizado sino esencialmente en el analista.

Y retoma la relación de Sócrates con Alcibíades, para incidir en ciertas cuestiones que venimos remarcando:

Creo que aquí hay señalados varios sentidos del valor de la confesión de Alcibíades, de su secreto desvelado (“que se tapen los oídos los que no son capaces ni dignos de escuchar”)

1- Por un lado Alcibíades trató de ver el signo del deseo de Sócrates hacia él; de esta manera el “agalma, el objeto estaba a su merced”, porque estaría en él mismo eso que Sócrates podría haber deseado.

2- Por otro lado, trató de convertir a Sócrates, tal lo que venimos viendo, en algo completamente distinto de la relación Suj. a Suj. Él lo ha intentado seducir, y ha querido hacer de él, dice, alguien instrumental. Es decir, lo ha usado para tomar en él, lo que Alcibíades decía que era el Agalma, el buen objeto, pero que en verdad se trataba de su objeto particular de deseo, confundido con Sócrates y su tesoro oculto (el deseo no es hacia un sujeto sino hacia un objeto) Finalmente, dice Lacan que, como analistas también tenemos que ver que Alcibíades quería “el buen objeto que Sócrates tiene en la barriga”, poniendo aquí de manifiesto la realidad sexual de lo que siempre está en juego. Esto que se revela es para Lacan “el último resorte del deseo [que en el límite, lo que hay es un puro objeto sin sujeto] y que obliga siempre en el amor a disimularlo” [el amor sería la pantalla, el disimulo de este aspecto tan crudo del deseo]. Dice más: que el último objetivo, en el deseo, es la caída del Otro, A, en a minúscula (que es lo que veíamos hace un momento: esa derogación del Otro de la Potencia y de la Demanda, que es rebajado primero a un otro que desea, e incluso más, es rebajado a la condición de ese objeto que está en juego entre él y el sujeto). Y esa estructura se revela al límite en Alcibíades, lo que hace que Lacan en la Subversión del sujeto apunte la posibilidad de que Alcibíades sea un perverso. [Un pequeño apunte fuera del texto para reflexionar después: Sin embargo esa caída del Otro coincidiría con el final de nuestro análisis, tal como lo concebimos, como caída del SSS que adviene objeto a. Pero a pesar de eso decimos que el Psicoanálisis no crea una nueva perversión… ¿Por qué no lo sería entonces? Se me ocurre alguna idea pero lo podemos pensar entre todos…]

3- Y el otro sentido secreto de la confesión del Alcibíades es el que Sócrates mismo le revela y que ya hemos dicho: el de la transferencia (pasar de uno a otro) de lo que enuncia como deseo por Sócrates hacia el deseo por algo que está fuera, Agatón. Que no es transferencia de algo pasado, sino a algo muy presente (T en presente). Es el “yo te lo designo”, y además es la indicación de que se ocupe de su deseo lo que revela que de lo que se trata es del deseo del otro

Pero en este punto Lacan (206-207) se pregunta hasta qué punto Sócrates sabe lo que hace [podríamos pensarlo también del analista]. Posiblemente no, por lo que Alcibíades tampoco lo sabía; no sabía lo que Sócrates deseaba finalmente… pero la sola posibilidad de que el Otro (en este caso Sócrates) desee algo del Sujeto (Alcibíades) y éste no sepa qué es, engendra el amor… [Interesante, porque hasta ahora parecía que lo que engendraba el amor era lo que Sócrates sabía, el Saber de Sócrates. Pero ahora parece que es el no-saber lo que convoca el amor de Alcibíades] Yo entiendo que engendra el amor porque es su propio objeto quien podría ser deseado por el otro, sin que se él lo sepa (encuentro de las manos en la rosa), pero al mismo tiempo ese no saber qué cosa quiere el otro de mi, llama al Amor para que vele la angustia ante la tremenda posibilidad de ese deseo desconocido del Otro (Cuestión que desarrollará ampliamente 2 años después en el S. de la Angustia)

Lo que vuelve a decir aquí es que, esto que pasa al final del Banquete le va a permitir construir toda la teoría de lo que es, durante el análisis, el analista para el analizado [analizante], pero “esto no se puede concebir sin situar correctamente la posición que el propio analista ocupa respecto al deseo constitutivo del analizado”

Esto último, entiendo, es lo que hace que en el Cap. siguiente, XIII (209) necesite ocuparse ampliamente de eso que otros analistas llaman la Contratransferencia. Vamos a verlo, porque también nos hará avanzar sobre del objeto en esta parte del Seminario.

Vuelve a partir de la idea: Que la posición del Sujeto en el análisis está tiene que ver con el deseo como deseo del otro (esa idea tomada de la histeria, por donde el objeto del deseo siempre aparece en el campo del otro y que es fundamental para entender lo que pasa entre un analista y un analizante) Dice que los otros teóricos del análisis (los referenciados a la IPA) tampoco pueden salirse de esto… Quiere decir Lacan que es la estructura que insiste en cada uno… sólo que de eso no siempre se da cuenta… dicho en los 2 sentidos de la frase. Por eso, dice que cuando esos analistas hablan de la Transferencia, también la plantean desde el lugar donde él trata de centrarla, que es: pensarla “del lado del analista” y no sólo del analizante. Pero cuando esos teóricos la abordan desde ese lugar, hablan de una contratransferencia. Y aquí Lacan recuerda lo que ellos dicen de la CT:

1- Que se trata de todo lo Inconsciente del analista, que no ha sido analizado en su análisis didáctico. Y eso es considerado nocivo para su trabajo con el paciente. Piensan que si da respuestas no controladas, es que algo de él permanece “en la sombra”

2- El resultado: intervenciones fallidas o inoportunas o erradas…

3- De ahí que se considere que hace falta un análisis didáctico llevado muy lejos.

4- Algunos- dice Lacan- consideran que el éxito de una buena apercepción por parte del analista estaría en la “comunicación de los Inconscientes” (estilo Ferenczi). Lo cual para Lacan crearía una antinomia: por un lado se pide un analista ideal sin nada de inconsciente, porque todo lo habría develado en el didáctico. Y por otro lado que use una buena parte de su inconsciente (como un “inconsciente-reserva”) para comunicarse con su paciente…

Lacan no desestima todos estos efectos, efectos imaginarios, todos posibles en cualquier análisis, pero en este punto dice algo sumamente interesante: dice que hay otra necesidad que es aún más legítima, y es “elucidar el punto de pasaje en el que esta cualificación es adquirida” (cualificación de analista-entiendo), lo que anticipa sus posteriores desarrollos sobre el Pase. Y dirá también que para alcanzar eso del Ics. que es lo más inaccesible a la conciencia, como proponen, en el Didáctico, sólo “es posible alcanzarlo, dando el rodeo del Otro; es decir, en la transferencia, pasando por el lugar y el deseo del Otro. Lo dice de otra manera: “Toda experiencia del Ics. se realiza en primer término como Ics. del Otro….Cualquier descubrimiento del Ics. propio se presenta como una traducción de otro Ics. De ahí- y es lo interesante para nuestro tema- que Lacan considera que no debería asombrar a los teóricos de la CT que un analista que, a través de su propio análisis, haya llevado muy lejos esta traducción (de su Ics. desde el Ics. de Otro), pueda continuarse en el plano de ese otro que también es su paciente. De modo que vemos que Lacan es absolutamente “comprensivo” respecto de todos esos fenómenos llamados contratransferenciales…

Los teóricos de la CT, dice Lacan, tiene el ideal de una apatía estoica (equivalente a la regla de la abstinencia freudiana), de permanecer insensible tanto a la seducción amorosa como a la pasión del odio en relación a su paciente. Siempre conseguido a través de su buena preparación como analistas. ¿Qué dice Lacan sobre esto? Algo también muy sugerente: Dice que “no por conocer su Ics. el analista queda liberado de sus “pasiones”, porque, dice- atención- eso sería suponer que todo el poder del objeto sexual o de otro objeto capaz de provocar aversión, provienen sólo del inconsciente…o que todas las tendencias del Instinto o pulsión de vida deban ser identificadas con el Ics. Muy importante porque ya en esa época L nos insinúa algo que escapa al Ics., algo de la Pulsión que no es capturado por el Ics., es decir por el Lenguaje, en tanto es Lenguaje lo que estructura el Ics.

Entonces finalmente hace la pregunta: ¿Por qué, a pesar de lo dicho, a pesar de que sea legítimo que el analista sienta hostilidad por ese otro que es su paciente que a veces lo inoportuna con su presencia, o por el contrario- la ocasión se presta- sienta una atracción sexual… por qué sin embargo los analistas cumplen con esa apatía analítica?

La respuesta que da es sumamente importante para nuestra búsqueda (215): “Si el analista realiza algo así como la imagen popular, o también deontológica de la apatía, es en la medida que está poseído por un deseo más fuerte que aquellos deseos de los que pudiera tratarse, a saber, el de ir a grano con su paciente, tomarlo en sus brazos o tirarlo por la ventana…A veces esto ocurre [aunque] no debe tomarse como corriente”. Y agrega, respecto del analista, que “en la economía de su deseo se ha producido una mutación”. Ese deseo más fuerte, unas líneas después es nombrado como “deseo del analista”. Aunque el concepto no esté aún formalizado en este seminario como unos años después, ya nos da una primera connotación clara: ese deseo, no es un deseo particular… como sería enamorarse u odiar a un paciente particular… porque esos deseos responderían a un determinado fantasma, particular, del analista… Ese deseo más fuerte, que parece provenir de una mutación del deseo de ese analista, parece que debería ir más allá del Fantasma, lo cual indicaría esa mutación de la que habla.

Lacan trae muchos ejemplos de la clínica de los teóricos de su época (Kyrle, Paula Heine), pero yo traigo un ejemplo de un analista contemporáneo, británico, ahora residente en Australia, Neville Symington. Leeré uno de los ejemplos de un artículo publicado en un texto “The Independent Tradition”, que es de esta orientación dentro de la IPA (Winnicot, Balint, Byon, etc), publicado por la Asociación Británica de Psicoanálisis en 1983. Traducido se llama “El acto de libertad del analista como agente de cambio terapéutico”

Aquí no se leen las pasiones del odio o del amor, no explícitamente, pero sí esos otros estados que caracterizan a los analistas cuando se ocupan de esta forma de su CT, como son la identificación al paciente, generalmente a su fantasma, por medio de lo que ellos llaman “introyección del objeto malo que el paciente les proyecta” y la culpa (La traducción es mía):

EL ACTO DE LIBERTAD DEL ANALISTA COMO AGENTE DEL CAMBIO TERAPÉUTICO (The analyst’s act of freedom as agent of therapeutic change)

Neville Symington

(Del texto: “The Independent Tradition”, 1983, de la Asociación Británica de Psicoanálisis)



En este artículo intento explorar un fenómeno con el que están familiarizados todos los analistas. Primeramente lo describiré y luego examinaré cuales son sus implicaciones para la teoría. Me referiré a él como “fenómeno X”. Comenzaré con algún ejemplo clínico.


Yo le cobraba a Miss M un poco más de la mitad de lo que pagaban mis otros pacientes. Ella había sido una paciente clínica y yo solía lamentarme diciéndome por dentro: “Pobre Miss M, x libras es lo máximo que yo puedo cobrarle”


De hecho, yo no lo articulé así, tan claramente. En mi mente era como un hecho reconocido que cada uno sabe, como lo poco confiable del tiempo inglés. Fue parte de los aderezos de mi mente y me resigné a eso del mismo modo como me resigno a desgana al tiempo inglés. Por lo tanto el análisis discurrió con ese supuesto, como su concomitante incuestionado, hasta que un día se me ocurrió una idea de repente: “¿Por qué Miss M. no puede pagar lo mismo que mis otros pacientes?”


Luego yo recordé el resentimiento que ella expresaba frecuentemente hacia su jefe, que siempre la llamaba “pequeña Mary”. Una certeza comenzó a crecer en ni: que yo era prisionero de una ilusión sobre las capacidades de la paciente. Había estado amarrado a la auto percepción de la paciente y estaba comenzando a desembarazarme de esto. Entonces yo traje a colación la cuestión de su pago y, en el curso de una discusión ella dijo: “Si tuviera que paga más, sé que lo haría”


Con esto me hacía notar claramente que ella tenía la capacidad de pagar más, y que esto podía ser modificado si yo cambiaba mi actitud interna hacia ella. Algunas sesiones después le dije “Estuve pensando sobre nuestra discusión acerca del pago. Yo les cobro a la mayoría de mis pacientes X libras, y en nuestra discusión no he oído nada que me haga suponer que a Ud. No debería cobrarle lo mismo”.


Durante dos sesiones se quejó lastimosamente, pero después resolvió que tomaría el desafío. Pronto consiguió un trabajo con el cual ganaba un tercio más que en el anterior. En el cambio de trabajo se desprendió del tutelaje apadrinador de su jefe, que solía llamarla “pequeña Mary”. Ella pudo lograr esto porque primero había sido liberada de la actitud apadrinadora de su analista. Poco tiempo después, finalmente logró deshacerse de un novio parásito. Vuelvo a pensar que lo logró porque antes se había deshecho de un analista parásito. Estos dos eventos fueron seguidos de otros desarrollos favorables. Pienso que la fuente de estos cambios beneficiosos fue ese momento de libertad interna en el cual tuve ese pensamiento inesperado: “¿Por qué Miss M. no puede pagar lo mismo que mis otros pacientes?” Llamo a este acto de libertad interna: “Fenómeno X”




Lacan insiste en reconocer que estos fenómenos se pueden producir, pero no son, ni mucho menos lo esencial del análisis. Sin embargo, al final del capítulo propone, de varias maneras, la explicación de este fenómeno, teniendo en cuenta cosas que ya hemos dicho; vamos a tomar una de estas versiones:

Si nos situamos al comienzo de un tratamiento, vemos que el sujeto es introducido en el análisis como siendo “digno de interés”, para el analista, “es él por quienes estamos aquí”; hasta digno de amor, puede verse el paciente. Como si él fuera un erómenos (griego “amado”, y también “deseado”) Pero, ese es el “efecto manifiesto”. Porque el “efecto latente”, aunque el sujeto no lo sepa es: que por estructura el deseo es deseo del Otro y por lo tanto el objeto de deseo (agalma) se sitúa siempre en el campo del otro; del otro que es el analista, al que se supone poseedor del agalma, del tesoro que se desea (como Alcibíades con Sócrates) Pero, decíamos, si el analista tiene su interés por él, el se siente que es ese objeto del deseo del otro… Pero como el sujeto sólo puede desear el deseo del otro, sólo ansía el objeto que está en ese campo del Otro… y qué él confunde con su propio objeto… entonces de erómenos (amado/deseado) deviene erastés (amante/deseante), en sentido activo. Es decir que en ese momento analítico se produce eso que hemos visto que Lacan llama la Metáfora, la significación, la producción del amor: que es la sustitución por la cual el amado se convierte en amante. Este es un momento analítico muy propicio porque el analizante deviene deseante, se abre al deseo… pero también convulsivo, que puede ser pasional, que implica totalmente al analista, que lo moviliza, porque se lo hace poseedor o depositario de ese objeto fundamental del “fantasma fundamental” del analizante. Pero eso, dice Lacan, no es nada más ni nada menos que la Transferencia y “la implicación necesaria del analista en la situación de Transferencia. Y, provoque lo que provoque en el analista eso no justifica hacer intervenir algo distinto de la misma Transferencia, como si eso fuera “la parte propia del analista”; ni siquiera ve necesario nombrar esos fenómenos como CT, como si fuera la imperfección que hay que purificar o “la parte culpable del analista”, (Ej. De Neville Symington: analista apadrinador, analista parásito, de lo cual lograría deshacerse por haber comprendido su CT = Fenómeno X)

Vuelve a decirnos Lacan que lo que aquí debe planearse es la cuestión del “deseo del analista” y hasta cierto punto su “responsabilidad”… Yo diría la responsabilidad de poner las cosas en el lugar que le corresponden y de intentar saber cuál es ese deseo más fuerte, que no es el particular del analista.

También parece indicar Lacan al final del capítulo lo que no es de su responsabilidad de analista es empeñarse por comprender, como hace Symington y otros. Sino que aquí vuelve a aparecer, ya desde el lado del analista, la función también del no saber: el analista sabe lo que es el deseo, pero en principio no tiene por qué saber lo que desea ese sujeto. Y es por medio de esto que quizá el sujeto pueda obtener cual es el objeto de su deseo.



El tema de la comprensión volverá el los capítulos siguientes, XIV y XV, en los cuales la cuestión del objeto la hará aparecer desde la vertiente de la Demanda/pulsiones (oral y anal), en sus relaciones con la necesidad y el deseo.

De entrada vincula la comprensión a la interpretación, que yo entiendo de esta manera: El sujeto habla/pide/demanda. Dado que la D nunca es explícita el analista “comprende” respondiendo con una interpretación. Pero eso no sólo no satisface al sujeto sino hasta- dice- le produce alguna resistencia. Y esto es así porque, como en aquel punto originario de la constitución del Sujeto, sus necesidades deben pasar por los desfiladeros del significante. Al hacerlo, el analista se sitúa aquí (A en el grafo, donde antes se podía haber situado el Otro originario, la madre…), y al interpretarle, le devuelve su mensaje de forma invertida, le da el s (A). Pero entonces, como en la constitución del Sujeto, sus necesidades, la supuesta “tendencia natural” (que no lo es tal), han quedado adulteradas por la interpretación del Otro que funciona también como Demanda de ese Otro. Pero, como por suerte eso no satisface al Sujeto porque queda algo que no lo captura la interpretación ni las Demandas del S al A y viceversa. Precisamente, de tanto dar vueltas y repetir una y otra vez las mismas D y respuestas fallidas, algo se vacía más allá… y se hace D ( ), y finalmente pulsión sin objeto: S/ losange D. Pero algo se desprende más acá de esta D ( ) y de esta cadena superior, “del Inconsciente”, como un resto no capturado por las demandas; y es un objeto que aquí le llama parcial, a minúscula, agalma, que hace aparecer el deseo… o el Fª, que es la relación que el S establecerá con ese objeto. Como hemos dicho, vendrá no ya de la D sino del deseo del Otro (de Otro con falta). Esta es otra forma de decir aquella decadencia que sufría el Otro, cuando perdía su potencia y empezaba a interesar al sujeto… en tanto el objeto que de él se desprendía.

Lacan finalmente quiere hacer palpable ese objeto ahora por medio de “las Triebe, las Pulsiones y sus destinos”: oral y anal. (La parte referida al estadio genital del final del Cap. XV no la desarrollaré porque se retomará en los artículos y las clases siguientes cuando se entre en la dialéctica falo-castración, significante fálico, etc.)

-Sobre el objeto oral: (231….) Dice que es el que se establece en el nivel más primario de la D. El S demandaría “Aliméntame” (en la línea de Enunciado); el Otro interpretaría su mensaje de forma invertida y le demandaría a su vez “Déjate alimentar” (flecha de vuelta): daría significado a cualquier llamada o balbuceo del niño: ñam-ñam es lo que pides, comer. Esto que parece tan complementario y un encuentro casi perfecto entre madre y niño, no lo es, precisamente, dice Lacan porque lo que se encuentran no son 2 Necesidades o tendencias puras, sino 2 Demandas; o sea, es lenguaje que adulteró esa necesidad y no la pudo recubrir: quiere decir que no la pudo satisfacer y también que no la pudo decir toda. Por eso “hace estallar en cualquier momento el conflicto entre el niño y la madre” (le come, no le come, le da de más, le da de menos). Al tiempo que hace aparecer, más allá un deseo. Si el Sujeto sospechara que la D sería totalmente satisfecha (de dejarse alimentar) sentiría que tanto su deseo como el del Otro podrían extinguirse… por eso a veces opta in extremis por el conflicto, sobreviniendo incluso, dice Lacan, una anorexia mental (no se deja alimentar) como forma paradójica de resguardar algún deseo.

Pero ¿cuál es este deseo que surge en el nivel oral, y cuál es su objeto? L recurre a otro nivel de explicación: dice que en la Pulsión oral/D oral, cuando el grito del hambre comienza a articularse, y cuando la necesidad de comer se ha satisfecho sólo parcialmente, queda “un excedente”, que es lo que sexualiza la zona y el objeto: pecho, boca, etc., y que la convierte en libido sexual, haciendo de estos objetos, objetos de deseo (y aptos para el goce…) Pero, si se hace libido, si se sexualiza, entonces tenderá a la “unión de los cuerpos”, que es a lo que tiende lo sexual…Pero en este caso, si la libido está instalada a nivel oral… en el extremo de un fantasma oral, esa unión aparecerá como canibalismo (ya lo había visto Freud cuando hablaba del primer modo de identificación como incorporación canibalística del otro) Entonces de lo que se tratará en este nivel oral fantasmático y sexual es de: comer-lo (al otro) o hacerse comer por él. Dalí por ejemplo sabía de esto cuando venía a decir que hacer el amor con Gala, sólo valdría la pena si pudiera comérsela…La comunión cristiana, comerse el Cuerpo de Cristo es otro ejemplo dado también por Freud.

L lleva esta cuestión oral al campo del análisis, partiendo de esta particularidad: que la D de ser alimentado sólo se expresa con palabras (se come por el mismo lugar por donde se habla), y hay la posibilidad de poner nombre a ese alimento de tal manera que el sujeto puede decir “este no lo quiero” o “me gusta sólo esto” De modo que aquí también aparece la dimensión del deseo y por tanto la posibilidad de los trastornos. Por eso L recomienda prudencia a la hora de interpretar en ese registro. Si la interpretación apunta a preservar el campo de la palabra y desde allí al deseo, eso será válido. Pero no lo será tanto si interpretando o comprendiendo prematuramente la D oral, al Sujeto se le transmite que se le ha satisfecho su necesidad…la cual creencia obturaría el deseo (Ejemplo bastante “literal” de una caso presentado: joven que en un momento pretendía que yo le confirmara que su pediatra había tenido razón cuando aconsejó a su madre que le diera aún más alimento para que dejara de llorar. No lo hice. Cuando progresó en relación a su deseo, pudo también decir que lo que él reclamaría de ella con su llanto tan reiterado, seguramente sería otra cosa…)

- Sobre el objeto anal

Algunas particularidades de la D anal: aquí la iniciativa la tiene totalmente el otro, dado que está en el terreno de la disciplina, de la propreté de la madre (jugando con propre, que quiere decir tanto limpieza como propio). Aquí el sujeto sólo satisface su necesidad, de defecar, para satisfacer al otro. Por eso el objeto anal, el excremento se presenta como un objeto de don… pero un tanto paradójico: a veces el Otro le demanda darlo, expulsar su objeto (aquí y ahora, en el orinal); pero otras veces le demanda retenerlo (en el calzoncillo no!)

Esto hace que se llegue a un punto radical, para L: que el Sujeto, sometido sin tregua a este tipo de D, generalmente el obsesivo, tome al Otro como vertedero de toda su mierda, que es también su tesoro, su agalma para el Otro…Aquí es donde el excremento se sexualiza, deviene libido sexual. Pero en este sí circuito infernal de la Demanda, de la oblatividad donde el sujeto todo lo tiene que dar por amor al otro, se producen varias consecuencias:

1- El deseo del sujeto entonces “se va literalmente a la mierda”, dice Lacan: afánisis del deseo. Capturado en esta pregenitalidad de la D, en el tener para dar, el deseo como deseo sexual (donde hará falta que algo se instituya como no tener, es decir, como castración) es lo que queda inhibido, apareciendo como deseo imposible.

2- El sujeto se da a sí mismo como un don, por tanto él mismo deviene mierda: el niño = caca de la equivalencia freudiana. “Es el punto de identificación del Sujeto con el a minúscula excremencial”

3- Como consecuencia de lo anterior, desde Freud lo anal se vinculaba a lo sádico-anal. Se entiende que en estas condiciones de sujeción al Otro y a su demanda, sólo sueñe con su destrucción. Entonces, cuando el sujeto, generalmente obsesivo, sexualiza su pulsión anal, deviene fantasma sádico, es decir, la relación del sujeto con un partenaire que sufre. El otro partenaire deviene objeto de mortificación. Lo cual puede resultar un modo mortificante y quizá un poco pobre de presentarse el deseo en algunos obsesivos (el caso que se presentará es un magnífico ejemplo).

Lacan observa que esto no deja de ser un antecedente respecto del “estadio genital” en el sentido en que en lo sádico anal o Fª sadomasoquista sí hay un partenaire sexual (no así en el estadio oral). De modo que en el origen de la sexualización del otro estaría la relación con otro que sufre.

Para esta analidad prevalente en algunos analizantes, Lacan también nos da su orientación (también apropiada para el caso…): reservarnos mucho de comprender su D, de desculpabilizarlos o avanzarlos mucho en la interpretación. Ceder ante el obsesivo es arriesgarse de caer en su trampa que es “hacer comer al analista su propio ser como una mierda” y es todo lo contrario de lo que se requiere, que es restituirle el lugar del deseo.

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