divendres, 16 de març de 2012

¿Por qué objeto “a”?

Manuel Baldiz

Psicoanalista y psiquiatra.  A.M.E. de la EPFCL. Docente de ACCEP

Autor de “El psicoanálisis y las psicoterapias” (Biblioteca Nueva, 2007)



No es fácil resumir en pocas palabras el concepto de objeto “a” que supuso uno de los grandes aportes teóricos de Jacques Lacan, quizás su invento principal. Se trata de una función que permite cierta recuperación de goce después del pasaje por la castración y de la inscripción de la Ley. El objeto “a” da cuenta de que cuando el viviente se sujeta a lo simbólico que le precede, haciéndose por tanto sujeto, dicha sujeción no implica una pérdida total de la dimensión objetal y libidinal del narcisismo originario.

En la estructura psíquica no todo es significante, aunque el inconsciente esté estructurado como un lenguaje, y el objeto “a” es esa parte nuclear de la estructura que sirve para causar el deseo y a la vez es susceptible de hacer gozar al sujeto.

Puede ser útil preguntarse por qué Lacan decidió bautizar a su gran invento, el objeto “a”, precisamente con esa letra. Desarrollar esa pregunta nos servirá, parcialmente, para entender un poco mejor qué es ese objeto tan esencial que adopta cuatro formas básicas: el pecho, el escíbalo fecal, la mirada y la voz.

Propongo 4 respuestas:

I- La alteridad

El objeto “a” se llama así como consecuencia de que la génesis de dicho concepto está íntimamente vinculada a la teorización por parte de Lacan del “pequeño otro”. Cuando al inicio de su enseñanza, en los años 50, Lacan elabora sus primeros esquemas, utiliza sobre todo tres letras (o cuatro, si le añadimos la “m” del moi): la S del sujeto, la A mayúscula y la a minúscula. Ambas letras “a” están referidas en esa época al “otro” que, en francés, como en latín (alter) o en catalán (altre), se escribe con “a”. “A” es el Gran Otro y “a” el pequeño otro.

La pareja a-----a´ representa entonces la dualidad especular, la duplicidad imaginaria, el binomio yo-otro. Mientras que S---A es el vínculo entre el sujeto y el Otro en tanto lugar del lenguaje y de la Ley, en tanto “tesoro de los significantes”. Pero esto que estamos recordando tan someramente no quiere decir en absoluto que el objeto “a” sea un equivalente conceptual del pequeño otro. No obstante es interesante tener en cuenta que el concepto de objeto “a”, si bien va a ir cobrando con los años más precisión y autonomía, en una primera etapa es como si estuviera imbricado en esos aspectos iniciales de la teoría de Lacan. Incluso es llamativo que el protagonismo de la diferenciación entre el Gran Otro y el pequeño otro va a ir borrándose y en su lugar se sitúa otra nueva confrontación, la del A con aquello que está más allá de los límites del lenguaje.

Por tanto, la letra “a” nos recuerda la alteridad, lo otro, y desde esa perspectiva, podemos preguntarnos con el mismo Lacan (que, sin embargo, ya no es el mismo) si el objeto “a” es del propio sujeto o, por el contrario, pertenece al otro. Si, con ayuda de la topología, nos apoyamos en las paradojas de la extimidad (aquello íntimo del sujeto pero, a la vez, tan extraño al mismo) puede sostenerse que el objeto a es “lo otro” del sujeto, lo más radicalmente otro de cada uno de nosotros, aunque sea, a la vez, el propio sujeto de la forma más extrema.



II-La serie

Segunda respuesta, que podríamos calificar de “freudiana”. En la medida en que la letra “a” es el principio de una serie, la del alfabeto o abecedario, es lógico y pertinente que al objeto “a” le denominemos así en tanto en cuanto es también el inicio de una serie, la del deseo. Si no hay producción de “a” en la constitución del sujeto, la serie del deseo no puede funcionar.

Un mito islámico ofrece una bonita versión de la historia de la primera letra. Alá invitó a las letras a través de una recitación infinita del Corán. La primera de las letras que se arrodilló frente a Él fue “alif” (el aleph) y entonces Alá le dijo: “Yo te nombro primera letra de mi nombre y del alfabeto”.

Freud, en “Sobre un tipo especial de elección de objeto en el hombre”, nos dejó una frase admirable que nos viene como anillo al dedo en relación a este punto: “El psicoanálisis nos enseña en casos de distinto orden que aquellos elementos que actúan en lo inconsciente como algo insustituible suelen exteriorizar su actividad provocando la formación de series inacabables, puesto que ninguno de los subrogados proporciona la satisfacción anhelada”.

Así pues, en el origen casi mítico del sujeto hay algo insustituible a partir de lo cual se genera la serie inacabable (metonímica) de objetos que tratan de sustituir a eso que está perdido para siempre.



III-La negatividad

Tercera consideración o respuesta. Va bien llamar “a” a ese objeto tan especial porque dicha letra pone también de relieve algo de la negatividad consustancial al mismo. Esa letra es una partícula elemental que indica privación o negación, utilizándose para significar una negativa en relación al resto de la palabra, así por ejemplo “acéfalo”, “amorfo”, “anormal”, etc...

Los objetos “a” son, en cierta medida, objetos a-morales (al margen de cualquier moral universal) y, paradójicamente, aunque sostienen y desencadenan el deseo, son también objetos a-sexuales o a-sexuados. Son objetos negativos, no existen aunque in-sisten (y con-sisten) o a lo sumo podemos decir que existen sobre el fondo de una falta fundamental.

Podemos recordar aquí el conocido ejemplo freudiano de “aliquis” (el segundo que aparece en “Psicopatología de la vida cotidiana”) en el que ese conocido de Freud lo primero que piensa al ser interrogado por éste a raíz de su olvido de dicha palabra, es en lo absurdo de partirla en dos: “a” y “liquis”. Y es evidente que esa notable partición está metaforizando de manera extremadamente condensada el conflicto del deseo de ese sujeto, a saber: la aparición o no de la sangre menstrual (liquis) de una dama, la liquefaccion (o no) que aleje el peligro de un embarazo.

Con frecuencia, cuando Lacan trata de dar cuenta de cómo está construyendo el asunto de los objetos “a”, dice justamente lo que no son. Así, nos dice que no son imaginarios, que no son simbólicos y tampoco exactamente reales.

“Nada nos pone en el camino del deseo” es un curioso enunciado que admite, al menos, dos lecturas. La primera podría hacernos pensar que no hay ninguna cosa que nos ubique en la pista de lo deseable. Pero en una segunda lectura, más al pié de la letra si cabe (aunque sea menos evidente de entrada, lo cual lo asemeja a una interpretación analítica propiamente dicha) puede enunciarse que lo que esa frase deja traslucir es que aquello que nos pone en el camino del deseo es una cosa muy precisa que se llama “nada”. Entramos entonces en un terreno en el cual es posible la positivización de lo negativo. El psicoanálisis lacaniano da un gran valor a lo negativo, de un modo muy semejante al de algunos famosos juegos de palabras de Lewis Carroll, como aquel en el que el Rey le pregunta al mensajero si encontró a alguien por el camino. “A nadie”, contesta el mensajero, y el diálogo sigue de la siguiente forma:

-”Eso cuadra perfectamente- asintió el Rey- pues esta jovencita (Alicia) también vio a Nadie. Así que, naturalmente, Nadie puede andar más despacio que tú.

-¡Hago lo que puedo!- se defendió el mensajero malhumorado- ¡Estoy seguro de que nadie anda más rápido que yo!

-Eso no puede ser -contradijo el Rey- pues de lo contrario habría llegado aquí antes que tú”.

En esa misma línea es importante señalar que Lacan, en algunas de las ocasiones en que se refiere al objeto "a"  dentro de los Escritos, menciona “el nada” como una de las figuras del mismo. Es interesante pensar que, aunque más adelante se concentra en las cuatro modalidades ya conocidas (oral, anal, escópico e invocante), sigue estando como fondo de todas ellas la lógica del falo y muy especialmente la falta, que es su contrapunto esencial, y se vincula con la nada. Una estructura, por tanto, de 4+1 (como en el dispositivo del cártel), o tal vez más exactamente de 4+(-1).



IV-Lo abyecto

Cuarta y última consideración. En este caso, más que una respuesta, es una consecuencia que se deriva del hecho de llamar al objeto “a” así, y sólo retroactivamente puede servirnos también como justificación de semejante nombre.

Se trata de un fragmento de Lacan en “Televisión”, en el cual el inventor del objeto “a” se inventa también un neologismo al señalar que se le podría denominar más bien como “abjeto”. El contexto es importante: Lacan está hablando de los afectos, a raíz de una pregunta de J.A.Miller, y aborda la cuestión de si la angustia tiene o no objeto (cuestión clásica en psicoanálisis). Sintetizando el planteamiento lacaniano sobre ese punto. la angustia no es sin objeto, aunque el objeto del que se trata es un objeto muy especial, diferente del resto de los objetos; se trata precisamente del objeto “a”, el mismo que causa el deseo y es susceptible de ser gozado.

Y entonces, en ese fragmento textual de la entrevista televisada a la que me refiero, dice así, como de pasada: “este abjeto, como designo ahora más bien a mi objeto a”...

Entonces podemos interpretar que la idea de llamarle “abjeto”, hacer ese chiste (un producto de creación significante con un plus de sentido) permite enfatizar otra dimensión insoslayable del objeto “a” que es la de su condición abyecta, de algo caído y sin valor. En francés el juego de palabras es mucho más claro. “Abjet” (objeto) se aproxima muchísimo a “abject” (abyecto), es decir lo bajo, lo innoble, lo sórdido, lo miserable, lo cochino.

A partir de aquí surgiría una última pregunta ¿cómo vincular el lado abyecto del objeto “a” con su lado agalmático? “Agalma” es un término que Lacan toma de “El banquete” de Platón y que hace referencia a algo muy valioso, como una joya, como el saber de Sócrates que se oculta tras la tosca apariencia de un “sileno”.



Resumiendo. Más allá del posible capricho de Jacques Lacan en llamar “a” a ese objeto que nos lleva tan de cabeza, es posible responder a la pregunta ¿por qué objeto “a”? de acuerdo a la siguiente lista:

I-por “autre”/la alteridad, lo otro

II-por a,b,c,d.../El Aleph/ el principio/la serie

III-por nada/ “el nada”, “la nada”/a-moral, a-sexual, a-liquis...

IV-por abjeto-abyecto (abjet-abject)

¿Más-Uno?: agalma.

1 comentari:

  1. YLo lo veo como en el término medio de Aristóteles, la prudentia, es la amalgama entre el más y el menos, entre lo simbólico, lo imaginario y lo real, es el resultante tanto positivo como negativo hablando genéricamente de los sentimientos, es el no sentimiento, el cemento que une las dimensiones de la realidad del sujeto, que es él mismo en último término.

    Bien, un abrazo

    Vicent

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