dimecres, 6 de novembre de 2013

El principio de Incertidumbre: la apuesta por el vacío.


Sabino Cabeza Abuín: sabikbza@gmail.com

En 1970 la Academia Alemana de Lengua y Poesía concedía a Werner Karl Heisemberg el Premio Sigmund Freud en la categoría de prosa científica. Yo desconocía este dato, por lo que me fue muy grato constatar que el padre de la Mecánica Cuántica y descubridor de uno de los más famosos principios de la Física, el Principio de Incertidumbre, tuviera tal conexión con Sigmund Freud.
Conexión que se volvió hilo conductor. Pues el Principio de Incertidumbre podría traducirse a nuestra jerga habitual con el más sucinto, y tajante, no todo puede saberse. Incertidumbre y vacío son dos significantes que, seguramente, un psicoanalista escucha con frecuencia en su clínica.
Heisemberg, Böhr, Schrödinger, Einstein, Planck… desarrollaron la Mecánica Cuántica haciendo dar un salto… cuántico, valga la broma, a la Física Clásica. Un salto que tuvo lugar más o menos durante la época en  que Freud escribió algunas de sus más afamadas obras y que, no cabe duda, también supusieron un salto cuántico para la Medicina y la Psiquiatría de entonces. La Interpretación de los Sueños se publica cuando Planck postula el concepto de quanta, en 1900. El Porvenir de una Ilusión, por ejemplo, es del mismo año en el que Heisemberg expone su Principio de Incertidumbre. El cambio que introdujo la Mecánica Cuántica fue romper con la idea de un Cosmos ordenado y perfectamente predecible. Un Cosmos en el que las cosas no funcionan igual en la escala de lo muy pequeño que en la de lo muy grande, lo cual fue una quiebra respecto aquel antiguo principio hermético que afirmaba que como es arriba es abajo. En lo macroscópico esa ruptura no tiene efectos espectaculares, cierto. Los planetas y galaxias seguirán moviéndose según las leyes descubiertas por Kepler, Galileo y Newton siglos atrás. No obstante, en lo microscópico, en lo muy pequeño, sí tiene efectos.
Entre lo muy pequeño, por comparación con la vastedad del Cosmos al menos, podemos contar a la psique humana. Se dice de Freud que la tercera puñalada al narcisismo humano. Herederos del Renacimiento y la Ilustración, los científicos de su época, incluidos médicos y psiquiatras, creyeron que poseían la llave de todo conocimiento, que todo lo desconocido sería algún día conocido. Que lo que hoy no se sabe se sabrá mañana cuando dispongamos de mejores aparatos de medición. La Mecánica Cuántica pulverizó este ideal. El Principio de Incertidumbre, o Relación de Indeterminación, afirma que no puede conocerse al mismo tiempo la posición y la velocidad de una partícula subatómica. Aunque a nosotros tal afirmación pueda dejarnos completamente in albis, en la Física Clásica tuvo gran alcance: que existan límites en la búsqueda del conocimiento fue un duro golpe para quienes anhelaban el saber absoluto. Una puñalada al narcisismo científico, podríamos decir.
El Principio de Incertidumbre se fundamenta en que observar un fenómeno implica siempre modificarlo. En lo macroscópico esto apenas tiene relevancia, pero en lo subatómico resulta capital: ver un fotón significa cambiar su realidad. Es decir: el observador altera lo que observa… siempre. Como el Método Científico exige dejar tras la bata blanca o el traje antirradiaciones toda subjetividad, el problema que se le plantea al experimentador resulta serio. No puede observar objetivamente, pues su propio acto de mirar cambia la realidad.
Pero la Mecánica Cuántica fue incluso más allá en esa cuestión. El físico americano Henry Stapp afirma categórico que nuestro pensamiento construye el mundo que nos rodea. Lo cito: En la naturaleza las cosas no están correlacionadas. En la naturaleza las cosas son como son. «Correlación» es un concepto que utilizamos para describir conexiones que percibimos. La palabra «correlación» no existe fuera del ser humano. Esto es porque sólo los seres humanos utilizamos palabras y conceptos. «Correlación» es un concepto. Las partículas subatómicas son correlaciones. Si los seres humanos no estuviéramos aquí para crearlos no existirían conceptos de ningún tipo, incluyendo el concepto de «correlación». ¡En resumen, si no existiéramos los hombres para hacerlas, no existirían las partículas![1] De la determinista Física Clásica a la probabilística Cuántica media precisamente el factor humano. Algo que resuena en lo que Lacan comentaba sobre los perros de Pavlov. El buen hombre estaba convencido de que sus campanas, sus silbatos, sus cuidadosamente medidos programas de estímulo-respuesta eran los que hacían salivar a los canes. Sí, por descontado, eran animales. Pero el elemento “afecto” pasó por alto tras la bata blanca. Puede ocurrir que un perro sólo salive por complacer a su dueño, incluso aunque no haya otra recompensa.
En fin: el deseo del observador también entra en juego.
¿Y qué hay acerca del vacío, el otro concepto de mi título?
Bueno, históricamente ha seguido una trayectoria similar a la de la determinación del Cosmos. Igual que se supuso durante siglos que todo estaba determinado y causado por… y aquí caben mil respuestas que casi siempre terminan en lo divino, el vacío fue desde tiempos aristotélicos un concepto incómodo. Aristóteles renegaba de él en sus peleas con los seguidores de Demócrito. No existe el vacío, es una inconsistencia pensar tal. La Naturaleza abomina de él, se decía. Se dijo durante siglos. Se acuñó la expresión Horror vacui, que remarcaba que todo debía estar lleno de algo, algo indeterminado que conectaba unas cosas con otras, unos fenómenos con otros. Éter, lo llamaron, y la creencia en él llegó hasta casi el mismo siglo XX. De hecho, la refutación científica de su existencia permitió a Einstein formular su Teoría de la Relatividad. No obstante, ya Newton, tras los trabajos de Torricelli y Guericke, quien demostró el poder del vacío con su famosa Esfera de Magdeburgo, comenzó a demoler la idea de una sustancia indetectable que lo repletara todo cuando expuso su idea de que los cuerpos celestes se atraen en el vacío gracias a la gravedad.
Pero no podemos obviar el hecho de que los conceptos que definen el mundo, sean científicos, filosóficos o artísticos, tienen siempre una raíz que ahonda en lo íntimo del sujeto. La resistencia a las ideas de indeterminación y vacío no es una mera cuestión de razonamiento. En todo descubrimiento científico hay siempre algo que escapa a la razón y que podríamos ubicar en lo inconsciente. ¿Por qué Marie Curie perseveró en sus estudios aun sabiendo que la estaban matando, por ejemplo? Un sueño permitió a Kekulé descubrir la estructura molecular del benceno. Soñó nada menos que con serpientes que se mordían la cola a sí mismas. Freud se habría sentido encantado con este sueño. En fin, podríamos poner más ejemplos de ese algo inconsciente que empuja a un científico a hacer un gran descubrimiento.
Puede que el vacío como concepto físico sea accesible al entendimiento. Pero en tanto ausencia, no ausencia de materia o energía, sino de significante, afectiva, libidinal, de palabra… es mucho más difícil de manejar. La idea de que algo falta suele resultar perturbadora, mucho más si ese algo está marcado por algún rasgo especial para quien lo percibe como falta. Tal como lo expresa Henri Bergson[2] el vacío indica la ausencia de algo “en tanto que era presencia y ahora es ausencia”. Podemos recordar también a Lacan cuando en el Seminario XI explicaba que ante la presencia inefable del objeto a existen dos barreras, la del Bien y la de lo Bello. Y en el dominio del Arte y de la Estética, la cuestión del vacío lleva siglos siendo tratada, ya sea por su negación absoluta como hizo el Barroco, o por su sublime ensalzamiento como es habitual en el Arte nipón.
El vacío es necesario, aparte de cualquier otra consideración. Como explicaría un maestro zen, no puedes llenar tu taza si ya la tienes llena. Si tu cabeza está repleta de conocimiento, no cabe otro saber. En un sentido más pragmático, si en los orbitales externos de los átomos de cobre de un conductor eléctrico no existieran huecos, no habría eso tan cotidiano y útil que llamamos corriente eléctrica. Y, por buscar un ejemplo más afín a nuestro discurso, nada puede desearse si no hay una falta. La imagen más clara: para que la plácida superficie de una bañera llena comience a moverse es preciso que alguien quite el tapón. Sin vacío no hay movimiento.
¿De qué enferman los sujetos hoy?
Demos un salto cuántico: la enfermedad, no en el sentido médico de daño o disfunción del organismo, sino en el más amplio de malestar, es concomitante a la cultura. Freud habló sobradamente del tema en El Malestar en la Cultura. Lo social exige un precio, que el sujeto paga de diversas formas, muy especialmente en la moneda del goce. Puede pagarse con satisfacción o con renuencia, o de muchos otros modos. Con el cuerpo, con el alma, con dinero real incluso. Pero la inclusión del individuo en lo social exige una pérdida, y eso ocurre desde que aquel primigenio grupo de homínidos decidiera recortar las libertades del individuo para obtener las ventajas de la socialización.
A lo largo de los milenios el sujeto humano ha enfermado de muy diversas dolencias, y ha encontrado muy diversos remedios. Pero en mi pregunta hay un adverbio temporal: hoy. ¿Acaso hoy es diferente, se enferma de otras cosas, hay otros modos de padecer y de curar?
Es obvio que sí. Hoy es un concepto amplio que podríamos cifrar desde el advenimiento del Capitalismo allá por el siglo XIX hasta ahora. La diferencia fundamental es precisamente que ese discurso, o perversión, o mutación, o como queramos llamarlo, del discurso del Amo, lo permea todo. Todo lo social, y no sólo en lo que se llama Primer Mundo, sino en una escala planetaria, está atravesado por ese discurso y por su peculiar modo de funcionamiento. Ya no quedan en el planeta tribus vírgenes al estilo Roussoniano. La Globalización, nuevo nombre de Satán, se extiende hasta el último confín llevando la palabra maldita de ese discurso peculiar.
Dicho grosso modo, y por supuesto sin excluir todas las otras maneras clásicas que no han perdido su vigencia, los sujetos enferman hoy de dos formas:
•    Se enferma de lo que el DSM y la Industria Farmacéutica decretan como enfermedad. Verbigracia: usted padece ansiedad. Su hijo es un TDAH. Lo suyo se llama depresión mayor. Y a usted lo que le aqueja, y alégrese porque es uno de los más rabiosamente modernos trastornos psicológicos, se llama nomofobia.[3]
•    Se enferma como reacción a lo que el DSM y la Industria Farmacéutica decretan como enfermedad. Se enferma por no encajar en las categorías diagnósticas. Se enferma como resistencia a pasar por el tamiz de un discurso que uniforma, promedia e identifica a los sujetos con un ideal. El ideal de lo sano y de lo enfermo. Un ideal que, en última instancia, sirve sólo a los intereses de la Maquinaria Económica cuyo principio de funcionamiento es el discurso Capitalista.
Ambos modos de enfermar comparten un mismo punto: el vacío. En el primer caso se trataría de velarlo, de taponarlo mediante las etiquetas diagnósticas que el Mercado de la Salud oferta para tranquilidad del usuario, y mediante, por supuesto, el correspondiente fármaco que acompaña a la etiqueta. Si su hijo es un TDAH, nútralo a base de Concerta. Si usted padece nomofobia, o ansiedad, o adicción al shopping, pruebe Prozac o Seroxat. ¿Problemas eréctiles debido a un Trastorno por Deseo Sexual Hipoactivo? Pues tome el archifamoso Viagra. Para cada agujero siempre habrá un tapón, no lo dude. Este es, evidentemente, un modo barroco de enfermar: sobreabundancia de etiquetas, de significantes, de adornos diagnósticos.
El otro modo de enfermar es justamente por el reverso: se enferma por carecer de vacío. La reacción ante el absoluto taponamiento de todo posible asomo de falta es vivida por algunos sujetos con verdadera angustia. Ante la cual no les cabe demasiada solución, puesto que si sienten angustia el tratamiento normalmente les llevará al mismo circuito del primer caso. Un perfecto círculo sin salida. Este modo de enfermar sería más... japonés, por seguir con la comparación anterior.
Un modo subyace al otro. Si me atreviera a calificarlos en función de su veracidad, diría que el segundo, el nipón, es el verdadero modo de enfermar. Verdadero en el sentido de que la estructura psíquica humana está conformada en torno a la falta, al vacío, y por tanto su taponamiento ha de ser causa necesaria de daño como un intestino repleto es causa de dolor agudo. Obviamente no se puede decir que quien se duele de ansiedad, depresión, fibromialgia, nomofobia o cualquier otro trastorno moderno esté mintiendo. No mienten, pero tampoco dicen toda la verdad. En estos casos se trata más bien de intentar escamotear parte del precio que, como humano, ha de ser pagado por la inscripción en lo simbólico, en el lenguaje, en lo social… En fin, por estar sujeto a aquello que Lacan llamaba dolor de existir.
No me cabe ninguna duda de que antaño, en el siglo XVI por poner un ejemplo, también el individuo común intentaba escaquearse de su parte en el pacto social. Las enfermedades tenían otros nombres y otros remedios. Se aplicaban sangrías y administraban emplastos de dudoso resultado. Luego, más tarde, se inventaron esas otras terapias fabulosas que incluían la electricidad, las camisas de fuerza, los baños helados y otros atractivos remedios que en los tiempos del Freud jovencito hacían furor. Entonces no existía un Mercado Sanitario como el que disfrutamos, es un decir, hoy. Entonces el discurso Capitalista no gobernaba el mundo.
A diferencia de los otros cuatro discursos, en los que existe un punto de vacío, un lugar de corte, podríamos decir también un lugar de incertidumbre, el discurso Capitalista rueda alegremente sin trabas. No hay falta en su interior. Lo que fluye en él, puro goce, no tiene freno, no tiene obstáculo. Lacan ya nos advirtió de cuál será el futuro de ese funcionamiento.
Es difícil resistirse a ese modo de manejar el goce. Difícil porque incluso sin dinero, sin recursos, es posible seguir enganchado a él. Para cada hueco, para cada posible falta, el Capitalismo oferta un remedio. Incluso peor: lo hace al revés. Oferta un remedio y luego nos crea la necesidad. El Capitalismo cancela toda incertidumbre, pues afirma, eso nos dicen los anuncios televisivos, que todo es posible. ¿Es preciso comprarse el Iphone 5 cuando el 3 aún no lo hemos pagado? No importa, usted puede. Procrastine: compre hoy, pague mañana. Usted elige la cantidad y los plazos para devolverla. Adelante, es fácil. El nuevo artilugio ofrece algo más, algo más que no teníamos, siempre algo más. Nunca algo menos. ¿Cómo parar ese proceso? Ni siquiera vale ya hacerse ermitaño y escapar a un monasterio. Internet llega ahora a todos los rincones del globo.
El vacío y la incertidumbre son primos hermanos. Porque en toda incertidumbre subyace un vacío. Una de las peculiaridades del Psicoanálisis es que precisamente trabaja con esas dos magnitudes de la Física. Es probable que para aquellas personas que huyen de la indeterminación y del vacío que la subyace, sea más consolador acudir a cualquier dispensario de etiquetas diagnósticas del Mercado Sanitario. Es posible que eso las calme. Pero ¿qué hay de aquellos otros que, ahítos de síntomas, de etiquetas, de tapones de toda índole, anhelan un hueco donde respirar? Dado que el Psicoanálisis no se oferta en los catálogos de la Sanidad Mercantil, no es fácil que quienes buscan un poco de vacío den con él. Y si el Psicoanálisis ofertara algo, no cabe duda de que sería justo eso, el vacío. Sabemos qué efecto tiene despejar la Falta, sabemos qué ocurre cuando un sujeto pone en palabras lo que le atormenta hasta quedarse sin ellas frente a su vacío interior, frente a ese lugar íntimo en el que la palabra no alcanza. Sabemos desde Freud qué efecto catártico tiene eso que él llamó abreacción. Sabemos, aunque no seamos físicos, que no todo está determinado, que nada hay cierto, que la incertidumbre es parte del juego. Y que el vacío es más que una necesidad. Que se puede enfermar de plenitud.
El problema sigue siendo el mismo de siempre. El que padeció Freud. El que padecen quienes le siguen sin subirse al tren del Capitalismo. Cuando no se ofrece sino la nada, el asunto siempre parece un mal negocio. ¿Pagar por nada?
Pero como descubrió Rutherford, el físico que inventó el modelo más famoso del átomo: la realidad es un espacio vacío.


  



[1] Henry Stapp, «Are Superluminal Connections Necessary?», Nuovo Cimento, 40B, 1977, pág. 191.
[2] BERGSON, Henri (1963) La evolución creadora. Obras Escogidas. Aguilar. México
[3] Nomofobia: novísimo síndrome causado por la pérdida del teléfono móvil.

2 comentaris:

  1. sobre la qüestió què és allò del que la gent emmalelteix, em sembla molt pertinent esmentar A. Cunnigham (1991) “La malaltia no és una classe natural, un natural kind, sinó que com a entitat morbosa és més bé una construcció mental integrada per vivències de dolor, sofriment i debilitat, pels fenòmens visibles externs que acompanyen aquestes vivències, per la successió de totes elles (...), així com per les idees de la gent sobre l’origen i les raons del que està passant i del perquè conclou d’una manera determinada.” Tot i que la cita es troba en un estudi sobre la Pesta Negra a l'epoca medieval, és del tot actualitzable.
    L’anàlisi del laboratori confirmà a Kitasato y Yersin que el causant de la pesta era un bacil; però si seguim un estudi de l'imaginari de l'àpoca, hem de concloure amb A. Cunningham que tot i que l’etiologia de la pesta medieval i l’actual són la mateixa, com la concepció mental de la malaltia no té res a veure amb la malaltia del cos mecànic sinó amb la relació de l’individu amb el cos imaginari i dels seus fantasmes, i d’aquest amb la societat, la pesta pre-proveta i la pesta post-proveta es poden considerar a efectes psicològics-mentals sobre la població dues malalties diferents. La identitat d’una i d’altra es construeixen amb significants amos diferents.
    Si bé la ciència té la pretenció d'operar entre el real i el simbòlic (és a dir, l'objecte i el llenguatge) sense mediació de l'imaginari, des de la mateixa filosofia del llenguatge i de la ciència, alguns autors, posen en dubte que aquesta immediatesa sigui possible. Autors de la filosofia de la ciència com Freyebarend amb la T. de la Inconmensurabilitat desmontarien la possibilitat de consecuencies empíriques iguals en haver canvi de significat d'una teoria a una altra.
    En resum, no tenim una certesa d'igualtat entre realitat i veritat. Preval, com diu Sabino Cabeza, el principi d'incertesa.
    Amb tot, però, podríem entrar en la discussió a partir del seminari de Joyce de si alguna cosa del real es pot atrapar. Tot i que aquest real de la psicoanàlisi no serà el de la ciència.
    Potser d'allò que es tractaria seria de poder atrapar una mica del ser a través d'allò simbòlic en comptes de fer-ho a través de l'imaginari (heidegger), amb els estralls i terrors que això comporta.
    La clau sembla que està al text del comentari de J. Hyppolite a la verneinung de freud

    bloc personal d'humantiats: escriptures multilineals http://maneresdedir.blogspot.com.es/

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  2. Sabino, me ha gustado mucho el artículo que has escrito y me parece muy interesante las conexión que estableces entre el Psicoanálisis y la Física. La física trata de explicar la "totalidad" del Universo, el psicoanálisis la "totalidad" de la psique... Para ello cada una crea sus conceptos particulares y sus "leyes". Lo interesante es que la "totalidad" no se puede explicar completamente, desde ningún punto de vista: ni psicoanalítico, ni científico, ni religioso... Hay fenómenos que "escapan" de los patrones o leyes habituales que se utilizan (en cualquier disciplina): por ejemplo, el principio de incertidumbre habla de que solamente podemos saber con una cierta probabilidad (y nunca con una certeza) donde se puede encontrar una partícula subatómica en un momento dado. El Psicoanálisis tampoco habla de certezas (al estudiar el "caso por caso" o al proponer que no se puede "predecir" lo que un sujeto puede llegar a hacer, sentir o ser dadas unas ciertas condiciones...). Incluso las matemáticas demuestran que en "la naturaleza" hay indeterminaciones, puntos "vacíos" en cualquier función, cuyo valor no se puede encontrar, tan sólo hacer aproximaciones a dicho valor (por ejemplo, las asíntotas de las funciones matemáticas o las discontinuidades).
    Además del principio de indeterminación de Heisemberg, considero muy interesante la teoría de los agujeros negros. ¿Cómo explicar qué es un agujero negro o lo que ocurre dentro y fuera de éste? Éstos parecen seguir patrones distintos a los habituales, e incluso "desmontan" muchos teoremas físicos: posibilidad de superar la velocidad de la luz, gravedades infinitas...
    Creo que cualquier disciplina se encuentra con aspectos que no pueden explicarse: no hay certezas, tan solo aproximaciones.
    Desde mi punto de vista, es enriquecedor conectar el Psicoanálisis con las matemáticas y la física, por ejemplo. Ya la física habla de la "materia" y la "antimateria", de modo parecido a cómo el Psicoanálisis habla de "consciente" e "inconsciente", o las matemática de "funciones determinadas" y "funciones indeterminadas".
    La naturaleza humana es tan compleja que no se puede abarcar completamente... Conectarse con "los vacíos" internos produce, paradojalmente, energía psíquica, nuevos enlaces libidinales, al igual que los "agujeros negros" del universo, emiten y absorben energía (renovándolo). Los vacíos ni se llenan ni se vacían, son "espacios" por donde circulan energías, palabras que permiten la posibilidad de renovación y transformación.

    Saludos cordiales,

    Víctor Hernández

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