dissabte, 18 de gener de 2014

EL CASO. SU TRANSMISION

Autor: Alfredo Aloisio. Psicoanalista.Psicólogo: alaloisio@gmail.com

Lo que sigue es fragmento de un trabajo en elaboración, a partir de mi tránsito en una experiencia de cártel.

En el transcurso de reuniones mensuales del cártel, destinadas, hasta pasado el primer año, a la presentación de casos clínicos, a ido decantando en mí el interés por cuestiones vinculadas a lo que se nomina en la práctica analítica como “caso”.

En esa primer etapa de trabajo del cártel se traían casos, se hablaba de ellos, de la particularidad que presentaba cada uno, de la estructura subjetiva a la cual podría responder, de los interrogantes suscitados en el analista, etc...

En un momento dado, cumplidas dos rondas de presentaciones, a razon de una por mes, y al comenzar a considerar el inicio de una nueva etapa de posible producción del cártel, me encuentro con “el caso”, en su vertiente significante, desubicándose así, para mí, de una cierta consistencia que parecía otorgarle un estatuto ontológico definido.

Si el encuentro, advertido, con la palabra -ciñéndonos a los planteos teóricos del psicoanálisis- puede producir un cambio de posición subjetiva en relación de aquello de lo que se habla, el “caso” presentifica esta vertiente interpretativa que se sostiene en el mismo acto de su enunciación: el “caso” es su transmisión, así como el deseo es su interpretación. Así, desde esta lógica, el hablar de un “caso” está condicionado necesariamente a la ponderación del hecho de hablar; un hablar que no es un mero medio que representa un “algo” para alguien.

El “caso” no es un objeto que preexiste enteramente a la palabra que lo nombra, tal como se lo podría concebir desde categorías de una epistemología clásica, inmersas en un discurso, o modo de lazo social determinados.

Si el psicoanálisis irrumpió como un “chiste” en el seno de un discurso dado, el de la medicina, gracias a la advertencia sancionadora de S. Freud, el sostenimiento de tal irrupción ha tenido como efecto -incluso a pesar de las resistencias de muchos analistas, y hasta,  en algún sentido, por el mismo Freud- una articulación de los conceptos médicos (cura, caso, clínica, etc...) en la lógica que es pertinente ahora a la existencia del inconsciente.

Al hablar del “caso”, entonces, y considerando las precisiones aportadas por J. Lacan, ha de repararse, de inicio, en el hecho de que “se está hablando”, y, en este marco, se trata de un “hablar” diferente al que pudiera concebirse desde la lógica de la comunicación : “emisor”, “mensaje”, “receptor”, la cual logra su eficacia cuando éste último recibe el mensaje emanado de las intenciones del primero (el círculo se cierra). Lógica ésta , finalista, montada en base a un “sujeto” y un “objeto” preexistentes.

El hablar del que se trata en el psicoanálisis propone un modo de lazo social diverso, el cual ya no se sostiene en las intenciones de los hablantes, preexistentes a las palabras de las que se sirven para comunicar. Así, a partir de la advertencia del “inconsciente”, los hablantes resultan ser precedidos, capturados por el lenguaje, con lo cual se establece una estructura diferente de lazo social, y también del concepto de “sujeto”, ahora entendido como efecto retroactivo del lenguaje. Se trata del  “sujeto del inconsciente”.

Sobre la base de asimilar el “inconsciente” a la modalidad estructural del lenguaje, el cual se ajusta, básicamente, a las leyes de “desplazamiento” y “condensación”, las intenciones del hablante quedan determinadas por la articulación de estas leyes, las que constituyen a la realidad, entendida ésta como una trama de significaciones. El hablante participa de esta realidad, a partir de un abrochamiento, regularizado, entre palabras y significaciones; abrochamiento dado a partir de la imposibilidad que atraviesa a la palabra, en relación a poder nombrar “la cosa” (nombrarse a sí misma); abrochamiento supeditado a la singularidad de cada quien, e implicado con la constitución fantasmática desde la cual se estructura dicha realidad.

Lo esbozado hasta ahora pretende señalar, a grandes rasgos, la diferencia estructural que propone la práctica analítica en relación a otros discursos; práctica ésta que ubica al sujeto en un estatus diferente, y condenado, a partir de la incursión del lenguaje, a un “tiempo lógico” que, oh paradoja...,  da por perdido al “objeto”, sólo a partir de “reencontrarlo”. 

Al hablar, al intentar “transmitir” algunas cuestiones inherentes al psicoanálisis, sea en el espacio del control, de un grupo, de un cártel, a un público, o en el análisis personal, se habla de “eso” (de lo que se quiere hablar), y de algo más. Se habla de eso, en lo que se habla, y de lo que queda dicho, para el Otro, en lo que se habla.

Siguiendo esta lógica, advertidos de la distancia a tomar, en cuanto a la posibilidad de que el relato del “caso” no caiga ni en la verificación de un mero ejemplo que confirme una teoría, ni en el despliegue de sensaciones personales que pudieran suscitarse en el analista, la verdad queda ubicada en un lugar imposible de transmitir por las vías del saber.  Siguiendo a Erik Porge en “Transmitir la Clínica Psicoanalítica”, “la transmisión consiste en transmitir lo intransmisible”; es lo real inherente al lenguaje, el cual trastoca el clásico esquema binario de “práctica-teoría”, “individuo-colectivo”, “tu-yo”, etc...  Una vía señalada por Lacan, cuando avanza, sobre sus mismos pasos, acudiendo a la topología, y a la teoría de los nudos.

Así, Lacan tal como lo planteara en la “obertura de la recopilación”, en sus “escritos: “El estilo es el hombre...”- apela a su estilo, como su modo de invención, e inherente a la verdad que lo sostiene como sujeto,  proponiendo así que los analistas reinventen el psicoanálisis pasando por la misma vía, análisis personal mediante (el estilo de cada uno).

Diferente es el modo de transmisión al que se acoge Freud, a quien su deseo de escritor (como señalara E. Porge en el texto citado) lo condujera a un novelamiento del caso, como vía ficcionada en la que se presentara la verdad, a la cual no dejará de intentar asirla con el saber.

Para finalizar, seguidamente transcribo una viñeta que quizás muestre cómo opera la transmisión en el psicoanálisis, y ubica al “sujeto” emergiendo de la palabra (en este caso se trataría de una palabra no dicha), independientemente de las personas y sus funciones.

Preocupado por cierta inercia advertida por mí en el trabajo con un paciente adulto, en el que , luego de más de cuatro años, y en el curso de los cuales las asociaciones habían dejado de acompañarse de movimientos subjetivos destacables, vinculado ésto a cuestiones que en su discurso se presentaban en forma refractária, llevo el caso a control, y se determina la necesidad de operar algún movimiento, de parte mía, que tienda a reencausar al sujeto en la línea del deseo. Así, agotadas las intervenciones por la vía de la palabra, del cuestionamiento y del despliegue asociativo, se piensa en algún tipo de intervención “en acto” que instale nuevamente la dimensión de la pregunta.  No pudiendo encontrar el momento de intervenir sin que me pareciera un forzamiento de mi parte, a los diez minutos de comenzada una sesión comienza a cogerme un extraño dolor intenso en la cintura (finalmente se trataría de la sintomatología propia de un cálculo renal, sin poderla  verificar luego en forma objetiva), cuya intensidad se intensifica  hasta el punto de que mi temor a desvanecerme me hiciera, sí, “intervenir en acto”, e interrumpir la sesión (era la última del día). 
¿Cuánto de sugestión, cuánto de histerización, cuánto de transmisión ?
¿Quién transmite?,  ¿dónde está el caso?



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