dijous, 18 de setembre de 2014

SEGUNDAS NUPCIAS


Manuel Baldiz
Psicoanalista y psiquiatra
A.M.E. de la EPFCL
Docente de ACCEP
Autor de “El psicoanálisis y las psicoterapias” (diván el Terrible)


A Freud le interesó mucho el asunto de las segundas nupcias, a pesar de haberse casado una sola vez. A lo largo de toda su vida mantuvo la hipótesis de que los segundos matrimonios tienen más probabilidades de ser dichosos que los primeros, en especial para las mujeres, desmintiendo el dicho popular de que las segundas partes nunca fueron buenas, y plasmó dicha creencia en varios textos que enseguida comentaremos. No obstante, antes de proseguir podríamos matizar ese dato histórico de que se casó en una sola ocasión. En cierto modo puede sostenerse que tuvo un primer matrimonio con su mujer Marta y un segundo con el psicoanálisis, lo cual nos permite, ya de entrada, ampliar el concepto de segundas nupcias introduciendo cierta polisemia en el mismo.

Escribe Freud en su texto de 1918, “El tabú de la virginidad”, acerca de un dato supuestamente empírico (al menos en esa época) conforme al cual en un “número insólitamente grande de casos, la mujer permanece frígida y se siente desdichada en un primer matrimonio, en tanto que tras su disolución se convierte en una mujer tierna, que hace la felicidad de su segundo marido”. Y añade: “La reacción arcaica se ha agotado, por así decir, en el primer objeto”(1).
¿A qué reacción arcaica se refiere el descubridor de la cura analítica?. En ese texto y en ese momento, Freud va a poner todo el acento en la experiencia de la desfloración, postulando que la misma desencadena en la mujer una reacción de hostilidad hacia el varón, exteriorizándose con frecuencia en fenómenos inhibitorios de la vida amorosa matrimonial. Dicha reacción frente a la pérdida de la virginidad (léase rompimiento traumático de la fantasía de completud narcisista) es asimismo la causa de que en algunos contextos culturales existan (o hayan existido) ciertas prácticas que pretenden (o pretendían) que aquel que cargue con la hostilidad desencadenada tras el desvirgamiento no sea el propio esposo. Y Freud concluye apuntando que cuando esa reacción hostil cobra formas patológicas es lícito atribuirle a la misma “el hecho de que unas segundas nupcias sean a menudo más felices que las primeras” (2).
Resumiendo: en un primer matrimonio, hostilidad conflictiva causada por la desfloración, y en un segundo matrimonio, felicidad tras haberse agotado esa hostilidad.
Obviamente, para poder aplicar algo de todo ello a nuestro contexto actual, deberíamos hacer varias consideraciones. En la actualidad, y tras los profundos cambios sociales acaecidos, ya no tiene apenas ningún sentido equiparar desfloración con matrimonio. Por otra parte, no deja de ser un poco misterioso eso que dice Freud de que la reacción se agota con el primer partenaire. No obstante, mantengamos como hipótesis esa supuesta constatación de una mayor felicidad (o quizás, siendo más modestos, una menor conflictividad) en las segundas nupcias, y veamos la manera en que Freud la retoma bastantes años después.
Casi al final de su vida y su obra, en 1931, en su estudio “Sobre la sexualidad femenina” Freud escribe que “muchas mujeres que han escogido a su marido según el modelo del padre o lo han puesto en el lugar de éste repiten con él, sin embargo, en el matrimonio, su mala relación con la madre” (3). El hombre elegido debía  heredar el vínculo de la mujer con el padre pero en realidad, oscuramente, hereda el vínculo de ésta con la madre. Un año más tarde, en la conferencia titulada “La feminidad”, abunda en la misma idea, y agrega: “Tras desfogarse la reacción (contra la madre), es más fácil que un segundo matrimonio se plasme de manera mucho más satisfactoria” (4).
Por lo tanto, su optimismo referido a los segundos matrimonios se mantiene pero la perspectiva teórica es  bastante diferente: ya no se menciona en absoluto la desfloración, y todo el acento se desplaza ahora a la trama del Edipo. La elección femenina del marido es edípica, de acuerdo a ciertos rasgos paternos, pero una vez iniciada la convivencia con el esposo se repite con él la mala relación con la madre, y solamente después de que se haya agotado dicha relación con un hombre se podrá tener un segundo matrimonio dichoso.
Podríamos sintetizar todo lo anterior diciendo que la argumentación del primer Freud descansa en la castración imaginaria (en el cuerpo) y la del segundo Freud en la relación con las figuras edípicas. Y podríamos adelantar también que con Lacan retornaremos, de algún modo, a la castración, pero con un estatuto bien distinto. Se trata de un recorrido teórico-clínico que, más allá del asunto particular de las segundas nupcias, tiene un interés fundamental.
Si podemos seguir sosteniendo hoy en día estas cuestiones es, sin duda, a la luz de la dialéctica goce-castración y de la lógica del no-todo.  Sabemos que Lacan no es un mero continuador de la obra freudiana. Presentarlo así, como hacen algunos, no es otra cosa que apagar el alcance de su verdadera subversión. En muchos lugares de su enseñanza Lacan modifica radicalmente ciertos planteamientos de Freud, sin que ello sea incompatible con su insistencia en la reconquista de la verdad freudiana.
Por lo que respecta a lo que ahora nos interesa, puede sostenerse que de Freud a Lacan se opera un importante movimiento de des-psicologización. Así por ejemplo, las figuras del Edipo pasan a ser en la enseñanza lacaniana meras funciones que no siempre coinciden con las personas reales. Un aporte teórico de primera magnitud como es el grafo del deseo muestra bien a las claras ese proceso de abstracción y formalización que es completamente coherente con el axioma de la inexistencia del Otro. Veamos, como botón de muestra, el modo tan peculiar en que Lacan nombra los dos puntos de entrecruzamiento de la célula elemental del grafo: “hueco de recelo” y “perforación para la salida” (5).
Un caso de mi práctica clínica constituyó el punto de partida de los interrogantes de este trabajo. Como trataré de mostrar muy brevemente, es una analizante anclada, en cierto modo, en un hueco de recelo, y resistiéndose a encontrar la perforación hacia la salida.
Se trata de una mujer de unos 40 años cuya demanda de análisis adopta en una primera etapa la forma de pregunta acerca de lo que debe hacer con su vida sentimental, planteándose tres posibilidades: volver con el marido del que se está intentando separar, implicarse más en una nueva relación que está iniciando, o bien decidirse a vivir sola. A pesar de los años transcurridos desde entonces, podría decirse que no ha hecho plenamente ninguna de las tres cosas. Aunque en el ámbito de la realidad cotidiana ha optado por vivir por su cuenta, su relación con el segundo compañero (al que llamaremos B) sigue adelante y comparten muchos fines de semana, pero además persiste un importante vínculo con el ex-marido (al que denominaremos A) al cual ve prácticamente a diario con el pretexto de que trabajan en el mismo edificio.
A, el esposo, fue el primer hombre de su vida. Se conocieron siendo muy jóvenes y representa para ella el amor supuestamente imperecedero y la sensación de una especie de seguridad ontológica. Es un hombre amable, cariñoso, rico y triunfador, aunque ella no deja de denunciar ciertas trampas de vanidoso pavo real en su postura (o impostura) ante los otros. Con él conoció el sexo (en este punto engancharíamos con la cuestión freudiana de la desfloración, que además no fue nada fácil para nuestra sujeto) pero la sexualidad entre ambos no ha funcionado prácticamente nunca a lo largo de los muchos años de vida en común. En el momento del inicio del análisis llevan bastantes años sin tener ningún tipo de relaciones sexuales. Es lo que se denomina, en ocasiones, un “matrimonio blanco”, más habitual de lo que se suele creer y una de cuyas muchas variantes sería el conocido caso de Dalí con Gala, aunque existen diversas versiones sobre el particular.
Durante años ese hecho no parecía preocupar a ninguno de los dos, no hacía síntoma para ellos. Ambos  tenían amantes al margen de la pareja, aunque con un estilo bien diferenciado. Las amantes de A formaban una larga serie y la paciente solía estar al tanto de sus correrías. Por el contrario, ella solamente tuvo dos relaciones, bastante duraderas ambas, y sin que el marido estuviera apenas informado de las mismas.
Es el encuentro con B y el inicio de la relación con éste lo que adopta forma de síntoma para ella, la divide, la angustia y le hace preguntarse por lo que está pasando y por todo lo sucedido hasta entonces. En su análisis se interroga reiteradamente por esa situación cronificada con el esposo. Las excusas que habían justificado la ausencia de sexualidad marital empiezan a caer una tras otra, y en su lugar emergen asociaciones que sorprenden a la propia analizante. A pesar de su gran amor por A, la idea de hacer sexo con él le resulta tan absurda -dirá en una sesión memorable- como la de hacerlo con su madre. Como es obvio, le subrayé esa llamativa analogía. A partir de ahí el análisis la conducirá de bruces, una y otra vez, y en diversas formaciones del inconsciente, a esa precisa asociación. Es como si A fuera su madre, omnipresente como aquella pero a diferencia de la madre real, que la paciente describe como una mujer desapegada y poco afectiva, A es una madre amantísima, incluso demasiado.
B, el nuevo partenaire de la analizante, con el que ella no acaba de decidirse a comprometerse del todo, es presentado casi como la antítesis de A. Con B la sexualidad funciona a las mil maravillas, hay deseo y pasión, pero faltan las pruebas de amor que ella necesita a diario, los pequeños detalles, los regalos, los signos de que ella “le hace falta”. Además, B, a pesar de ser algo más joven que nuestro sujeto, posee algunos rasgos  que remiten claramente a la figura del padre, fallecido cuando ella era una adolescente. Es un hombre temeroso y poco decidido, características que la madre no se cansaba de adjudicar y criticar a la vez al padre de la sujeto. Esa posición en el mundo es la que hace que ella, a menudo, se encuentre haciéndole de madre, organizándole las cosas y ocupándose de él, a pesar de que insiste en que conscientemente no desea desempeñar ese rol.
Paradójica situación entonces: en un nivel B encarna un claro sustituto del padre (que permite la emergencia del deseo que con A quedaba aplastado), pero al mismo tiempo está colocado en el lugar del hijo de la analizante.
Lacan, en la clase del Seminario II dedicada al “Sosia” de Anfitrión, ironiza sobre “la concepción que algunos se forman sobre la intervención propia del psicoanálisis en lo que se llama relaciones humanas, y que, difundida por los medios masivos de comunicación, enseña a unos y otras cómo comportarse para que haya paz en casa: que la mujer representa el rol de madre, y el hombre el de hijo” (6).
 Orientar la cura teniendo demasiado presente en la escucha el complejo de Edipo puede contribuir a hacer más consistentes todavía las figuras del Otro para el analizante. Es el riesgo de la edipización excesiva que, en algunas curas, lleva a impasses infranqueables. Ciertas intervenciones que apuntan a poner en evidencia la repetición en el presente de las relaciones edípicas pretéritas deben ser hechas con mucha prudencia puesto que, en algunos casos, coagulan todavía más ese tipo de conductas sintomáticas, como si dieran al sujeto una especie de coartada y lo fijaran aún más en su fantasma.
El progresivo desplazamiento en la enseñanza lacaniana desde la mitología del Edipo hasta la lógica de la castración y del objeto “a” no es únicamente una cuestión teórica: tiene consecuencias clínicas fundamentales. En esta cura en concreto pude apercibirme a tiempo de ese riesgo y reconducir al sujeto fuera de una tendencia casi “delirante” (no psicótica, por supuesto)  en la que, alentada por los mass-media y su referencia frecuente a los maltratos en la infancia, pretendía concluir que todos sus problemas se derivaban del hecho de haber sido una niña maltratada por el poco afecto de su madre. Su relato podría haber acabado siendo así: ese traumático desafecto la había llevado, supuestamente, a elegir un hombre maternizado, y esa errónea elección la dejaba atrapada e imposibilitándole optar por otro tipo de varón.
En la actualidad esta mujer está atreviéndose a enfrentar otras cuestiones. Ya no habla apenas de sus progenitores, y comienza, sin embargo, a reconocer el goce que experimenta al mantener las dos historias sentimentales vivas al mismo tiempo, como si hubiese construido el hombre completo, la simbiosis perfecta entre A y B, sin aceptar, por el momento, la renuncia a ninguno de los dos.
La interesante intuición freudiana de que tras el padre se esconde la relación arcaica con la madre, puede ser reinterpretada, en la actualidad, de la siguiente manera: la apelación al gran Otro oculta la relación primitiva del sujeto con sus objetos de goce.
El análisis es el recorrido que va desde el Gran Otro hasta el objeto “a”. El creyente en el Otro que es el neurótico debe acceder a cierto grado de a-teísmo que le permita reconocer las condiciones pulsionales en las que gravita su existencia. Todo atravesamiento del fantasma  efectuado en el transcurso de una cura conllevará transformaciones, en ocasiones radicales, del estilo de las relaciones del sujeto con sus objetos, ya sea con un nuevo partenaire o con el mismo. La conmoción de la posición subjetiva que se deriva del atravesamiento fantasmático no puede ser sin consecuencias en la libido y en los vínculos de pareja, pero ello no implica forzosamente un cambio de partenaire.
Así pues, las verdaderas segundas nupcias del sujeto se producen cuando, en el curso del análisis, una vez roto su matrimonio neurótico con el Gran Otro, puede vincularse de otra manera a su síntoma y a su goce.

Notas


1-     Freud, S., O.C., Ed. Amorrortu, tomo XI, p. 201
2-     Freud, S., Ibid. p. 203
3-     Freud, S., O.C., Ed. Amorrortu, tomo XXI, p. 232
4-     Freud, S., O.C., Ed. Amorrortu, tomo XXII, p. 123
5-     Lacan, J., “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en “Escritos”, Siglo XXI, p. 786
6-     Lacan, J. “Seminario II”, Ed. Paidós, p. 393



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