diumenge, 4 d’octubre de 2015

DESENLACE DE LA TRANSFERENCIA.

Bernard Nominé
Espacio Escuela - Barcelona Junio de 2015

Es verdad que cuando uno contesta con demasiada prisa a lo que se le pide, ocurre que la respuesta no sea la buena. Cuando me pidieron un título para este espacio-Escuela, pensé en cómo se soluciona la transferencia al final de un análisis y conteste con el título: fin de la transferencia.  Ahora bien en el momento de ponerme a trabajar el tema, me encontré con un título que no me venía bien. No soy seguro que haya un fin de la transferencia al final de la cura. Puede ocurrir que haya, pero ocurre a menudo que no. Por eso el mejor título, el bajo el cual os presento mi ponencia sería: desenlace de la transferencia, en el sentido en que hablamos del desenlace de un drama o de una comedia.


En Freud.
En su texto sobre análisis terminable e interminable, Freud no pone en primer plano el desenlace de la transferencia como criterio absoluto de un fin de análisis. Habla de la decisión propia del analizante con la que el analista puede concordar con tal que le parezca que bastante material inconsciente haya sido puesto a luz y que las resistencias interiores hayan sido vencidas. Pero nos entrega dos viñetas clínicas y  se sabe que una de ellas trata de Ferenczi.

Es interesante porque Freud nos confiesa que su analizante le reprochó  de no haber percibido su transferencia negativa. Y él se justifica diciendo dos cosas,

  •       la primera: es que en esa época, no se había dado cuenta de la posibilidad de una transferencia negativa,
  •       la segunda: es que por más que la hubiera detectado, no hubiera podido actuar para activarla sin recurrir a un acto real, inamistoso  en contra del paciente.

Y añade  que “no hay que considerar como transferencia cualquier buena relación entre el analista y el analizante, durante y después del análisis. También hay relaciones amistosas que se fundan en la realidad y que se revelan viables.” Me parece que esa pequeña advertencia de Freud vale más allá de la justificación. A veces consideramos la transferencia como siendo forzosamente un lazo tipo amoroso o amistoso, mientras que para Freud, la transferencia es solamente el efecto de la cura, es la respuesta de la neurosis y es preciso curarla como neurosis de transferencia.

La queja de Ferenczi es también interesante porque  subraya que quien  más sabe de la transferencia, no es el analista sino el propio paciente. Ocurre a menudo que el analizante quiera minorar en él el efecto y el afecto de la transferencia. En la mayoría de los casos la transferencia aparece claramente en los sueños pero precisamente los sueños de transferencia son los más difíciles por relatar. A menudo el analizante se los guarda para él-mismo y los relatara lo más tarde posible, al fin del trayecto cuando decidirá  acabar con eso para poder despedirse.

Si vuelven a leer análisis terminable e interminable, verán que Freud no habla de liquidación de la transferencia sino que insiste sobre la liquidación de los conflictos pulsionales y dicha liquidación no corresponde forzosamente a una liquidación de la transferencia.

En Lacan,
Precisamente en esa sesión del seminario XI que comentaremos  mañana,  es cuando Lacan se burla de esa noción rara de liquidación de la transferencia. Cabe decir que en el ámbito analítico, es una crítica frecuente que unos hacen en contra de  otros, cuando parecen demasiado sometidos a quien fue su analista o al revés cuando pelean con él. “no ha liquidado su transferencia,” Cabe decir que los efectos de transferencia vuelven la realidad cotidiana de las instituciones analíticas aburrida.  Recuerdo que antes de que saliéramos de la AMP, yo soñaba con una escuela despejada de esos fenómenos. Pensaba que quizás tendríamos que esperar que uno haya terminado su análisis para que pueda entrar en la Escuela. Eso fue, de cierto modo, el malentendido, con el que se nos propuso el pase a la entrada. Ahora, deje de soñar con ese tipo de cosas. Obvio es que en la mayoría de los casos, la transferencia no se liquida por completo y los analistas tenemos que arreglárnosla con ese fenómeno para poder seguir trabajando en nuestras comunidades.

Veremos mañana como Lacan comenta dicha liquidación de la transferencia.

Si liquidación de la transferencia corresponde a liquidar el inconsciente, se trataría entonces de vaciar el lugar del inconsciente. ¡Cosa rara! No podemos decir que al final del proceso ya no haya lugar para el inconsciente en el sujeto analizado. En un seminario del año 73/74, Lacan hablando de lo que sería la ética del analista, dice que es una ética que “se fundaría en la manera de ser cada vez más  fuertemente incauto de ese saber, de ese inconsciente que, a fin de cuentas es nuestro único patrimonio de saber.[1]

Entonces hay que distinguir entre el engaño del amor de transferencia y lo de ser incauto del inconsciente. En el seminario al cual me refiero, Lacan asocia ser incauto del inconsciente con ser incauto del Padre y ser incauto de lo real.

Si, por otra parte la liquidación de la transferencia equivale a liquidar al analista, en tanto que sujeto supuesto saber, sería una paradoja. Porque  al final del recorrido el analista ha adquirido realmente un saber sobre su analizante. Pero liquidarlo podría significar matarlo, tal como el alumno acaba por matar a su maestro y tomar su sitio. Ciertos análisis así se acaban, pero esa suerte de salida demuestra el tope de la identificación al analista. Si el analizante no logra ir más allá de la identificación, el amor de transferencia se vuelve odio. El analizante luego se despide con su odio sin haber encontrado la verdad tapada detrás del amor. Porque el odio, aunque es la otra cara del amor, no es forzosamente la verdad tapada más allá de la transferencia; el odio me parece ser la consecuencia de que el analizante no admite el fracaso de sus identificaciones ideales. En vez de atravesar el plano de la identificación, en vez de liquidar su identificación ideal, prefiere liquidar al analista.

Al fin y al cabo, Lacan nos sugiere que si liquidación hay, no es sino liquidación del engaño con el que la transferencia lleva al cierre del inconsciente. Es decir que al final de un análisis, el analizante se enfrenta a la hiancia que el sujeto supuesto saber tapaba. Que haya un saber que no procede de ningún sujeto que lo supiera, sino que es puro producto de la estructura. Que haya un decir que se diga sin que se sepa quién lo dice, delante de ese encuentro el pensamiento se esquiva.

Pero la cuestión permanece abierta: ¿qué pasa cuando uno tropieza con la equivocación del sujeto supuesto saber? Si Lacan ha puesto la equivocación del sujeto supuesto saber como punto esencial  que alcanzar al final de un análisis, si funda en eso el deseo del analista y su acto, eso implica  que el descubrimiento de la equivocación del sujeto supuesto saber no lleva al analizante – que está a punto de hacerse analista para otro – a dejar de ser incauto del inconsciente.

Entonces, digamos que al final de un análisis, lo que observamos, especialmente en los testimonios que recibimos en el dispositivo del pase, es que el analizante en ese momento de fin de análisis ya no necesita la presencia de su analista para ocultar la equivocación del sujeto supuesto saber. O más exactamente, ya no necesita la presencia de su analista para poner en acto la realidad del inconsciente, ya no necesita la presencia de su analista para seguir apostando por el inconsciente, escuchándolo y tomándolo en cuenta.

Si pensamos en el dispositivo mismo del pase, el pasante debe de transferir hacia el cartel y más allá hacia la escuela la suposición que atañía a su analista. No es la misma suposición, pero es todavía una suposición, es decir una transferencia. Del mismo modo podemos pensar que el testimonio no puede llegar hasta el cartel sin el pasaje por los pasadores. Cada vez que pudimos destacar las condiciones de una nominación posible, hemos comprobado que algo había sucedido en el encuentro del pasante con  los pasadores. No era un encuentro formal con empleados del pase,  sino un verdadero encuentro que surtió efectos por ambas partes. Por eso pienso que ahí también hay una suerte de transferencia del pasante hacia los pasadores a quienes se supone que estén en el mismo tiempo y el mismo lugar respecto a la equivocación del sujeto supuesto saber.

Lo que subrayo aquí significa que hay encuentros en el dispositivo del pase. ¿Encuentros con quién? Con figuras del Otro a quien  suponemos  que recuerde el cerdo que fuimos todos al origen, antes de que entráramos  en el discurso como ser hablante?   No creo. La presencia de ese Otro suele mantenernos callados.  En el dispositivo del pase, fue posible para mí experimentar otro tipo de alteridad, sentí que el trabajo era posible entre nosotros porque cada uno de nosotros había dejado de suponer la existencia de esa figura del Otro que nos hace callar.

Escribí unas líneas sobre esa experiencia en el Wunsch n° 14. Las retomo aquí.

Si me detengo a pensar en lo que me llamó la atención en el testimonio del pasante nominado posteriormente AE, en un primer momento, fue la simplicidad y humildad. Era el testimonio de una trayectoria de vida un poco complicada, pero relatada sin patología, además con un toque de humor que mostraba la distancia tomada con respecto a la historia.

La forma del relato me sonaba un poco como la escritura de García Márquez, es decir un relato que trata de cosas de la vida pero despejadas de su peso y articuladas entre sí de modo divertido. Eso nos colocaba en un lugar que no era el del Otro a quien se dirige una queja o de quien uno quiere conseguir la conmiseración, era, así lo pienso hoy, el lugar del Otro a quien se dirige el chiste, es decir el Otro vaciado de la voz y luego donde el decir encuentra resonancias.  

Las escansiones precisas del testimonio permitían medir el impacto del psicoanálisis sobre los modos de goce que habían sido modificados. Las formulaciones originales y convincentes, nos indicaban precisamente como este sujeto había sabido extraerse de ciertos impases. Este testimonio no buscaba convencernos de que el pasante había llegado al final de su trayectoria, satisfaciendo los criterios epistémicos que circulan en la Escuela. Es por eso que formulé, después de haber finalizado el trabajo del Cartel de pase, que la humildad del testimonio había llamado mi atención. El último punto que nos convenció fue cuando nos enteramos que al final de un largo recorrido de análisis, el pasante llega a la edad de la jubilación de una profesión que no tiene nada que ver con el psicoanálisis, y que decide instalarse como psicoanalista. ¿Qué esperamos de más para convencernos? Era suficiente. La tonalidad misma del testimonio que había impresionado a los pasadores daba una cierta idea de lo que puede ser aquella satisfacción del final de análisis, sobre la cual reflexionamos recién  en nuestra comunidad. Entonces, me dije: ¿por qué no? Ciertamente en ese momento cada miembro del Cartel se compromete con un sí o con un no. El sí compromete mucho más, evidentemente. En ese momento cada uno se compromete teniendo en cuenta la posición de los otros cuatro miembros. Hay allí un cálculo colectivo del cual se puede destacar el movimiento retrospectivamente. En ese momento, estamos solos, la sombra de un Otro que podría objetar nuestra decisión debe necesariamente borrarse, de la misma manera que se ha borrado ese Otro al final de la cura de aquel que se ofrece a esta experiencia y que se presenta al procedimiento del pase. Si él lo hace con la esperanza del reconocimiento del Otro, los dados están cargados. En cuanto a los pasadores, si ellos han sido designados por su analista, es también porque ellos están en ese punto de deconstrucción del Otro. Experiencia poco común de ese pequeño grupo efímero, constituido de algunas personas en un tiempo de suspensión con respecto a su alienación al Otro, únicamente interesadas en tratar de aprehender un pedazo de real. La experiencia de este pequeño grupo, es la experiencia de la Escuela.

Luego, espero haberles convencido de que La Escuela a quien se dirige el pasante no ha de ser el  Otro de su historia, ni el Otro de su neurosis infantil, ni tampoco el Otro de su transferencia, es una pequeña comunidad que consta de algunos otros como decía Lacan cuando hablaba del analista que sólo se autoriza de si-mismo y de algunos otros….esos algunos otros han de haberse separado del Otro. Eso fue a fin de cuentas lo más importante que experimente en ese cartel del pase que logró a una nominación de AE: la experiencia de esa pequeña comunidad compuesta de algunos otros que en un primer momento considere como huérfanos del Otro. La figura del huérfano puede remitirnos a una pérdida inmensa, la figura de un niño abandonado. Pero no uso esa palabra en este sentido. Somos todos huérfanos en cierta época de la vida, y cuando ese momento no llega demasiado temprano, eso nos lleva a  cierta cordura.
Sea lo que fuere, quiero volver a ese tema de la separación con el Otro y de sus consecuencias. Durante la cura, una de las funciones del analista en tanto que sujeto supuesto al saber, es que el analizante cuenta con su analista para seguir deseando saber, saber cada vez más, mientras que todos, preferimos ignorar. Entonces al analista le toca querer saber, es un sujeto a quien se supone que quiera saber. El deseo de saber no es la norma nos dice Lacan, la norma es la pasión de la ignorancia.

Sin embargo los hay que quieren saber, piensen por ejemplo en el ámbito universitario, pero generalmente quieren saber para conseguir un reconocimiento y, más allá, un poder. Lacan nos advierte que ellos son solamente animados por el deseo del Otro. Cito un momento de la sesión del 9 de abril del 74 del seminario XXI: “no es el deseo quien preside el saber, sino el horror.  Me dirán ustedes que hay personas que trabajan  para obtener una cátedra. Pero, ustedes comprenden, esto no tiene nada que ver con el deseo de saber, se trata de un deseo que, como siempre, es el deseo del Otro; el deseo del hombre es el deseo del Otro.

Sin embargo a continuación, Lacan nota que en el ámbito de la invención matemática, hubo unos que quisieron saber, hubo apasionados. “quiero decir que no era una manera de hacerse valer en la Sorbona resolver los problemas de la cicloide; (Lacan aquí se refiere a intercambios que hubo entre Pascal y otros matemáticos que se juntaron para resolver un problema puramente matemático que no servía para nada en la realidad de esa época) hubo tiempos milagrosos, tiempos que quisiera ver reproducirse bajo la forma de los psicoanalistas, quisiera ver reproducirse en ellos esa especie de república que hacía que Pascal se carteara con Fermat, con Roberval, con Carcavi,  personas vinculadas entre sí por algo que no se sabe qué es y que hacía que hubiera gente que deseaba saber más y más a propósito de esas cosas inverosímiles que se designan como la cicloide. [ …]Esas personas  estaban chifladas por eso; y esto, en ese momento,  no reportaba nada ante ningún Señor; les daba una reputación estrictamente entre ellos, no salían de allí. Ellos contribuyeron al objeto a, por cierto, pero justamente sin saberlo, a pesar de lo cual lo realizaron tanto mejor cuanto que el objeto era el objeto a; lo realizaron tanto mejor cuanto que, sin saber adónde iban, pasaron por la estructura que les dije, a saber: ese borde de lo Real.[2]

Habrán notado el interés de Lacan por ese pequeño grupo, esa República de la cicloide alrededor de Pascal y algunos otros. Podríamos pensar que en el umbral de dicha República, digamos de esa escuela, hubiera un pequeño cartel en  el que sería escrito: “sólo pueden entrar aquí  los que se han atrevido a seguir la estructura hasta su borde con lo real.” Bien entenderán que ese recorrido conlleva que uno se haya separado del Otro.
Si Lacan insiste en esa función de la invención – en ese mismo seminario Lacan dice que el saber se inventa – esa invención implica una separación con el Otro. Es el precio que hay que pagar para poder inventar. Por eso hubo cierto número de psicóticos entre los grandes inventores. Es que pueden prescindir del Otro más naturalmente. Al neurótico, le resulta mucho más difícil inventar, porque conlleva una separación del Otro. Estructuralmente la suposición que hacemos que el Otro es quien sabe, nos permite seguir con la ignorancia. No nos predispone a la invención.

Pero justamente,  si el psicoanálisis empieza con la suposición de un saber en el Otro, al final del recorrido, el analizante puede dejar a su analista porque ya no lo considera como un sujeto supuesto al saber, lo ve como objeto a, sin ningún valor agalmática.  Lo de dejar de suponerle un saber lleva al analizante a la invención, lo de menos siendo la invención del modo de salirse de la experiencia. Cuando el saber deja de ser localizado en el Otro, no hay otro remedio que tomar a su propia cuenta el saber, eso es el saber como invención.

Por eso en el dispositivo del pase somos atentos a ese saber inventado. Lo que le  impide al neurótico inventar el saber, es el Otro. Al Otro que nos enseñó todo, no le resulta agradable la invención, la teme y la prohíbe. ¡Ningún saber que no pase por sus vías! Entonces para quien no ha llegado al punto de separación es imposible inventar el saber. No le queda más remedio que repetir el saber del Otro, luego  se arrulla y nos aburre con la cantinela.    El saber inventado despierta, es muy distinto del saber fusilado, copiado del Otro, adecuado a las normas del Otro.

Lo que Lacan inventó, es el objeto a. Cabe decir que aquel objeto sólo puede ser inventado. El Otro no tiene ningún saber sobre ese objeto. El analista tampoco. Es el analizante que  le entrega poco a poco al analista, por vía de la transferencia, los datos de ese objeto. La cosa es que el propio analizante no se da cuenta de ello, lo hace a pesar suyo.

Entonces, si Lacan inventó el objeto a, ¿tendríamos que reinventarlo cada uno de nosotros? Creo que sí, de cierto modo. Es más o menos lo que Lacan dijo en el cierre de unas jornadas de su escuela sobre el tema de la transmisión en el año78. Dijo que llegaba a pensar que el psicoanálisis es intransmisible, y que es un problema porque implica que cada analista sea forzado de  reinventar el psicoanálisis. “Eso implica que cada psicoanalista reinvente el modo con el que el psicoanálisis puede durar a partir de lo que él logró sacar (de su experiencia)  por haber sido, por un tiempo, psicoanalizan.”

El dispositivo del pase pone en evidencia que el testimonio del pasante es más que un testimonio, ha de ser la prueba que el pasante toma su propio caso, su recorrido en el análisis,  como lugar que alberga un saber. Eso es lo que le anima a trabajar sobre su propia experiencia. La suposición se ha desplazado. Pero fíjense, eso no ha de llevar al pasante a echárselas de quien sabe. Si el cartel nombra al AE no es para que se tome por el maestro supremo, su pase se revelaría haber sido un impase, quizás una estafa.
Recuerdo una formula del pasante que nombramos; a mi modo de ver es un lapsus muy importante. A sus pasadores relataba que a partir de cierto momento, al final de su análisis, la suposición de saber se había desplazado y dijo: ahora yo soy el que sé. La sutileza del lapsus demuestra la diferencia entre echárselas de quien sabe: yo soy el que sabe  y saber quién soy: yo soy el que sé  o sea sé quién soy.  

Al final de esa ponencia, me doy cuenta de que no hable de la transferencia de trabajo. En cierta época solíamos hablar de la transferencia de trabajo como desenlace habitual de la transferencia y como lazo entre colegas en nuestra comunidad. Fui a buscar en mis archivos buscando referencias de Lacan a esa cuestión. Lacan poco habló de transferencia de trabajo. Encontré una sola referencia. Se halla en el acto de fundación del año 64. 

La enseñanza del psicoanálisis solo puede transmitirse de un sujeto a otro por las vías de una transferencia de trabajo. Y añade que los seminario, inclusive el suyo “no fundarán nada si no remiten a esa transferencia.
Es decir que la transferencia de trabajo de la que tanto hablaban en el ámbito lacaniano, no puede remitir a fenómenos de masa tipo identificación o sumisión a ordenes supeyoïcas. Cuando vemos que todos se ponen a trabajar en el mismo eje, con la misma perspectiva, usando las mimas palabras, no creo que tenga que ver con la transferencia de trabajo.

El término transferencia de trabajo merecería esclarecimientos. La transferencia del saber, ahora sabemos lo que es, ubicar en Otro el saber del que no sabemos que en realidad es nuestro. La transferencia del objeto, también vemos lo que es: ubicar en el Otro ese objeto que nos estorba. Luego, transferencia del saber y transferencia del objeto actúan en el mismo sentido, o sea del analizante hacia el analista.  
Pero hablar de transferencia de trabajo, indica, a mi modo de ver, que lo que se transmite al final de la cura es el trabajo y se transmite del analista hacia el analizante que al final de la cura ya no necesita la presencia del analista para seguir su trabajo analizante. Entonces la transferencia de trabajo no tendría que llevar a que todos trabajen en el mismo sentido, imitando a un trabajador ideal, figura del Otro  de la transferencia.

La transferencia de trabajo es otra cosa que la transferencia a la obra de Freud o a la enseñanza de Lacan. No basta con suponer el saber a Freud o a Lacan y apoyarse en sus trabajos para testimoniar de una transferencia de trabajo. Se trata más bien de apoyarse en su propio trabajo fundado en la transferencia establecida en su propio recorrido en el análisis.

Para resumir, diré que al fin de la cura, lo que observamos desde el cartel del pase, no es el fin de la transferencia sino su desenlace. La transferencia muda, se desplaza, el pasante, al trabajar su testimonio, supone que pueda encerrar un saber inédito; los pasadores y el cartel del pase al escucharlo también suponen que pueda enseñarles algo nuevo. Todo eso puede surtir efectos al nivel de la Escuela. Los analistas pueden apoyarse en el pase para sostener su interés, cada uno, por su propio trabajo y seguir suponiendo que algunos otros puedan enseñarles algo. Hay como una reacción en cadena.  Al fin y al cabo, el dispositivo del pase me parece ser el corazón de la Escuela, tal como el corazón de un reactor nuclear. En ese núcleo encerrado que ha de ser muy protegido, suceden cosas importantes que surten efectos para todos.  




[1] Los incautos no yerran  13 noviembre 73.
[2] Los incautos no yerran, 9 avril 74.

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