dilluns, 22 de febrer de 2016

La degradación del lazo social y sus efectos sobre la subjetividad y nuestra clínica. Fragmentos y reflexiones.


 Daniela Aparicio, AME de la EPFCL, FPB.



Un análisis es la experiencia más intima que un sujeto puede tener con su propia subjetividad, con su ser de palabra, con su historia y sus vínculos.

Sin embargo, el tiempo subjetivo ha cambiado. Los psicoanalistas nos vemos confrontados hoy con “situaciones de urgencia”. Los estilos de vida, los vínculos, la moral sexual, las organizaciones familiares, los valores y las prioridades están cambiando a una velocidad vertiginosa, de tal forma que muchos relatos de vida nos dejan francamente perplejos.
Si el psicoanálisis hoy sufre varios embates y desprestigios, eso nos da la medida de una verdad que late como directriz de nuestra época: late cierta degradación subjetiva. Se degradan los vínculos con los más allegados y se fortalecen las adicciones a objetos de diversa índole, según los mandatos del mercado. Los cambios que constatamos en nuestra clínica son producto de los cambios sociales.
Hay sujetos que son abandonados a su suerte precozmente, los que no encuentran su lugar ni en la familia ni en el mundo de la formación, o del trabajo. No encuentran un lugar para localizar la particularidad de su ser y sufren una exclusión, familiar y social. “Una clínica del desierto”, la llaman algunos.
Hace más de veinte años que hablamos de los “nuevos síntomas”, así que podemos decir que ya no son tan nuevos, o incluso preguntarnos si todavía son síntomas, ya que resulta difícil considerarlos así desde la perspectiva del psicoanálisis.
Hoy me he propuesto intentar esta reflexión clínica sobre lo que es un porcentaje importante de la casuística que vemos, que podríamos llamar también “una Clínica bajo deprivación”, o bajo mínimos. Me refiero a la ausencia de los elementos básicos que un sujeto necesita para su constitución. Los fragmentos que traigo son testimonios. He tenido que suprimir la mayoría (¿será este el destino de algunos sujetos?).
Pedro, veinticinco años, de familia muy desestructurada, es objeto de abusos de un familiar. Su padre fallece cuando él tiene diez años, todo se viene abajo y pierde sentido. Se apodera de él un derrotismo negativo que en adelante va a orientar su vida. Se instala una inercia: “el mundo no me quiere”. Todo le importa un bledo, no siente nada, prefiere dejar de sentir. Fuma porros, tumbado, sin expectativas.
¿Qué nos plantean esos sujetos patéticos? Actualmente hay dos temas importantes: las adicciones y la soledad.
De los adictos digamos “tradicionales” al alcohol y a las drogas hemos pasado a los consumidores actuales, que emplean sustancias cada vez más sofisticadas. La adicción a la carta se ha vuelto ya un sinónimo del modo de goce, es la materialización del vínculo del sujeto con el objeto. La adicción se instala en el discurso común y se va democratizando como un derecho propio; hay objetos para todo y para todos. En ello se hace patente también el imperativo del goce: “come, bebe, folla, compra”; imperativos de la sociedad del consumo. Hay una prevalencia del goce sobre la ley del deseo. El uso adictivo del objeto es un uso sin límites. La sobredosis, como principio de satisfacción, entra en esta lógica sin límites, fuera de la castración. Si Freud nos dice que el malestar de su época es el síntoma de la renuncia pulsional, como mandato paterno de la civilización, hoy, las cosas han cambiado. El imperativo actual de la civilización empuja al consumo del objeto, sin renuncia: “¡goza!”, como define Lacan al superyó, feroz, sádico y obsceno. Se hace difícil actualmente diferenciar los ideales que organizan lo simbólico de los mandatos del superyó, que delatan un cambio del equilibrio entre deseo y goce. La perversión es el contrapunto de la depresión para este sujeto bipolar, maníaco cuando tiene el objeto, y depresivo cuando lo pierde.
Y la soledad, ¿qué decir de la soledad? Muchos son los que la padecen y se quejan. Sería un tema a desarrollar, es inquietante. La soledad globalizada es un concepto a destacar como un síntoma de la época: soledad entre muchos y desamparo real de los individuos abandonados a su suerte, o a su mala suerte. Parece que no hay vínculo que valga.

¿Qué pasa en nuestra casuística actual?
Antes que nada, diría que esos casos difícilmente admiten una clasificación. Son la clínica actual de un sujeto extraviado, no le vamos a poner etiquetas. Las etiquetas cada vez sirven para menos, se han convertido en un peligro: son la nominación de un sujeto que se desconoce, o del cual no se quiere saber nada.
En algunos Informes que traen estos pacientes la cuestión subjetiva está reducida a cenizas, desde la elección misma de las palabras. El sujeto es diagnosticado y nominado por el Otro, deviene objeto.
En “Situations subjectives de déprise sociale” —bajo la dirección de J.-A. Miller, Navarin, 2009—, el sintagma “déprise social” (abandono social o exclusión) es una noción clínica que reúne los rasgos esenciales del síntoma contemporáneo: empuje al goce sin límites, caos identificatorio, ausencia del padre, tanto simbólico como real, rechazo de la autoridad, extrema dificultad para crear un vínculo y dificultad de entablar una transferencia con el sujeto supuesto saber. La clínica del “desierto” guarda una proximidad con la posición melancólica; cuando nada orienta al sujeto, la culpabilidad deviene presente, y la identificación con el desecho cobra fuerza.
Los síntomas actuales (anorexia, bulimia, toxicomanías, depresión) tienen más que ver con el pasaje al acto que con el retorno de lo reprimido. Se trata de una clínica que va más allá de la represión; una clínica más del lado del hacer que del lado de la simbolización. La práctica bulímica, o aquella del toxicómano, no son en realidad formaciones del inconsciente en el sentido clásico del término, no se organizan en un régimen significante, sino que se presentan como prácticas pulsionales, como pura “técnica” de goce, contrapunto del sujeto del inconsciente. Es posible que, simultáneamente, el sujeto pueda perfectamente elaborar y simbolizar su propia historia, aunque eso no siempre afecta al síntoma, que a menudo permanece inamovible. La palabra no actúa sobre cierto goce; goce y palabra son dos vías paralelas. Esta es, en parte, la estructura de la nueva clínica que plantea un nuevo reto al psicoanálisis. Al final de El yo y el ello Freud nos habla de un sujeto que se siente abandonado por haber perdido el amor de sus padres. El amor protege al sujeto de la pulsión de muerte. Aquí —y esta es una metáfora de nuestro tiempo— el amor brilla por su ausencia. El sujeto está abocado a su destino mortífero y tiene que espabilar como puede.
Si Freud construye la teoría sobre “El sentido de los síntomas” que se anudan con el inconsciente, en la transferencia, con el lazo social, en los lazos entre padres e hijos, en el compromiso y afectos subjetivados, hoy a veces podemos constatar que poco sentido les queda. El sinsentido del síntoma nos lleva directamente a la clínica de los pasajes al acto, los ataques de pánico y otros estragos actuales. En más de un caso, no hay síntomas; eso es así y esta es la cuestión que nos ocupa.
“Una pobreza de subjetivación”, este podría ser el diagnóstico acertado para más de uno, unida a una alienación creciente a la demanda del Otro, a sus mandatos. Cuántas fibromialgias, TDAH y depresiones no responden a eso. Este malestar delata a la vez otro síntoma que se juega en lo social: todo se simplifica de una manera abrumadora y abre una amplia brecha para lo que se podría llamar la “debilidad mental”, el pensamiento único y la pasión por la ignorancia. Predomina una indiscriminación generalizada ajena a toda responsabilidad o compromiso. Bilbeny, filósofo, lo llama el “idiota moral”.
Hay grupos gays que difunden videos porno y prohíben la palabra entre sus miembros. Conocemos colectivos de personas en situación de desamparo y desaliento. Por todo ello, es hora de reflexionar acerca de esos sujetos que nos llegan con su precariedad a cuestas y preguntarnos en qué se sostienen: los que no encuentran puntos apoyo suficientes para construirse una vida, los que necesitan referencias sólidas para soportar la vida, que se ha vuelto demasiado “líquida”, según Baumann. Nuestra clínica es bajo transferencia. Eso es fundamental, no puede haber otra. Para muchos sujetos que fueron desertizados precozmente y que a veces encuentran un lugar propio, es preciso una escucha respetuosa y el derecho a la palabra y a la diferencia; eso resulta todavía importante. Dejan de ser desechados para adquirir rasgos personales, dejan sus etiquetas para ser sujetos. Mas allá de la cura tipo, que no existe, tratamos de producir efectos de sujeto y de subjetivación.
Está claro que para muchos no se trata de un análisis, pero puede ser una etapa muy importante, un franqueamiento, siempre a considerar caso por caso.
También pensamos que este es un buen momento para ir mas allá del dispositivo acotado de la clínica, para aplicar el psicoanálisis al campo social. Sostener la subjetividad en el discurso social.
Creemos que al psicoanálisis le toca sintomatizar el pensamiento único, dogmático o científico, del mismo modo que convierte la queja de un sujeto en síntoma para que devenga sujeto. El día en que un sujeto no pueda hacerse las preguntas esenciales acerca de quién es y qué desea, el inconsciente se habrá fundido.
Sin embargo, en este desierto, el psicoanálisis tiene mucho que decir todavía, y algunas transferencias nos pueden sorprender cuando insistimos en ello. Desde nuestro lugar de analistas podemos pensar en una especie de rectificación: se trata ante todo de decir “sí” al sujeto y de encarnar un Otro que no puede excluir y no puede rechazar. Sólo esta aceptación puede producir la posibilidad de un lazo con el sujeto que llega a nuestra consulta e implicarlo en la transferencia. Esta es la finalidad de una rectificación del Otro que el sujeto ha encontrado en su propia historia y que no puede repetirse.
Por ello he elegido trabajar con la dimensión crítica del psicoanálisis, que supone el estar atentos a las subjetivaciones y formas de vincularse propias de una época. Y por eso decía que nada más sensible a los cambios que la clínica que nos llega. No se trata de establecer otros cuadros clínicos, sino de problematizar, abrir una reflexión, a los estilos o modalidades de sufrimiento particulares de nuestro tiempo.
Hay pacientes como los citados que nos remiten a la pregunta: “¿qué es un hombre?”, “¿qué es un ser humano?”. Nunca lo han sabido del todo. Esta es una cuestión que nos interpela a todos.




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